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17:36h. Martes, 27 de Junio de 2017

¿Feminismo o sexismo?

“…es el papel de los hombres y mujeres feministas distinguir entre los derechos por los que se pelea y los que son más bien ventajas sexistas que van por encima del otro…”

 

 

 

Actualmente, el movimiento feminista y las prácticas feministas se han visto sometidas más que nunca a una infinidad de críticas y malinterpretaciones. La palabra "feminista" se ha vuelto, entonces, la orgullosa ideología de algunos y el miedo de otros. Existe gran variedad de mujeres y hombres que se niegan a autodenominarse así, a causa de los prejuicios que flotan sobre la significancia del concepto y de la percepción que se tiene sobre los actos y políticas "feministas" que se han implementado en la sociedad actual.

Los actos y políticas que se ejecutan hoy en nombre del feminismo, ¿van efectivamente en favor de éste?

Es importante denotar principalmente la diferencia entre igualdad, equidad de género y feminismo, para tener pleno entendimiento de cada uno de los conceptos.

La igualdad de género es definida por la Comisión Nacional para la Prevención de la Discriminación (Conapred), como: El principio constitucional que estipula que hombres y mujeres son iguales ante la ley. Lo que significa que todas las personas, sin distingo alguno tenemos los mismos derechos y deberes frente al Estado y la sociedad en su conjunto.

Por otro lado, la equidad de género hace referencia a que mujeres y hombres, independientemente de sus diferencias biológicas, tienen derecho a acceder con justicia e igualdad al uso, control y beneficio de los mismos bienes y servicios de la sociedad, así como a la toma de decisiones en los ámbitos de la vida social, económica, política, cultural y familiar.

Según la Real Academia Española, RAE, el feminismo es una ideología que defiende que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres.

De esto podemos concluir que igualdad de género hace referencia exclusiva al principio jurídico de que ante la ley, los hombres y las mujeres deben ser iguales. La equidad de género se enfoca en que ese principio jurídico sea válido y aplicable en todas las esferas políticas, humanas y sociales en las que son partícipes hombres y mujeres. Y el feminismo es la lucha para que la igualdad y equidad de género se vuelvan efectivas y no sean únicamente un reconocimiento u anhelo más declarado en un acuerdo, pacto o constitución.

La lucha por el feminismo comenzó desde el siglo XVIII, y como decía Carol Pateman, surge de la necesidad de replantear el patriarcado como sistema social y cultural dominante, busca replantear las relaciones de poder y otorgar a las mujeres y a la sociedad la aceptación de que las mujeres también pueden decidir, pensar y actuar.

Anterior a la lucha por el feminismo, los derechos políticos eran exclusivos de los hombres. En virtud de ser varones, éstos eran los únicos que tomaban decisiones sobre la vida política y social en esos tiempos, excluyendo a las mujeres literalmente, de hacer su propia voluntad.

El feminismo se divide teórica y cronológicamente en tres distintas olas.

La primera abarcó desde el  siglo XVIII hasta el XIX. Durante este lapso se luchó por la abolición de los privilegios masculinos, se piden derechos matrimoniales, a los hijos, al trabajo, a la capacitación profesional, a la educación y al voto.

La segunda ola engloba la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Se lucha por el sufragio universal, la educación superior, el acceso a las profesiones y cargos de todo tipo, las condiciones laborales y los derechos y deberes matrimoniales equiparables a los de los varones.

La tercera ola corresponde a la lucha desarrollada desde la segunda mitad del siglo XX hasta los comienzos del XXI. La lucha aquí va más encaminada a abrir la brecha ideológica que las luchas y acuerdos pasados dejaron en la memoria colectiva. Se crea conciencia sobre el sistema social patriarcal, buscan ser candidatas elegibles y electoras. Influyen en instituciones internacionales, nacionales y locales. Luchan por la aceptación de los anticonceptivos, el divorcio, la regulación de la fecundidad, la despenalización del aborto, la generalización de la escuela mixta, entre muchas otras cosas.

Esta lucha que ha sido larga y ardua, ha logrado hoy en día que las mujeres puedan alzar la voz para pedir o demandar lo que consideren pertinente. Se le llama feminismo, pues los hombres no han tenido que llevar esta lucha dado que, como el nombre lo dice, el sistema patriarcal ha dotado siempre a los varones de derechos políticos y libre albedrío.

