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12:24h. Martes, 17 de Julio de 2018

Rusia 2018, día veinticuatro: terminan los cuartos de final

"...Eso sí, ganaron los favoritos, uno con más holgura que el otro, al final sufriendo una vez más."


De los cuatro equipos que disputaron la segunda jornada de los cuartos de final, solo Croacia se veía al inicio del Mundial con el potencial para llegar hasta aquí. Se esperaba que los demás calificaran en sus grupos pero nada más; quizá de Inglaterra, a pesar de su juventud, se tenían ciertas expectativas un poco más elevadas, pero de Rusia y Suecia el logro esperado era trascender la fase de grupos. Difícil que alguien hubiera pronosticado estos enfrentamientos hace tres semanas. Eso sí, ganaron los favoritos, uno con más holgura que el otro, al final sufriendo una vez más.

El resurgimiento de los tres leones

Desde que organizaron en 1996 la Eurocopa, en la que perdieron en semifinales por la vía de los penales contra Alemania por la falla del actual técnico Southgate, en pleno proceso de redención, la selección inglesa se había olvidado del cántico Football’s Coming Home; en los mundiales habían prácticamente desaparecido de los niveles competitivos durante 28 años, cuando llegaron a la semifinal en Italia. La distancia entre su liga, la más espectacular del planeta, y su selección, se hacía cada vez más grande. Ahora apostaron por la renovación y a confiar en los jóvenes, aunque recordando la importancia genética de su historia, desde que inventaron el fútbol moderno: el juego aéreo como arma letal.

Suecia también ha recurrido a la practicidad, la fuerza de origen y el empuje al frente cuando ha sido necesario: eficaces sin necesidad de muchas variantes… hasta que se necesitan. Fue el caso: ante los ingleses se evidenció su dificultad para cambiar sobre la marcha, flexibilizar las estrategias y buscar soluciones creativas; lucharon con absoluta entrega y manifestaron total disposición, pero no les alcanzó ante un equipo que fue superior y que supo leer entre líneas la forma de juego de los vikingos, insertando antídotos si bien no muy lucidores, sí tremendamente efectivos. El dominio inglés durante la primera parte fue de baja intensidad, anestesiando paulatinamente al rival que más bien esperaba a ver qué hacían los británicos con la iniciativa.

Después de una llegada de Kane, a la media hora de partido se produjo un tiro de esquina, situación de alta peligrosidad si un conjunto enfrenta al cuadro inglés: Ashley Young cobró y por los cielos se elevó el gigantón Maguire para conectar con autoridad y, siguiendo la fórmula conocida, anotar el tanto que reflejaba lo acontecido en el campo, si bien el tono había sido hosco y pedregoso con más aproximación del equipo de la Rosa ante casi una nula ofensiva sueca. Cambió la disposición para la segunda parte y los escandinavos estuvieron cerca del empate con cabezazo de Berg bien detenido por Pickford: no tuvieron, esta vez, la necesaria continuidad en la llegada.

A pesar de la superioridad de lnglaterra, el partido seguía al filo porque la distancia seguía siendo una jugada, hasta que Dele Alli firmó el segundo con la cabeza, cual sello de la casa, para sentenciar un triunfo típico. El resto del tiempo los de rojo aplicaron el control estricto y los de amarillo vieron cómo se escurrían los minutos anta su incapacidad de reacción. El fútbol puede regresar a casa, en efecto, aunque en esta justa los rivales en turno lucen superiores: el aprendizaje también se puede capitalizar dentro de cuatro años. Por su parte, Suecia cumplió con un papel digno que, después de eliminar a Italia en el repechaje, incrementó su motivación para el torneo.

Otra vez los penales

Tanto los anfitriones como los croatas se presentaban en esta fase tras haber vencido a sus rivales a través de la última forma de definición del ganador. Rusia celebraba estar todavía con vida en su casa, evitando ser convidado de piedra, y los balcánicos tenían la responsabilidad encima dado su condición de favoritos incluso para llegar a la final. La primera parte siguió el tenso guion esperado hasta que apareció la vuelta de tuerca: en brillante disparo desde fuera del área dirigido al ángulo, el héroe Chéryshev puso adelante a los de casa, provocando una inusual algarabía en las tribunas, preparadas para el festejo pero también para la tristeza. Poco duró el gusto a los rusos: Mandžukić ahora fungió como pasador y le puso la pelota en la cabeza a Kramarić para que emparejara los cartones apenas unos minutos después.

A partir de la segunda parte, surgió la implacable e incansable presencia de Modrić, encargado de mover los hilos cual hábil titiritero para que su selección dominara la pelota, si bien no con la profundidad esperada. Hubo oportunidades que se diluyeron entre las atajadas y las fallas en el toque final por parte de los atacantes croatas, mientras los rusos parecían intentar restablecer la hazaña frente a España y estirar el tiempo hasta la dimensión de los penales, donde la realidad se torna aún más impredecible. El segundo medio se agotó con problemas para Croacia por las lesiones y la falta de cambios, sobre todo cuando Subašić presentó molestias en la parte anterior del muslo: se recuperó y acabó siendo fundamental debajo de los postes en la ronda de penales.

Los tiempos extra regalaron más emociones de las esperadas, entre jugadores agotados y otros dando un último esfuerzo. Primero fue Vida, ese defensa que pudiera ser rockero o actor villanesco, quien insertó un angustioso cabezazo en la puerta local, y cuando el reloj estaba por detenerse, el brasileño de nacimiento Fernandes emparejó otra vez el encuentro, volviéndose un héroe momentáneo porque después fallaría el penal, aunque su desempeño a lo largo del torneo fue una de las razones por las que su selección adoptiva llegara tan lejos. Rakitić se encargó de anotar desde los once pasos el gol definitivo para despedir a unos anfitriones que rebasaron cualquier tipo de expectativa, incluyendo las de propios y extraños.

 

 

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