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11:47h. Sábado, 18 de Agosto de 2018

Rusia 2018, Día Cero

“En efecto, el fútbol puede alcanzar niveles artísticos y contestatarios, siempre que se juegue con la creatividad al frente…”


Llega el esperado remanso de cada cuatro años que suspende o al menos trastoca la cotidianidad, ofrece posibilidades emocionales distintas a las que estamos acostumbrados y altera la rutina de propios y extraños, cercanos y lejanos. Es la vigésimo primera copa mundial de fútbol, que por primera ve se llevará a cabo en Europa del Este, más allá de los regímenes gubernamentales comunes en los que se ha realizado, si bien Rusia, como sabemos, es una particular mezcla democrática y semi presidencialista que sigue manteniendo la tendencia de tener la figura de un hombre fuerte, como sucedió en la época comunista.

Para quienes somos aficionados habituales de este deporte (no sólo de las ligas mainstream, sino incluso de los surrealismos de la MX y la liga de ascenso sin ascenso), esta justa deportiva representa una muy disfrutable continuidad del disfrute ahora casi diario, pero escalado a la máxima potencia; para seguidores ocasionales, significa una buena opción de acercarse a pasiones exploradas de vez en cuando, y para indiferentes, una buena alternativa que ayuda a ejercer la tolerancia desde el rincón de la sala de televisión, soltando comentarios que por respeto o distracción nadie va a cuestionar, acaso contestados con un distraído ajá mientras se atiende lo importante (léase: el tiro de esquina en turno).

Por lo que respecta a detractores y apocalípticos, también el Mundial es un momento en el que pueden ejercer su ancestral crítica despiadada, siempre escuchada aunque no necesariamente compartida: opio del pueblo casi al nivel religioso; pan y circo para que no den lata los obtusos pueblerinos, buenos cuando conviene; distractor de los problemas sociales verdaderamente importantes; enajenación subliminal que compra intelectuales y, en nuestro caso, cortina de humo para el proceso electoral, aunque contamos con la ventaja de que el candidato de la izquierda, cualquier cosa que eso signifique con todo y el PES a cuestas, cabalga sin problema rumbo a la silla presidencial para resolver todos nuestros asuntos a partir de eliminar la corrupción.

Podemos sentarnos a ver los partidos sin el cargo de conciencia de estar siendo manipulados por fuerzas perversas que nos distraen para que votemos por los de siempre: por esta ocasión, los maquiavélicos que nos engañan están, al parecer, del lado correcto de la Historia, con mayúsculas. En realidad no hacía mucha falta: los otros candidatos van dando pena ajena, por méritos propios o sus antecedentes, y se han dedicado a dejar la puerta abierta para que por fin se premie la insistencia, aunque no haya mucho que ofrecer en términos reales y que las promesas de una nueva sucursal del paraíso estén en la boca de todos. Mientras que la elección en nuestro país parece estar decidida, casi como el Alemania – México (espero estar equivocado), la justa deportiva más vista en el planeta está por comenzar.

Presencias y ausencias

En la competencia participaron 210 naciones y tras una larguísima eliminatoria, alcanzaron su lugar los 32 cuadros que disputarán la copa, cada uno con expectativas y exigencias distintas: para tres, el título es la única respuesta esperada (Brasil, Alemania, Argentina); para otros es hacer un buen papel (llegar al quinto partido o a octavos y cuartos según el caso), y para los demás, es tener una participación digna (no ser goleados o hacer desfiguros). Hay dos cenicientas que no podían ser más distintos: Panamá, sin duda el país que más ha evolucionado futbolísticamente en su área, e Islandia, ya mostrando su talante en la competencia europea y confirmando merecimientos para estar en estas instancias.

Hay ausencias importantes, dos americanos y dos europeos: Italia, en primer término, usual protagonista y autoridad mundial de este tipo de torneos, ahora pecando de exceso de confianza; Holanda como gran revolucionario nunca premiado en el juego, pero subcampeón eterno y displicente a la hora buena; Chile, campeón americano por partida doble, saturado de estrellas fugaces que dejaron ir de manera absurda la clasificación, y Estados Unidos, que ya había consolidado presencia dado un trabajo consistente y que esta vez, necesitado de un favor de los nuestros, no pudo desempeñarse como el cuadro dominador de CONCACAF.

Fútbol imaginario

En la reflexiva película Timbuktu (Francia-Mauritania, 2014), dirigida y coescrita por el mauritano Abderrahmane Sissako (La vida sobre Tierra, 1998; Esperando la felicidad, 2002), el fútbol permanece vivo de manera imaginaria, con sincronización notable en un contexto totalitario, combinando estéticamente el balón inaccesible para desafiar al nuevo régimen, pendiente de cancelar cualquier manifestación que pudiera representar la felicidad para la gente, dadas sus creencias absolutistas: en un campo, jóvenes se atreven a jugar con al fuerza de su pasión, desafiando prohibiciones políticas y hasta físicas.

En gran jugada, un balón pasa la media cancha para caer en los pies de un jugador que continúa la manifestación silenciosa entreteje una jugada de antología, muy bien seguida por el equipo rival, que termina en uno de los goles más hermoso jamás vistos: en efecto, es un balón invisible a los ojos del autoritarismo pero muy cercano a los ímpetus celebratorios de quien burla la autoridad dogmática e impositiva, a partir de la poesía en ese terreno pedregoso cual lienzo o escenario para la creación artística.

En efecto, el fútbol puede alcanzar niveles artísticos y contestatarios, siempre que se juegue con la creatividad al frente.