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17:38h. Martes, 27 de Junio de 2017

¿A ti qué te molesta?

Es hasta cierto punto entendible que quienes discriminan a este grupo no tengan un amplio criterio relacionado con los aspectos de orientación sexual e identidad de género, pues como no les acontece, tienden a formar juicios de valor desinformados…

El Articulo 2 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre estipula que toda persona tiene todos los derechos y libertades ahí proclamados, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. De esta forma se hace énfasis en el absoluto derecho que tiene cada ser humano a no ser discriminado por razón de orientación sexual o identidad de género.

Como es de saberse, la orientación sexual es la tercera principal causa de discriminación en el mundo. La homobofia, la bifobia y la transfobia imperan el modus vivendi de la época, en completo contraste con el orgullo de la comunidad LGBTTI, quienes han luchado incansablemente por hacer valer sus derechos, tanto políticos como humanos.

Los homofóbicos, bifóbicos y transfóbicos que ejercen estas prácticas con plena cotidianeidad suelen no tener plena conciencia de la transgresión de derechos humanos y políticos de la que frecuentemente son víctimas las personas con orientaciones e identidades sexuales distintas.

Es hasta cierto punto entendible que quienes discriminan a este grupo no tengan un amplio criterio relacionado con los aspectos de orientación sexual e identidad de género, pues como no les acontece, tienden a formar juicios de valor desinformados.

Lo más probable es que las personas que son homofóbicas, bifóbicas y transfóbicas no estén rodeadas de otros seres humanos que luchan día a día por comprenderse incluso a sí mismos, pues el contexto social en el que viven les hace pensar que por ser diferentes se encuentran en un error.

Es probable también que las personas que discriminan no hayan vivido en carne propia el cercenamiento de sus propios derechos o el menosprecio de su dignidad y valor por amar sin condiciones y etiquetas. Son razones simples, y aunque inválidas, comprensibles el que una persona no busque indagar más allá del razonamiento existente, heredado y aprendido.

Podemos decir entonces que las personas que discriminan en este ámbito específico no son mezquinas, pérfidas y perversas, sino que lamentablemente no han atravesado circunstancias en la vida que les hagan buscar el entendimiento adecuado. Son retrógradas y dan lástima, aunque no siempre intencionalmente. Es entendible que esto suceda si no es uno el que experimenta en su día a día, esta o cualquier otra lucha.

Aparte de eso, al no tomar ni un segundo de su tiempo para informarse y no saber siquiera la diferencia entre orientación sexual e identidad de género, es más sencillo comprender por qué existe esta distinción y marginación. Miedo a lo desconocido, le llaman.  Para estas personas existen dos soluciones: la información útil, veraz y libre de convencionalismos dogmáticos, religiosos y psiquiátricos sobre la orientación sexual e identidad de género. Y los libros de autoayuda.

Tanto en esta cuestión, como en muchas otras, me pregunto qué tanto puede arrebatársele a una persona en la vida por dejar a otras personas vivir plenamente. Dejar vivir a los demás mientras uno se enfoca en la vida propia, es aparentemente una de las más arduas y utópicas prácticas que el ser humano ha intentado desarrollar. No sólo raya, sino que rebasa cualquier línea que jamás haya sido pintada por la incoherencia y la insensatez.

Hoy mientras escribo este artículo, trato de colocarme en los zapatos de las personas homofóbicas, bifóbicas y transfóbicas. Así caigo en cuenta de que nunca había sido tan difícil para mí empatizar con un grupo específico de personas. No hay cabida dentro de mi entendimiento para que a alguien pueda parecerle injurioso o insultante el hecho de que dos personas estén enamoradas. O que en lugar de darles gusto que alguien luche por aceptar un cuerpo con el que no se siente identificado, les de asco.

Realmente ¿Qué les molesta? ¿Qué les da asco? ¿A qué le tienen miedo?

Que dos mujeres se tomen de la mano mientras caminan por la calle. Que dos hombres den muestras de afecto en público. Que una persona pueda usar tacones sin tener vagina. Que alguien más que no eres tú, se vea sometido a un tratamiento hormonal que no va a afectarte en lo más mínimo. Que alguien con aspecto andrógino utilice el mismo baño que tú. Que este "tipo de amor" no esté aceptado en la biblia. Que te roben el aire mientras viven una vida completamente separada de la tuya. Que si existen van a mal influenciar a tus hijos. Que no pueden procrear. Que estén enamorados. O que sólo disfruten del sexo, como tú. Que quieran casarse, vivir juntos. Que tengan sueños y tengan metas. Que quieran sentirse cómodos consigo mismos. Eso les molesta, les da asco, les causa miedo a aquellos que discriminan.

¿Saben que es lo que realmente molesta, indigna, da asco y mucho, mucho miedo?

Ser vulnerable a una serie de violaciones de derechos humanos, incluida la violencia homofóbica, el asesinato, la violación, la detención arbitraria, la discriminación generalizada en el trabajo, la discriminación en relación al acceso a servicios básicos, el bullying, el maltrato, el prejuicio y el rechazo.

La tendencia homogeneizante que defiende la heterosexualidad como sexualidad dominante, hace que el resto de las formas de sexualidad se presenten como incompletas, patológicas, criminales e inmorales. Y esto genera una respuesta al temor que padecen las personas que discriminan. El prejuicio dogmático e intolerante termina por traducirse no sólo en desprecio, odio y rechazo, sino que pasa a la praxis, cercenando los derechos más fundamentales que confieren a todos los seres humanos sin aparente distinción.

Este problema es sin siquiera tomar en cuenta los aspectos jurídicos que suelen permear a las relaciones de parejas heterosexuales, como la adopción o el matrimonio. El problema precede a esto, pues dejando de lado la lucha por hacer valer los derechos políticos, son los derechos humanos los que no están siendo respetados y arrebatan miles de vidas, tanto psicológica como físicamente.

Lo veamos por donde lo veamos, no es natural odiar a otras personas por algo que no pueden controlar. Los homosexuales no van a dejar de amar, independientemente de los genitales de su pareja. Los transexuales y transgénero no dejarán de sentirse incómodos en su cuerpo. Por más que se les señale, por más que se les reprima. Pues esas son condiciones sobre las que no puede ejercerse control o represión alguna. El amor sigue ahí. La poca identificación con el propio cuerpo sigue ahí. No se irán a ningún lado. Nunca lo han hecho y ha sido así desde siempre. Y si a alguien molesta, será preciso entonces que esa persona tan ofendida no preste atención a estas situaciones que en nada afectan su vida. No presten atención, como lo hacen con la política, con la corrupción, con la guerra, la pobreza, la destrucción ambiental, los hábitos consumistas, la concentración de la riqueza, la explotación de los recursos naturales y el hambre.

No creo que llevar una vida y prácticas llenas de odio, traigan plenitud a quien sea que las ejerza. No es benéfico, y aunque tal vez no sea perjudicial para las personas que discriminan, son personas que gran culpa tienen de aportar al rompimiento de un tejido social unificado y tolerante. Con un tejido social tan dañado, no podemos esperar una vida de paz y fraternidad. Las guerras no son sólo armadas; también son ideológicas y dogmáticas, y para acabar con las primeras, es preciso erradicar inicialmente las segundas.