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06:57h. Martes, 21 de Mayo de 2019

El dictador y su memoria

“…¿cómo desean ser recordados cuando haya pasado su momento en el poder?”


El Boom latinoamericano abonó con parte de su refulgente producción a un subgénero conocido como la novela del dictador, cuyos precursores se hallan en Tirano Banderas de Valle Inclán y El Señor Presidente de Asturias. Una reedición de la historia donde la hibris del autócrata rebasa las fronteras de la realidad, hasta el punto que sólo puede ponderársele a través de la ficción. El dictador como personaje trágico trasgrede el orden cósmico con su desmesura y, como en toda gran tragedia, paga el precio por ello. La tradición de estos personajes tiene aún una impronta importante en los descendientes de ese miedo, de esas historias de resistencia y dignidad, patente en novelas escritas en este siglo como La maravillosa vida breve de Óscar Wao, del dominicano Junot Díaz; o la aún más reciente Mi padre y el dictador del mexicano César Tejeda, por sólo nombrar un par de grandes narraciones.

Tanto Díaz como Tejeda hurgan el pasado de monstruos como Rafael Leónidas Trujillo y Manuel Estrada Cabrera, nombres que quizás sentimos, ya bien entrado el siglo XXI, muy lejanos a nuestros tiempos, pero cuyas lecciones siguen vigentes cuando más de un presidente empieza a sentirse depositario del mandato divino y a alejarse de las normas del juego político.

En el ámbito latinoamericano las dictaduras más recientes han caído sin guerras civiles sangrientas, aunque no sin el sacrificio de miles de valientes que plantaron cara ante las injusticias, muy a pesar de la prisión, las torturas, el exilio o el asesinato de Estado. Y aún así, a pesar de los pesares, persisten regímenes como el cubano, el nicaragüense y el venezolano a expensas de la miseria de sus pueblos, ante la cual exponen una supuesta dignidad que, lamentablemente, no da para comer a la mayoría, pero les permite a sus cúpulas seguir acumulando fortunas en paraísos fiscales de todo el mundo.   

Para muchos esta etapa, cuyos excesos y contradicciones han sido tan fielmente plasmados en la literatura, parecía obra de un pasado que no debería repetirse. Y, sin embargo, la memoria falla cuando más se le necesita, mientras las ambiciones despóticas tientan sin recato al más templado. Todo esto lo digo como preludio a algunas preguntas que me rondaron por la cabeza esta semana cuando escuché los testimonios de quienes han vivido en carne propia los desmanes del régimen de Maduro. ¿Qué memoria quedará de ellos en unas décadas? ¿Encontrarán espacio en su propia novela donde se cuente sobre sus pláticas con pajaritos amarillos o se burlen al recordarlo corriendo por una base militar al frente de un gigantesco pelotón de infantería? ¿Cómo pagarán el daño causado a lo largo de dos décadas? La tragedia de Chávez fue atroz y su muerte anunciada, quizás aplazada o silenciada, y se antoja perfecta para cualquier escenario. Sangre en el diván, novela de Ibéyise Pacheco, sobre el también delirante psiquiatra de Hugo Chávez, es también un buen ejemplo, pues fue adaptada al teatro el año pasado.

Y sin ir tan lejos y tan alto, pienso que debemos tener siempre a flor de labios una pregunta para nuestras autoridades en todas las escalas, y que quizá nos pueda remontar a la antiquísima Confesión Negativa de los egipcios: ¿cómo desean ser recordados cuando haya pasado su momento en el poder?

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com