Buscar
14:28h. Sábado, 27 de Mayo de 2017

Fragmento de un manuscrito futuro

"Como poco cuidaban aquella que fluía en los ríos o les parecía escasa o difícil de transportar para sus usos, cavaron pozos para extraerla debajo de la tierra..."

 

 

 

Cuentan las crónicas antiguas, aquellas que pudieron salvarse de la gran destrucción eléctrica y del gran fuego, que antes de la hecatombe, la civilización había llegado a tal avance que el agua se transportaba desde largas distancias para fluir limpia de toda inmundicia dentro de las casas de la mayor parte del planeta. Los humanos de entonces sólo debían acercarse a una pequeña fuente y con el toque los dedos llamar al transparente líquido para saciar su sed o realizar rituales de purificación. Dicen los cronistas que tanta comodidad hizo que la pereza y la despreocupación anidaran en los corazones de los hombres; los llevó a pensar que el agua era un bien infinito y que podrían usar cuanta necesitaran sin agraviar a los dioses. Como poco cuidaban aquella que fluía en los ríos o les parecía escasa o difícil de transportar para sus usos, cavaron pozos para extraerla debajo de la tierra. Grandes extensiones cobraron vida con el líquido de las profundidades.

Las religiones de entonces envilecían al hombre otorgándole el control total sobre la naturaleza y estaban tan arraigadas sus creencias que cuando quisieron reaccionar era demasiado tarde.

Tecné, la hábil, llamaban a una de sus deidades, a la que rogaban soluciones que con el tiempo fueron inalcanzables. Ella se nutría del ingenio de los hombres y producía maravillosas máquinas y métodos que de haberse empleado a tiempo, hubieran revertido el deterioro del planeta. Sin embargo, estaba supeditada un dios más implacable que en su furia la paralizó y ató a un gran monte de concreto de donde manaban ríos de canfín. Okonos, el temido, recibía tributo de todos los reyes y países, y toda organización humana se hallaba supeditada bajo su signo.

Cuentan algunos de los manuscritos, que apenas hemos podido interpretar, que los dioses antiguos montaron en cólera al ver que se les robaba sin pausa el agua de su Mictlán. Subieron a la tierra y encontraron los lagos desecados, los pantanos habían sido dragados, los esteros exprimidos hasta el agotamiento, y los ríos que antes poblaban innumerables cardúmenes, estaban yermos, desiertos de vida. El agua de sus profundidades fluía por surcos que alimentaban gigantescos jardines de hortalizas. Hablaron con los hombres como siempre lo hacen los dioses, se adentraron en sus sueños para mostrar su descontento. Algunos respondieron en favor de restaurar el antiguo orden, invocaron a grandes voces a Tecné. Pero muy pronto los fanáticos de Okonos alegaron que sus ruegos lastimosos ponían en duda la magnificencia del gran dios y los persiguieron tachándolos de herejes y blasfemos.

Las fuentes aún no nos permiten aclarar en qué orden sucedieron los hechos, pero este corto texto servirá para aclarar lo que pienso que pasó. Los antiguos se manifestaron cortando todo acceso a las fuentes subterráneas, las tuberías que succionaban el agua fueron destruidas desde abajo. Aquello fue un misterio para los hombres al principio, pero las crónicas hablan de pérdidas de cosechas, de hambre, de migración y caos. Tecné y Okonos, en medio de los ruegos, no pudieron contener la destrucción que se avecinaba. Sabemos por las historias provenientes de los eones que Polemos surge imbatible cuando falta el sustento. La guerra fue la causante de las grandes destrucciones. Con certeza hemos podido datar la primera, la eléctrica, y poco después devino la del fuego. Estimamos que al hombre le tomó unas 1.500 traslaciones regresar al sedentarismo y a la agricultura, durante ese tiempo los grandes antiguos volvieron a conciliar el sueño. Considero que este tiempo corresponde a los vestigios fundamentales de Ur Utuk, aquella que aún consideramos la primera ciudad de nuestra historia.

 

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com