El rapto en el serrallo: Ópera con complejos

“…quienes conocemos y amamos El rapto en el serrallo sentimos que la ópera nunca fluyó, con números musicales interrumpidos por un penosísimo monólogo en español que ameritaba el empleo de subtítulos…”

El rapto en el serrallo: Ópera con complejos

El poder de la música de Mozart no tiene comparación: bien interpretada y cantada es capaz de superar incluso el soporífero montaje preparado para el primer Liber Festival, organizado por Forum Cultural Guanajuato y Arte & Cultura del Grupo Salinas, en el Teatro del Bicentenario.

El escaso público asistente lució confundido y salió con un sabor amargo en la boca, a pesar de que la suma de las partes auguraba un gran espectáculo, con la Camerata de Coahuila bajo la batuta de Antoni Ros Marbà, Tambuco, con percusiones de oriente adicionales para las escenas actuadas, y dos grandes solistas principales: Leticia de Altamirano y Edgar Villalva.

Por una parte, quienes conocemos y amamos El rapto en el serrallo sentimos que la ópera nunca fluyó, con números musicales interrumpidos por un penosísimo monólogo en español que ameritaba el empleo de subtítulos, mientras que algunos cuadros cantados fueron pegados con Resistol, como el dueto de Osmin y Belmonte, o el de Blonde y Osmin, por sólo mencionar algunos, para enredar más los contextos entre lo narrado y lo cantado.

Quienes asistían por primera vez a escuchar Mozart en su idioma original salieron confundidos, cuando no molestos, por las intervenciones tediosas de un Selim de acento europeo cuya aparición arrancaba suspiros en la concurrencia.

Esta penosa puesta en escena y dramaturgia, por fortuna, sólo puede achacarse a Sergio Vela, cuyos farragosos e innecesarios pretextos pueden leerse en el programa de mano. Noblesse oblige. Era tan perturbador aquello, que lamento no haber podido concentrarme como es debido durante la representación en extraordinarias voces como la de Altamirano, que despachó un formidable Martern aller Arten, o la joven de la Mora con voz ideal para su papel y un Durch Zärtlichkeit und Schmeicheln memorable, o un Edgar Villalva cuyo instrumento y elegancia evocaban al mismísimo Francisco Araiza. En mi cabeza daba vueltas una pregunta: ¿Qué absurda obsesión puede llevar a descuartizar de esa manera una de las grandes comedias del genio de Salzburgo?

La respuesta la encontré en el programa de mano. Dice Sergio Vela: “evitar que una posible actuación en prosa –ora en alemán, ora en lengua vernácula-, sin el sostén de la música, quedaran evidenciadas las eventuales deficiencias o meras limitaciones lingüísticas de tales o cuales intérpretes”.

Esta declaración, a la luz de la germanofilia inveterada de Vela, puede interpretarse de varias maneras, pero aventuro dos. La primera: los cantantes mexicanos sólo pueden cantar en alemán y no pueden actuar en esa lengua, por lo cual era preferible concentrar el diálogo en español en un actor extranjero cuyo acento, aupado sobre textos crípticos, sea aún menos entendible pero más cercano al alemán. Segunda: La lengua de Cervantes, por su inferioridad, no puede mezclarse sobre el escenario con la del divino Wagner, motivo por el cual, si se habla español, será aquel que sólo conciba el encargado de la “puesta en escena y dramaturgia”, y si el público no lo entiende, pues se incluye una auto-entrevista en el programa que sirve como disculpa y escaparate de su erudición. Qué le vamos a hacer: si no entienden, será por incultos...

Al margen de este malinchismo idiomático quedaron muchas posibilidades: ¿por qué incluir textos hablados si junto al escenario se disponía de un grupo de lujo, Tambuco, que podría haber servido para algo más que sólo música incidental? Si se  trata de ínfulas literarias, ¿por qué no traducir la ópera al español, como se hacía antiguamente? En Alemania todavía se presenta El barbero de Sevilla en alemán, y hasta en Youtube puede escucharse a Callas interpretar Tutte le torture...

Lo más grave: domingo en la tarde, y tras dos representaciones de la obra, el aforo del Teatro del Bicentenario no llegaba ni siquiera a la mitad. ¡No era el Orfeo de Gluck, se trataba de una de las mejores y más divertidas óperas de Mozart!

Cuando Arrigo Boito presentó a Giulio Gatti con el maestro Giuseppe Verdi, este último, conocedor de los problemas que atravesaba en aquel momento el Teatro Alla Scala de Milán, dejó escapar un reclamo que el joven director supo aprovechar como consejo: “El teatro está destinado para estar lleno, no vacío. Esto es algo que siempre debe recordar”. Y parece que la dirección de Forum Cultural Guanajuato aún no lo tiene claro, a pesar de las lecciones que recibió durante siete años de Alfonso Escalante Mendiola.

 

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

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