¿Es inevitable lo inevitable?

¿Es inevitable lo inevitable?

Comienzo recordando un texto formidable: “El hombre en la vida ordinaria está a merced de toda clase de influencias. Si reconoce algunas de ellas, ignora todas las otras, o si no, las considera no como influencias que pueden cambiarse, sino como cosas inevitables”. ¿No parece interesante?

Allí están plasmadas dos cuestiones esenciales. La primera: el hecho de que estamos sujetos a toda clase de influencias. La segunda: que tenemos limitada la posibilidad de percibir la magnitud y la repercusión de tales influencias. Pero ¿cuándo comienza ese contacto con las influencias? Desde el instante mismo de la gestación, es decir, desde antes del alumbramiento, y no termina sino con la muerte o cuando aprendemos a no ser influenciables. ¿Y el desarrollo de la percepción?

Esa requiere otras maneras, que nuestra educación no nos provee con facilidad. En este sentido, a tropezones y por efecto de lo que ocurre, solemos darnos cuenta de que algo no está bien. Basta con detenerse un poquito y observar cómo está influyendo en nosotros el conjunto de circunstancias de alrededor: el teléfono, el clima, el ruido, el vestido de una persona, los olores. Muchas de esas circunstancias nos cambiarán el ánimo, nos forzarán a actuar. Y diremos que era necesario o conveniente o lo que sea. Véase por ejemplo el efecto dañino de un problema anterior que no hemos resuelto, con papá o con mamá, con nuestra pareja, con un compañero de trabajo. ¿Qué provoca? Inestabilidad emocional, falta de concentración, descuidos, la generación de incidentes, el pretexto para reñir, la atmósfera adecuada para el regaño o la reprensión, la desfachatez, la hiperactividad, el exceso de bromas, la pesadez y la agresividad, entre muchos otros posibles síntomas.

¿Y qué solemos hacer con ello? Asumir y hasta gritar a los cuatro vientos que así somos, que así hemos sido siempre, o bien plegarnos a la resignación y comentar que no podemos hacer algo distinto, que así son las cosas y qué se le va a hacer, incluso llegamos al extremo de indicar que Dios o la vida quieren que así nos vaya. Y ya tenemos el camino listo para mantener en buen resguardo una influencia que nos otorga identidad y pertenencia. Es como un traje a la medida. Identidad porque nos vuelve reconocibles en el mundo, como el bromista o el pendenciero o el sumiso, o lo que sea, y pertenencia porque nos permite conservarnos dentro del grupo al que decidimos integrarnos (por ejemplo con la pareja o en el trabajo) o al grupo en que fuimos dados a la vida (o sea a nuestra familia): cumplimos de este modo un rol, un papel.

No podemos dejar de lado nuestro guión sin sentir culpa, miedo a no saber qué se hace si se vive de una forma diferente. Así que le damos la bienvenida a la enfermedad, al conflicto permanente, al fracaso reiterado, a la culpa callada, a la soledad como destino, a la sumisión como manera de pagar, entre muchas otras posibilidades. Ahora volvamos a la cita inicial: el hombre considera estas influencias no como algo que pueda cambiarse, sino como cosas inevitables. ¿Pueden realmente evitarse, cambiarse esas influencias?

Hay un dicho árabe que reza: todos los hombres nacen exactamente iguales, y son sus padres quienes hacen de ellos musulmanes o cristianos o ateos. Si somos capaces de reconocer el origen, tal vez tengamos una oportunidad, así sea pequeñita, de vivir de manera diferente las influencias y de situarnos en otro lugar con respecto a ellas, de modo que el destino cambie. Y el origen es muy claro: papá y mamá. ¿Cómo los miramos, cómo nos sentimos con cada uno de ellos, podemos mirarlos a los ojos y sonreírles como sus hijos, tengamos la edad que tengamos y así hayan fallecido? Esto ayuda a desechar influencias, a mirarlas con otro ánimo, a confiar en la propia fuerza (que deriva del sistema familiar) para evitar ciertos destinos y para asentir gustosamente a otros. De lo que se trata, después de todo, es de conseguir la plenitud. 

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