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01:02h. Viernes, 20 de Abril de 2018

Homicidio y libertad

“…no es sorprendente que vivamos bajo un sistema de poderes que se ocupa de que nada cambie, de que todo siga siendo igual, o mejor dicho, que sólo cambien aquellas cosas que pueden determinarle una mayor estabilidad futura…”


En los últimos años, los movimientos políticos más fervientes y relevantes alrededor del mundo, han sido variantes de una simple demanda: "¡Basta!, dejen de matarnos", y lo que es realmente espeluznante entre los grupos de expertos y en la política, es que se la considera en gran parte como una demanda inaceptable.

Basta mencionar algunos ejemplos para poder aterrizar con certeza en aquello a lo que esta afirmación se refiere: En Estados Unidos, el movimiento "Black Lives Matter" protesta regularmente contra la muerte de personas negras en homicidios cometidos por agentes de policía. "March for Our Lives" fue una manifestación liderada por estudiantes en apoyo de un control de armas más estricto en el mismo país, tras la serie de tiroteos que han arrebatado la vida de muchos estudiantes. En México, es más peligroso ser periodista que en cualquier país que se encuentre en guerra. Y alrededor del mundo, la frase "Ni una menos", haciendo referencia al alza e impunidad de los feminicidios, ha resonado hasta en los rincones más remotos que albergan las luchas movilizadas por la sociedad. Sin dejar de lado los gritos ensordecedores con los que miles de estudiantes han impactado las calles tras la desaparición forzada de sus colegas, fueran así los 43 de Ayotzinapa o los tres estudiantes de cine de Jalisco. Del mismo modo, las innumerables marchas de orgullo gay que han paralizado a las principales ciudades de todos los países, no han logrado que no se les arrebate la vida por amar a alguien de su mismo sexo.

La cuestión aquí no es abordar las causas de estas revueltas, ni encontrar la respuesta a la pregunta de por qué –o quién- nos está matando, sino reflexionar en torno a la importancia de seguir presionando para volvernos acreedores reales de nuestros derechos, y del pleno goce y disfrute libre de nuestras vidas como individuos.

Cuando aquí se habla de minorías, no se hace referencia a las numéricas sino a los grupos subordinados en general que, aunque puedan ser relevantes en número, se encuentran sometidos a las demandas de grupos más dominantes, perdiendo así parte del ejercicio de sus derechos políticos y sociales. Por ejemplo, las mujeres y las personas de raza negra, no socavados precisamente por su número, sino por su condición.

Es imposible pensar que estos movimientos que se han producido entre los seres humanos puedan ser reductibles a movimientos o conflictos meramente ideológicos o espirituales. Entender estas ideas y actitudes sobre la vida, expresadas en voz de una gran cantidad de personas, supone que abramos los ojos ante los cambios en lo micro, y en lo macro, que van moldeando nuestra realidad, la civilización y la forma en que tomamos decisiones.

A las mujeres, a los negros, a los periodistas, a los homosexuales, y a muchos más, nos están matando. Y que el Estado o alguna de sus esferas de influencia le arrebate la vida a alguien, poco o nada tiene que ver con el uso legítimo de la fuerza. La raíz del problema radica en el malogro y el poco efecto que la coacción ha tenido sobre estos grupos, por una sencilla razón: lo que piden es obtenible, sólo que no se les quiere otorgar: libertad.

Si a un grupo determinado de personas no se les concede el pleno uso de sus libertades, es porque amenazan el orden social actual de una u otra manera. De ahí el miedo a la amplia participación de las mujeres, a la libertad de expresión de los periodistas, a la inclusión de los negros en su propia comunidad, al matrimonio homosexual, etc. Son, al final, movimientos que tratan de cambiar algo –no mejorarlo o empeorarlo; simplemente cambiarlo-. Y para la clase dominante no es siempre conveniente que las cosas cambien, ya que sólo se ha enfocado en fortalecerse a lo largo de todos los años en el poder, y tiene una gran insensibilidad ante todo aquello que no le afecte directamente. El gobierno tiende a tomar medidas únicamente cuando existe interés electoral de por medio, así que lo único que le importa a esta clase es su perpetuación en el poder, y los destinos de los individuos que conforman su Nación le son indiferentes, siempre y cuando no afecten su posición de dominio. Entonces, no es sorprendente que vivamos bajo un sistema de poderes que se ocupa de que nada cambie, de que todo siga siendo igual, o mejor dicho, que sólo cambien aquellas cosas que pueden determinarle una mayor estabilidad futura.

En palabras de Stuart Mill, "Cualquier bien que sea contrario al interés egoísta de la clase dominante, sólo podrá ser efectuado mediante una larga y ardua lucha".

