Apología de la lucha

“La mayor expresión de la rabia hoy se esconde tras un tweet o un estado en Facebook. Cambiamos las calles por las redes, y las aulas de las universidades se han visto reducidas a la discusión intrascendente…”

Apología de la lucha

Di la verdad.
Di, al menos, tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:
que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la puerta,
que la gente
se amontone delante de tu cuerpo
como si fueras
un prodigio o un muerto.

Heberto Padilla

El texto de hoy alude más a una provocación visceral hacia mis lectores, y está lejos de pretensiones académicas e informativas. Busco despertar en ustedes la pasión de la lucha.

¿Dónde ha quedado nuestro descontento, nuestra sensibilidad, nuestras ganas y los intentos por cambiar? ¿Dónde queda el ardor que existía en nuestra sangre? ¿Existe en nosotros, aún, un ápice de coraje y voluntad? ¿Las desventuras de la vida han dejado de causar tristeza y compasión entre nosotros?

Este mundo en el que vivimos ha mejorado en muchos aspectos, sin duda. Pero día con día normalizamos la manera en la que va cayéndose a pedazos. Nos hemos ensimismado de tal manera, que dejamos al otro a su suerte. Vivimos ocupándonos de nuestro propio interés como si el que estuviera al lado no fuera igual de valioso como nosotros.

Veo en derredor y veo a una sociedad (en su mayoría) cómoda, despreocupada, permisiva. Una sociedad cuyos individuos prefieren ocultar la semilla del descontento, en lugar de sembrarla y hacerla brotar, porque eso implicaría salir de su zona de confort. Apáticos e inmutables a lo que no les acontece.

Veo también, gente que se preocupa, pero qué no sabe cómo actuar. O que para poder actuar, tendría que dejar de lado las exigencias que el sistema nos ha impuesto para sobrevivir, como lo es el trabajo.

¿Hasta dónde debemos llegar para que el descontento toque las fibras más sensibles de nuestra sociedad?

La mayor expresión de la rabia hoy se esconde tras un tweet o un estado en Facebook. Cambiamos las calles por las redes, y las aulas de las universidades se han visto reducidas a la discusión intrascendente.

Los discursos mejor redactados han tomado ya parte en el mundo, pero siendo realistas, lograr que las palabras cambien la realidad política es una tarea para idealistas. Que no se me malinterprete: dichos idealistas entonces podrán gestar en aquellos activistas las razones y motivos que nos hagan a todos salir a actuar en lugar de quedarnos en el sillón. A fin de cuentas, cada uno cumple con su rol.

Lo preocupante surge en el momento en el que uno se percata de que todos nos encontramos actuando hasta el límite, en donde luchar no nos afecte en lo absoluto. Porque dejar de usar popotes no me quita, pero desprenderme de todo el plástico, sí. ¿Me explico?

Y la realidad es que aún nos quedan muchas luchas por delante.

La normalización brutal de las desapariciones no se vuelve tema relevante hasta que le pasa a alguien que conoces.

La cantidad de asesinatos y el alza en los índices de violencia en cualquier estado no nos afectan, porque preferimos irnos a vivir a otro lado o ajustarnos a las circunstancias que dicho entorno nos ha impuesto; regresar a casa en horarios “prudentes”, no frecuentar ciertos establecimientos, etc. Nos resignamos a vivir dentro de los límites que la violencia nos deja libres. ¿Llamamos a eso vivir? ¿Será eso libertad, prudencia o conformismo?

El secuestro y asalto a mujeres en Guanajuato, ciudad peatonal por excelencia, donde decidimos no salir, no vestir de cierta forma para no ser violentadas, en lugar de exigir a las autoridades, que se muestran incompetentes para resguardar nuestra seguridad.

La despenalización del aborto se ve como una meta lejana. Y sabemos que muchas mujeres han sido encarceladas por esos hechos. También sabemos que la que tiene el dinero puede abortar fácilmente. Y lo sabemos porque las conocemos. Pero su lucha no es mi lucha si yo no lo vivo, así que prefiero quedarme callada.

Las tendencias consumistas actuales generan externalidades negativas avasalladoras. Costos sociales inhumanos. Condiciones laborales deplorables. Una degradación al medio ambiente sin precedentes. Explotación de recursos naturales a países menos desarrollados que los nuestros. Y en lugar de consumir responsablemente, preferimos ponernos una venda y vivir bajo los estándares sociales que los países primermundistas dictan.

La crisis de derechos humanos en los países con problemas de refugiados es sólo una triste realidad que vemos a través de la pantalla. Pero entonces, ya se encargarán los organismos no gubernamentales de resolverlo. Porque la anarquía del sistema internacional está dura y, pues, “ni qué hacer”.

Y es así como día con día vamos aceptando que “la vida es así”. Se nos ha ido educando de cierta forma en la que terminamos viendo que así es como funciona el mundo, y que quien se levanta y lucha pierde su tiempo. No todos luchamos por las mismas causas, es verdad; habrá quienes quieran luchar por el medio ambiente, otros por los derechos humanos, otros en contra de la industria alimentaria, otros en contra del capitalismo voraz, otros en contra de la violencia, otros en contra del patriarcado, y así sucesivamente.

No obstante; ninguna lucha es digna de ser menospreciada. Ninguna lucha es fácil. Ninguna lucha tiene un “machote” que nos indique cómo comenzarla y cómo terminarla porque a fin de cuentas estamos encaminándonos a solucionar algo que no se ha podido corregir en todos los años de la humanidad, y es por eso que estamos aquí. Pero que este confort actual en el cual nuestra trinchera es una computadora, desaparezca. Porque difícilmente de este modo llegaremos a cambiar algo jamás. Y que la costumbre del descontento nunca se adquiera, porque será entonces cuando realmente perecerá toda esperanza de un mundo mejor, y perecerá también la ilusión de dejar huella en nuestro paso por la tierra.

Que nuestras huellas no sean sólo memes y tweets; que nuestra huella sea la exigencia, la pasión, la rabia y el coraje. Que nuestra huella sea retomar las calles y que la libertad de expresión se vuelva nuestra aliada para visibilizar todo aquello con lo que no estamos de acuerdo. Que nuestra huella sea practicar lo que predicamos: que lo sea sea el diálogo y no el conflicto. Y tal vez entonces, al comprender esto, podamos cambiar al menos una sola de las cosas que no nos permiten ni a nosotros ni a otros seres humanos: hacer de esta vida en sociedad algo más que la sumisión a nuestras deplorables circunstancias. Que si por las calles corren la sangre, el sudor y las lágrimas, sea porque no nos conformamos, no a causa de que nos quedamos encerrados. Y no terminar la lucha, aunque la lucha cueste la vida. Porque vivir y morir por la causa, vale la pena.

Así que como diría el lema de Fernando I, Sacro Emperador Romano: “Que se haga justicia, aunque el mundo perezca”.

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