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20:49h. Lunes, 20 de Noviembre de 2017

La normalización de la violencia e inseguridad

“…porque no dar resultados es culpa del gobierno, pero no exigir y no proponer, es culpa tuya…”

A Guanajuato llegó aquello de lo que estuvimos relativamente eximidos a lo largo de varios años: la subyugación de nuestro estado a manos del crimen organizado. 

Este problema, en el nivel federal, ya no sorprende más. Pero aquí, donde "la vida no vale nada", la preocupación y la inquietud comenzaron a reinar en los hogares y en las calles a partir de que, en el presente año, los expertos en seguridad pública aseguraron que el problema del narcotráfico se encuentra ahora dentro del estado, manifestándose a través de una gran cantidad de homicidios, tomas clandestinas de hidrocarburos y delitos de narcomenudeo. 

Todo cambia cuando uno vive de cerca esta dominación, o tiene conocimiento sobre situaciones de violencia que vienen directamente desencadenadas de los actos ilícitos del crimen organizado. Cuando no se trata de hechos aislados o infrecuentes, sino de una situación que se ha vuelto habitual, estructural, que tiene distintas manifestaciones y en la que participan diversos agentes. 

Al hacer una valorización de lo que he estado observando, escuchando e intuyendo, he caído en cuenta de algo que es aún más grave que el crimen organizado: la normalización de la inseguridad y la violencia en nuestro país. 

Es evidente que este tipo de delincuencia no pudo ser combatida por el Estado de manera oportuna, que se dejó crecer y se le permitió desarrollarse a su modo y conveniencia. 

Sabemos (y a ciencia cierta) que hubo y sigue habiendo omisión, indiferencia, disimulo e incluso colaboración de las instancias públicas y de la sociedad para propiciar el funcionamiento de las diversas actividades del crimen organizado. 

Asimismo, no es secreto que se han infiltrado directamente en el sistema gubernamental, han corrompido funcionarios públicos, políticos y hasta militares, y de este modo se han convertido en una amenaza, ya no sólo para la seguridad del individuo sino para la soberanía y seguridad nacionales. 

Lo decepcionante es que, a pesar de poder palpar la incompetencia del Estado para resolver la situación de violencia en la que se encuentra hundida el país, hemos aprendido a aceptar que ésta es la realidad en la que vivimos. Pero déjenme decirles que "aceptar" eso es, en efecto, inaceptable. Aceptarlo sería apto únicamente para enfermos mentales, masoquistas, psicópatas y perversos. 

Porque, ¿quién en su sano juicio podría llegar a conformarse con vivir en un entorno que se caracteriza por la crueldad, la venganza, la exhibición de poder, la intimidación, el narcotráfico, el secuestro, los mensajes explícitos de violencia, las amenazas, el miedo a salir y caminar libremente? No sé ustedes, pero yo, no. 

Y aunque la realidad de la delincuencia organizada es una realidad muy compleja y difícil de explicar en una sencilla relación de causalidad, sí somos capaces, mediante el sentido común, de dejar de aportar a los factores que contribuyen a su existencia (como consumir drogas y gasolina robada) y comenzar a exigir a nuestro gobierno y proponer planes de acción en contra del crimen organizado.

Debemos exigir a nuestros gobernantes que desarrollen operativos eficaces y dejen de evadir la responsabilidad social y pública actual. El gobierno ha aceptado ampliamente, mediante su omisión, el hecho de que por sí mismo no puede pelear contra el narcotráfico, que no existe manera de que muevan un dedo en materia de seguridad, si no es por presión o ayuda de privados o asociaciones civiles. Y no entiendo por qué razón no veo a todos hartos, cansados y muy enojados. ¿Cómo es posible que el único órgano que tiene la facultad del uso legítimo de la fuerza, brille por su ineptitud cuando de proteger a la sociedad se trata? ¿Por qué razón están las asociaciones civiles, los empresarios o las autodefensas ocupándose de las cuestiones de seguridad cuando se supone que el Estado existe precisamente para eso? Es obligación del Estado garantizar a la población la seguridad, ya que es una finalidad esencial para la vida y el desarrollo de la comunidad nacional. Sin ella no es posible garantizar la existencia de la población, ni del Estado mismo. 

Y, aun así, viviendo bajo las circunstancias en donde nuestra vida descansa en las manos de aquellos que se ofrecen a protegernos, y no de los que tienen ese deber, no nos indignamos y no decimos nada porque "así son las cosas" ¡Pero es que así no deben ser! 

No debes acostumbrarte a decir "es sólo un ajuste de cuentas", "lo secuestraron, pero no les pidieron tanto", "mejor me quedo en mi casa, porque afuera es peligroso", "pobre, le tocó una bala que no era para él", "si no la debes, no la temes" No debes minimizar el daño y la violencia, mofarte de lo que ocurre, creer que escuchar narcocorridos te dota de la superioridad o virilidad que careces, y reírte de las fotos y vídeos de ejecuciones porque crees que tú eres frío e impenetrable. 

No se trata de eso. Se trata de que tú tienes un aparato, de por sí coercitivo y por encima de ti, al que llamas gobierno, y tiene la obligación de protegerte. Lo único que has hecho es naturalizar todo, como si fuera algo admisible estar hundidos en esta porquería falta de toda ética y moral. 

Despierta, y ten cero tolerancia a la violencia e inseguridad, y sobre todo a la aceptación de que el Estado "nada puede hacer". Levántate, pide que te rindan cuentas, propón, y este 2018 no emitas ni un solo voto a ningún candidato local, estatal, o federal, que no tenga una perspectiva clara de las acciones y políticas que implementará en materia de seguridad, porque no dar resultados es culpa del gobierno, pero no exigir y no proponer, es culpa tuya. 

Es muy fácil que el candidato te diga "voy a acabar con la inseguridad", pero tu deber es plantártele en frente y preguntarle: ¿cómo?