Y estas minorías no han hecho menos que luchar incansablemente por sus propios intereses. Pero, nos preguntamos entonces, ¿por qué el resto de la sociedad no se solidariza para lograr cambios que nos beneficiarían como sociedad? (espero que estemos de acuerdo en que la tolerancia, la inclusión, la justicia y la diversidad, son clave para un mundo mejor). Si es bien sabido que coaccionar a un hombre es privarle de la libertad, e implica la intervención deliberada de otros seres humanos dentro del ámbito en el que yo podría actuar si no intervinieran, ¿por qué son estas exigencias casi exclusivas de las minorías? ¿Por qué no se muestra –literalmente- todo el mundo, preocupado y exigente porque que existen otros seres humanos a quienes se mata únicamente por poseer una condición que no pidieron?

La respuesta es simple y se contesta con otra, como dice Isaiah Berlin: ¿Qué es la libertad para aquellos que no pueden usarla? La mayoría de las personas se encuentran suficientemente preocupadas por tener algo que comer y algo que vestir, como para hacer de la libertad individual una de sus primeras necesidades. Se dice que "hay situaciones en que las botas, son superiores a las obras de Shakespeare". En este mundo, y en pleno siglo XXI, por más "avance", "innovación", "desarrollo" y "progreso" que estemos haciendo, ni siquiera las mínimas necesidades de todos los hombres se encuentran satisfechas. Y millones de personas mueren más de hambre que de la socavación de sus derechos. Hay muchos que valoran otros fines por encima de la libertad misma, y están dispuestos a reducir la libertad en aras de otros valores, siendo así que la libertad de algunos debe depender de las restricciones de otros. Hobbes decía que para evitar que los hombres se destruyan unos a otros y conviertan la vida social en una jungla, era deseable controlarlo, aumentando el ámbito del poder central y disminuyendo el poder del individuo.

El problema es que la clase dominante, o los círculos de poder que toman las decisiones, manejan un discurso hacia la mayoría, que les dice que es justificable coaccionar a los hombres en nombre de algún fin específico, que "ellos (la mayoría) perseguirían si fueran más cultos, pero que no persiguen porque son ciegos, ignorantes o están corrompidos" (Berlin 2000).  Es decir, les convence de que es benéfico coaccionar a otros por "su propio bien", ya que no se opondrían si fueran "tan racionales, tan sabios o comprendieran sus propios intereses" como el que tiene el poder lo hace. Lo que no les explican es que es precisamente ese mismo sistema que siguen perpetuando, el que los mantiene tan ciegos e inútiles, que no pueden darse ni el tiempo para pelear por su libertad individual. No explican que al momento de adoptar esta manera de pensar, se vuelve mucho más fácil ignorar los deseos reales de los hombres, y que torturarlos o matarlos se vuelve justificable al hacerlo en virtud del "bien propio de la sociedad", por lo cual, en ese aspecto, la victoria es para los grupos subordinados, quienes precisamente gracias a su condición y los abusos que han sufrido, han podido despojarse de las vendas que el mismo sistema ha impuesto sobre sus ojos.

En suma, y para concluir, los movimientos sociales de estos grupos vulnerables son de importancia fundamental para la trascendencia del cambio en las configuraciones mentales actuales de la sociedad. La cuestión de quién los mata, quién los desaparece, por qué existe impunidad, y cómo resolverlo, es completamente diferente y digna de un análisis aparte. No obstante, hay que resaltar que cada una de estas muertes, es de alguien que murió en medio de la lucha por una causa. Que estas manifestaciones no sólo deben quedar como el registro histórico de una movilización masiva por X o Y causa, sino que fundamentan las bases necesarias para que a lo largo de la historia de la humanidad, cada vez sea más probable llegar a un Estado de Derecho democrático donde exista igualdad moral, política y jurídica en el disfrute de derechos y libertades fundamentales, sin distinción entre mayorías y minorías, donde al mismo tiempo, los intereses de los individuos como seres humanos, sean tan o más importantes que los intereses de dominio de una nación. Porque se supone que los sistemas de organización política se formaron desde el inicio de los tiempos, para asegurar el bienestar de todos y cada uno de los involucrados, y no sólo el de una clase dominante.

Como decía John Stuart Mill:

"A menos que se deje a los hombres vivir como quieran, la civilización no podrá avanzar, la verdad no podrá salir a la luz por faltar una comunicación libre de ideas, y no habrá ninguna oportunidad para la espontaneidad, la originalidad, el genio, la energía mental y el valor moral. Todo lo que es sustancioso y diverso será aplastado por el peso de la costumbre y de la constante tendencia que tienen los hombres hacia la conformidad, que sólo da pábulo a capacidades marchitas, seres humanos limitados, dogmáticos, restringidos y pervertidos".

Por lo que, según Berlín, el hecho de coaccionar, y matar a un ser humano por perseguir un fin específico, es pecar contra la verdad de que él es un hombre y un ser que tiene una vida que ha de vivir por su cuenta.