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13:29h. Martes, 21 de Agosto de 2018

Champions 2018: Partidos de vuelta de las semifinales

"Al final del día, los marcadores terminaron por dar la razón a quienes sacaron réditos en los partidos de ida, pero las dudas siguieron sin disiparse del todo, sobre todo ahora que se revivirá la final de 1981 en París..."


Aprovechando sus ventajas previas, los equipos que las obtuvieron salieron vestidos con el uniforme de administradores, confiando quizá demasiado en sus propias habilidades innatas, desplegadas a lo largo de las anteriores fases eliminatorias y particularmente en los partidos de ida: anotar gol en casi cualquier circunstancia y controlar el resultado al filo de la navaja. Frente a rivales con capacidad de reacción, la apuesta parecía tener cierta lógica resultadista, si bien se corría el riesgo de olvidarse de la propia historia, sobre todo por parte del legendario cuadro madrileño.

Al final del día, los marcadores terminaron por dar la razón a quienes sacaron réditos en los partidos de ida, pero las dudas siguieron sin disiparse del todo, sobre todo ahora que se revivirá la final de 1981 en París, cuando todavía se llamaba Copa de Campeones de Europa; el conjunto inglés -literalmente, dado que jugó con puros nacidos en la isla- venció al español un gol a cero, obra de Alan Kennedy en la recta final del encuentro, para terminar invicto el certamen: desde entonces, los merengues no pierden una final de las seis que han disputado posteriores a ésta.

Tercera final consecutiva

Al Real Madrid se le exigen formas y resultados, procesos y logros. Es de los pocos equipos para los que no termina por ser suficiente ganar, sino que importa cómo se alcanzan los triunfos. El equipo merengue es dueño de la Champions de los últimos años pero las maneras no terminan por convencer, sobre todo a los viejos aficionados que acompañaban un equipo ganador y al mismo tiempo arriesgado: la técnica predomina sobre el arte, la planeación dura sobre la improvisación genial; el cálculo por encima de la incertidumbre. Al Bayern Munich le sucede algo parecido: la excesiva facilidad con la que gana la liga local lo ha empujado a ser evaluado en otro tipo de torneos, particularmente éste. Y ahí no ha brillado como en el de su conquistado territorio.

Y el arranque lucía prometedor para la visita: Kimmich aprovechó un débil rechace para anotar el primero de dos que necesitaban cuando todavía la gente seguía entre acomodándose y celebrando el inicio del partido. Pero el blanquísimo cuadro local se recupera bien y pronto empata el partido con centro exacto de Marcelo a la cabeza de Benzemá, por fin reencontrándose con su sentido primordial. El resto de la primera parte transcurrió entre oportunidades contadas, alguna mano no señalada y el habitual control de daños por parte del conjunto madrileño, vuelto especialista en solventar este tipo de trámites y optar más por el resultado que por el espectáculo.

Muy pronto en el complemento, un error escolar combinado entre Tolisso y –sobre todo- el arquero Ulreich, sin saber qué extremidad utilizar, dejaron al francés anotar el segundo gol, cual regalo para confirmar su liberación tras parecer atado en una temporada difícil: el equipo alemán otra vez necesitaba dos tantos y fue James quien a media hora del final emparejó los cartones, evitando celebrar frente a su ex equipo, donde tampoco es que haya vivido sus mejores momentos: como sea, la mesa estaba puesta para la remontada teutona pero entonces surgió Navas, el pequeño gran arquero tico muchas veces cuestionado, para salvar a su equipo y resultar fundamental en el pase del equipo a su tercera final consecutiva.

Luchar hasta el final

Con el marcador en contra pero confiada en su probada fuelle para remontar, y conocedora de la peligrosidad de su rival al frente, la Roma mandó un planteamiento que buscaba la solidez atrás y al mismo tiempo la presencia al frente con tres atacantes natos, dejando la media cancha un poco menos poblada de lo habitual; por su parte, el Liverpool saltó al Olímpico de Roma con la soltura que dan tres goles de ventaja antes de que empiece el partido, aumentada antes de los diez minutos con el gol del senegalés Mané, aprovechando una pelota perdida en la media cancha, justo lo que tenían que evitar los locales.

Pero si algo mostraron los anfitriones fue orgullo: lejos de sentarse a llorar su casi definitiva eliminación, se lanzaron con firmeza al frente, y con autogol de Milner como sacado del futbolito de mesa, emparejaron pocos minutos después. Pero el trámite parecía tratrse de una prueba contra la frustración cuando se volvieron ir abajo al 25’ con tanto del holandés Wijnaldum tras un mal cabezazo defensivo de Dzeko en tiro de esquina, si bien el bosnio volvió a darle vida a su equipo al anotar el empate en los inicios del segundo medio. El reto de anotar tres goles era el mismo, pero con la diferencia de que ahora sólo se contaba con 40 minutos, y a lo más que se podía aspirar era al empate global.

Mientras hay tiempo hay esperanza. Los giallorossi no dejaron de intentarlo, si bien el reloj seguía su paso implacable, mientras se le escapaba al juez un penal y las redes permanecían en agustiosa quietud. Ya sobre el final, el belga Nainggolan anotó un doblete, vía golazo fuera del área y disparo desde los once pasos, ahora sí señalado. La Roma se fue entre bien merecidos aplausos de sus seguidores, por la notable disposición para superar las adversidades y nunca dejar que el destino se escribiera solo; por su parte, el cuadro inglés llega a la final en llamas, como bien declaró el técnico Klopp, cual si se tratara de un equipo de superhéroes, de quienes no se esperaba tanto en el certamen y terminan por sorprender a todos.