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19:52h. Viernes, 21 de Julio de 2017

Tergiversando la democracia

“…somos fantasmas pidiendo auxilio a los mismos malhechores que hemos elegido. No existe mecanismo infalible o de garantía mediante el que no sólo se escuche sino se haga lo que el ciudadano demanda…”

 

 

Según la mayoría de los gobiernos del mundo y la opinión popular, vivimos en una democracia. Una democracia que no funciona. Que está en decadencia. Sujetos a una maldición que nos ha llevado a estos estadios de corrupción y caos.

Me he cansado de escuchar a una gran cantidad de personas quejarse de esta ‘democracia’. De verles esbozar opiniones más o menos rebuscadas. Opiniones desinformadas, diría yo, pues la democracia es como el comunismo. No se puede saber si funciona, pues ningún país la ha logrado poner en práctica por completo. Y es por una cuestión principal: hay que ser cuidadosos con los conceptos.

Del mismo mal que sufre el comunismo, sufre la democracia, sujeto siempre a las críticas y juicios de todos los ciudadanos ‘que lo han vivido’. Desde cómo no nos ha llevado a vivir la mejor vida, hasta cuántas vidas ha costado. Que es un sistema no funcional. Que es, incluso, obsoleto.

Pero me pregunto: ¿Estamos juzgando nuestra forma de gobierno, o estamos juzgando a la democracia? No podemos juzgar a la democracia en el mismo plano en el que juzgamos nuestra forma de gobierno actual, porque no vivimos en una democracia. Y confundir esas dos cosas nos puede llevar a fatales malentendidos, que mucha relación tienen con las diferencias entre la teoría y la práctica o la realidad.

Principalmente, un sistema o forma de gobierno no pueden juzgarse objetivamente si no toda la teoría ha podido traducirse a la práctica. Podemos criticar el texto, la factibilidad, la coherencia, y discutir las imposibilidades de volverlo realidad, mas no podemos decir que algo no funciona, cuando no lo hemos consolidado. No podemos decir que algo es obsoleto cuando no ha tenido siquiera un uso.

Repetidamente se nos ha dicho que vivimos en un sistema democrático, y esta constante afirmación nos lleva primero a dejar de cuestionar si realmente es así. Hemos naturalizado dos cosas. La primera: que vivimos en una democracia. La segunda: que la democracia es la mejor forma de gobierno posible (porque si no fuera así, ¿cuál sería la razón de que esta fuera nuestra forma de gobierno?).

Aquí discutiremos la primera "naturalización". La segunda habrá que discutirla con Platón, Aristóteles, Maquiavelo, entre otros, que pasaron años de su vida analizando las distintas formas de gobierno y argumentando cuál era para ellos la mejor.

¿Por qué la democracia difiere de nuestra realidad. Primero me gustaría exponer el significado del término. Posteriormente, analizaremos el concepto de democracia expuesto por Robert Dahl.

Democracia, según la RAE:

  1. f. Forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos
  2. f. Doctrina política según la cual la soberanía reside en el pueblo, que ejerce  el poder directamente o por medio de representantes.


Comenzando por la primera definición... El poder político ejercido por los ciudadanos. Concuerda con nuestra realidad, pero no completamente. Cierto, los políticos que se encuentran en el poder son ciudadanos. Sin embargo, son ciudadanos que pertenecen a una élite definida. Si el poder político estuviera realmente en los ciudadanos, existirían mecanismos para que los representantes elegidos les hicieran caso. Sin embargo, aquí no es así. Cientos de manifestaciones, marchas, gritos, pancartas e incluso silencios prolongados, no han tenido efecto alguno en la atención a nuestras demandas. No existe un hilo legítimo de comunicación que entrelace al ciudadano y a su representante. Eso implica que al llegar a la cima el representante deja de ser ciudadano, y el poder político es únicamente de él. Se deslinda de los ciudadanos, y por ende, éstos pierden el poder político. Se supone que los ciudadanos deciden unirse en un cuerpo político por una ley común, debido a que la ley que obedecen nace de ellos mismos, pero, nuevamente, aquí no es así.