La cuestión central de análisis aquí es entonces concluir si realmente hoy en día se sigue luchando por los mismos ideales feministas con los que se gestó el movimiento. Teniendo en cuenta lo anteriormente dicho acerca del movimiento, podemos decir que entonces el feminismo lucha por la equidad de género, aunque las críticas actuales digan lo contrario.

Siempre es interesante y enriquecedor tener una mirada objetiva y reflectiva ante la crítica; debe haber alguna razón por la que surge, independientemente de la diversidad que existe en las opiniones e ideologías. En este caso, y en mi opinión, la oposición y crítica actual que se ha dado al feminismo es por una serie de prácticas y políticas implementadas en la sociedad, que se autodenominan feministas pero que no lo son.

Existen hombres, mujeres y agrupaciones que en nombre del feminismo incurren en prácticas sexistas, y es esencial aprender a distinguirlas para no acabar por tergiversar un movimiento que no tiene estos ideales como objetivos.

Pedir derechos especiales para la mujer no es feminista; es sexista.

Invertir presupuesto público en camiones y asientos exclusivos para la mujer no es feminista, es sexista.

Creer en la superioridad femenina sobre la masculina, no es feminista, es sexista.

Así también como la exigencia de algunas personas a ceder el asiento a las mujeres, dejar pasar primero a las mujeres, pagar por la comida de las mujeres, no es feminista; es sexista.

El feminismo lucha por la equidad, por la libertad de elegir. Las personas feministas que condenan el hecho de que una mujer no trabaje y se dedique a su hogar porque así lo decidió, tampoco son feministas. Ya que el feminismo no va en pro de que todas las mujeres sean independientes económicamente, sean empoderadas y puedan alzar su voz, sino que va en pro de que exista la posibilidad real y legal de que aquellas que quieran hacerlo, puedan hacerlo, y se respete a las que deseen ser sumisas a la ideología patriarcal. Asimismo, que exista la posibilidad de que los hombres puedan también decidir sobre si quieren o no ser el sustento de la familia, o dejarse ayudar por sus mujeres. El feminismo lucha entonces por la equidad de género; busca que exista la libertad y la posibilidad de elegir y ejercer la voluntad propia, independientemente de si se es hombre o se es mujer.

Cualquier comentario, práctica, acción, movilización, política pública, etc. que no vaya estrictamente en favor de lo anteriormente planteado, no es feminista. Es sexista, preferentista y oportunista. Y en el aspecto en el que se ejercen prácticas anti feministas en el nombre del feminismo, no puede hacerse mucho al respecto, pues en este movimiento, como en muchos otros a lo largo de la historia, el entendimiento humano se ve afectado tanto por su propio criterio como por la mala o nula información. Así como en nombre del amor de Dios y la religión se han cometido actos atroces, y los fieles seguidores denuncian que no es ésta la razón por la que ellos en particular son seguidores de ese dogma, pasa lo mismo con el feminismo. Únicamente es deber de las personas feministas informar y enseñar puntualmente lo que realmente se predica y se trata de lograr. Fuera de eso, existirán siempre detractores que consciente o inconscientemente no actúan a favor de lo que ellos creen.

Es ésta una de las razones por las que, infortunadamente, las mujeres y hombres de las generaciones actuales sienten miedo o vergüenza de autodenominarse feministas, pues el concepto de la lucha se ha tergiversado alarmantemente. También es sencillo para estas personas no luchar naturalmente por la causa, pues han gozado de los frutos y nacido bajo las ventajas que esta lucha ha proporcionado, y las mujeres hemos perdido la capacidad de valorar el hecho de que ahora podemos hacer muchísimas cosas que antes no nos eran permitidas.

Esta lucha no está cerca de terminarse, pues aunque los derechos estén ahora plasmados en documentos formales y legales, es difícil transformar de raíz los motivos y las razones de la memoria colectiva, para que el feminismo sea naturalmente aceptado. El sistema social y cultural patriarcal ha penetrado profundamente por derecho de antigüedad, y es el papel de los hombres y mujeres feministas distinguir entre los derechos por los que se pelea y los que son más bien ventajas sexistas que van por encima del otro y que terminan por socavar la dignidad humana y nos llevan al mismo problema con el que comenzamos: la inequidad.

Debe ser tarea fundamental del feminismo actual impedir que una lucha por la equidad se salga de sus propios cabales y llegue a causar que en algún futuro sean los hombres quienes comiencen una lucha por igualar a la mujer.