Algarabía en la fiesta de cumpleaños

Algarabía en la fiesta de cumpleaños

Pensemos por un instante en la algarabía de la fiesta de cumpleaños. Felicitaciones, regalos, sueños cumplidos, anhelos en cierne. El contento del festejado, y la alegría de su entorno familiar o amistoso. Es la celebración de la vida, el gozo de lo vivo en sus peripecias mundanas. “Lo que importa es vivir” parecer ser la consigna que resuena en el interior en cada uno de los con-celebrantes. Lo que importa es que la persona permanece en la vida. Victoria, triunfo conseguido a golpe de días transitados en lo cotidiano. Albricias…

Ahora pensemos, también por un instante, en lo que sobreviene a esa persona, sea menor sea mayor de edad. Hay algo que en ella llega a su fin, y algo que en ella al mismo tiempo comienza, se pone en marcha. Si bien es cierto que nunca puede uno bañarse dos veces en la misma agua, también lo es que nunca se trata de la misma persona en dos fiestas de cumpleaños consecutivas. Uno marca en ese día el momento en que algo cambió para siempre, como dejar la minoría de edad al cumplir los dieciocho años, o bien el comienzo de una conciencia del vivir que antes no estaba, y que ahora reconoce el bien y el mal, como suele pasar en los niños al cumplir sus siete años.

Pero también, con el cambio de edad, se actualiza la posibilidad de que una persona comience a vivir conforme a lo establecido en las pautas de la familia, en consonancia con algún tipo de riesgo o posibilidad, en coqueteo con la consumación de un cierto destino. Hay mujeres que al cruzar la frontera de los quince años dejan que se instaure en ellas la posibilidad de contraer nupcias o de hacerse madre. Hombres y mujeres los hay que cuando arriban a la edad por encima de los cincuenta, asienten a vivir con un padecimiento como solían hacerlo otros hombres u otras mujeres, ancestrales, en su familia más extensa e histórica. De igual manera se presenta la adopción de modos de vivir que no son consentidos, que parecen imperceptibles para la persona quien solamente los sufre como algo inevitable o molesto o imposible de cambiar. En este ámbito caben los divorcios y las separaciones, los cambios de residencia, la adopción de conductas o sentimientos, la conquista del éxito o el abatimiento a causa del fracaso, la pérdida del deseo de vivir, la sensación de quedarse como en espera de algo o de alguien, y un muy enorme abanico de otras opciones. ¿Cómo es que esto sucede?

En muchas de las ocasiones tiene lugar tal o cual suceso, simple y llanamente, porque llegó el momento de que ocurra dado que así lo vivió, a dicha edad, un hombre o mujer importante para la persona, de su familia. Por ejemplo quedarse solo o sola a esta o a aquella edad, perder a una persona muy apreciada de la que no volvió a saberse, involucrarse en hechos delictivos o ilegales o difíciles con la ley, dejarse atrapar por un sentimiento, emoción o sensación (como el miedo o la inseguridad). En todos los casos descritos, muchas de las veces ha habido detrás de la vivencia una persona, un hecho, incluso una frase, que han obrado para que, en lugar de mirar la infinitud de su presente, con uno de esos actos la persona eche su mirada atrás e intente igualarse con su ancestro. Menudo lío, pues no conseguirá cambiar nada y sí, en cambio, malogrará algo de su vivir.

Ocurre como si una alarma se activará y echará a sonar su intenso ruido indicando a quien la oye que es el tiempo de algo, que es el instante en que hay que quedarse sin compañía, el momento del extravío, incluso de la muerte. Esta fidelidad, esa correspondencia, hacen que las familias ganen una identidad, una manera de identificar a sus miembros con algo que se les ha vuelto característico, porque se casan a determinadas edades o con algún tipo específico de parejas, porque enferman de esta o de aquella cosa, porque pierden sus bienes, porque se accidentan o sufren las consecuencias de algún percance, en fin.

La edad, pues, representa una llave para acceder a las entrañas de nuestra familia extensa, si bien no de la manera más explícita, y llevarnos a vivir en consonancia con ella, con sus debacles y sus conquistas, en lo que viene a ser amor ciego. De ahí que en ocasiones resulte inexplicable el cambio de conducta, la repentina volteada de la fortuna, el acontecimiento de hechos impensables. Como una mano invisible que impulsa, así actúa la fuerza transgeneracional, que halla en las edades de los miembros de la familia la ocasión de hacerse presente, de igualar destinos, de asemejar lo diferente. La edad, sí, la edad, esa para la que quieren ser propicias las fiestas de cumpleaños.

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