En cuanto a la segunda definición, si por medio de representantes elegimos, eso no significa soberanía. Indicaba Rousseau que “La soberanía […] no puede ser nunca enajenada, y el soberano, que no es más que un ser colectivo, no puede estar representado más que por sí mismo: el poder puede transmitirse, pero no la voluntad. […] la voluntad particular tiende por su naturaleza a las preferencias y la voluntad general a la igualdad”

Pero hasta donde me he dado cuenta, en la realidad donde vivimos, la soberanía no reside en el pueblo, sino en el representante. Entonces no hemos transmitido sólo el poder, sino la voluntad. Y ésta es la segunda diferencia entre nuestra realidad y lo que, en teoría, es la democracia.

Ahora, el principal error en que se incurre cuando se habla de democracia es creer que la única característica de los gobiernos democráticos son los consensos y las elecciones transparentes. Olvidamos que existen también otras características, fundamentales al completo ejercicio de este régimen, por lo que es clave comprenderlas para tener un conocimiento amplio de lo que implica la democracia.

Los principios de la democracia que expone Dahl en su obra “Democracia: una guía para los ciudadanos” en 1999, son cinco: Igualdad de votos, Participación política, Autonomía, Control de la agenda del gobierno e Inclusión.

Hablando de igualdad de votos: en teoría, sí existe el voto igualitario en nuestro sistema. Esto quiere decir que la democracia, en teoría y en nuestra realidad, serían equiparables –bajo este principio de Dahl- si nuestro sistema electoral fuera fidedigno y transparente. ¿Lo son? Eso se lo dejo al lector.

En cuanto a participación política, la democracia exige pluralidad, que existe en nuestra realidad, pero más que eso, hay estrategias de polarización. El pluralismo partidario que vemos día con día no tiene la finalidad de darnos opciones a escoger: nace más bien de una intencionalidad del tipo "divide y vencerás". ¿Intenciones un poco distintas, no?

Autonomía: la democracia requiere que el ciudadano forme su propia opinión y juicio. Y no sólo esto, sino que pueda adquirir consciencia de los medios requeridos para lograr sus fines. En nuestra realidad, los medios masivos de comunicación y las corporaciones mediáticas manipulan y condicionan la opinión y la acción pública. Encima de eso, existe un gran número de analfabetas, y mayor es el número de personas sin acceso a la educación. Éstos son los mayores impedimentos a la consolidación de un criterio propio. El candidato que más se hace notar es el que gana, pues los ciudadanos no están bien informados; están intencionalmente guiados. Y eso no es autonomía. Eso no es democracia. Esos son votos desinformados, votos ciegos.

El cuarto principio sugiere que el ciudadano debe tener control de la agenda de gobierno. Abriendo oportunidades para que los ciudadanos participen políticamente, que se involucren y decidan. Pero, nuevamente, la realidad no es así: somos fantasmas pidiendo auxilio a los mismos malhechores que hemos elegido. No existe mecanismo infalible o de garantía mediante el que no sólo se escuche sino se haga lo que el ciudadano demanda.

Y finalmente, la inclusión. Donde aparentemente nadie debe ser excluido de la sociedad y del voto. Pero en la realidad éste es un principio muy poco respetado, sobre todo por los países que se han vuelto extremadamente nacionalistas, y han dejado de lado y expulsado a personas por cuestiones de raza, etnia o religión.

El análisis comparativo entre nuestro "hoy en día" y lo que en teoría es la democracia, podría continuar a lo largo de algunas cuartillas, pero espero haber dado a entender mi punto: no sé cuál es la forma de gobierno que nos rige hoy en día. Pero sé dos cosas. Es una forma de gobierno autoritaria. Y no es democrática. Y el hecho de que esta teoría haya tratado de implementarse tan fervientemente en la realidad, no quiere decir que se haya logrado, y por ende, mucho menos quiere decir que a esta realidad ha de llamársele democracia.