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13:30h. Martes, 21 de Agosto de 2018

"Los idiomas evolucionan a capricho de los usuarios y no por voluntad de los académicos. De ahí la enorme variedad de lenguas con una misma procedencia: cada región adoptó su propio estilo..."


El idioma es de los hablantes. Esta es la postura que han asumido las academias de la Lengua desde finales del siglo anterior. Los estudiosos de la lengua, como cualquier otro científico, solo contemplan aproximarse lo más posible a su objeto, consignar sus particularidades y describir las leyes que le rigen. En este sentido, al científico no debe modificar o influir en su materia. Un físico tradicional o un químico no le dice a la materia cómo comportarse o con qué hacer reacción una sustancia. Sólo aprovechan sus particularidades ante determinadas condiciones para el bienestar humano.

El estudioso de la lengua ha asumido la misma actitud científica. No puede decir cómo debe ser el idioma, debe conformarse sólo en describir cómo está configurada la lengua. Las Gramática y Ortografía de las Academias ahora son obras descriptivas, más que normativas. El libre albedrío de los hablantes hizo evolucionar la lengua. Así se pasó del latín vulgar al español, francés, italiano y portugués (por mencionar idiomas actuales derivados del latín). Los idiomas evolucionan a capricho de los usuarios y no por voluntad de los académicos. De ahí la enorme variedad de lenguas con una misma procedencia: cada región adoptó su propio estilo.

Históricamente, todos aquellos que han intentado detener las desvirtuaciones de un idioma han fallado. Quizá el caso más antiguo sea el Appendix Probi. Cuando se escribió la obra, el Imperio Romano ya se encontraba en franco desmembramiento. El latín padecía lo mismo. Para el autor se vislumbraba una nueva Babel: “Decid calida, no calda... Decid vetulus, no veclus... Decid auris, no orcla...” cita el autor. Hoy el documento tiene más valor por los errores consignados, que por las formas correctas. Así se observa cómo evolucionaron los diversos idiomas romances.

Entonces, surge la pregunta, ¿para qué molestarse en la forma correcta de hablar si terminarán por imponerse los barbarismos? No siempre es así. Hay barbarismos pasajeros y hay algunos que se tornan tan comunes en la sociedad que terminan por imponerse. Pero para ello, debe ser una práctica muy generalizada. En ese momento, cuando la mayoría lo usa (al menos en un país), pasa a formar parte del diccionario. Este es el criterio de las academias de la Lengua y por ello chido y güey ya están en el diccionario oficial.

Por otra parte, la forma generalizada permite a un mayor número de hablantes comprenderse. Este es uno de los aspectos importantes de aprender a usar correctamente el idioma. Vivimos en una sociedad cada día más globalizada (estemos de acuerdo o no). Las comunicaciones con otros países de habla hispana son más regulares que hace veinte años. El intercambio comercial es cada vez más intenso. Entre más conozcamos la forma en que la mayoría lo usa, más fácil comprendernos. De ahí que en las escuelas se insista en el español moderno (uso genérico), que en las formas antiguas, muy arraigadas en nuestras comunidades rurales (como haiga, endenantes, truje, ansinamesmo, voces usadas por Cervantes en el Quijote).

Las telenovelas son una muestra. En nuestro país se han difundido de Miami, Venezuela, Colombia, Costra Rica, por mencionar algunas. Sin un uso general del idioma, no se entenderían.