La verdad os hará sudar

"Doce horas después, a pesar de emitir comunicados y de que el rector acepta todos los puntos urgentes, nadie firma el convenio. El paro continúa, la lucha sigue en pie..."

La verdad os hará sudar

La sesión era solemne. Todos guardaron un minuto de silencio en memoria de los estudiantes desaparecidos. Las miradas caían sobre las cuatro figuras presentes sobre el escenario del Teatro Principal de la ciudad. Allí estaban el Rector General de la Universidad, el Fiscal General del Estado, el Presidente Municipal de la ciudad de Guanajuato, y el Secretario de Gobernación y Coordinación del Eje de Seguridad y Paz Social, en representación del Gobernador. En las butacas del teatro se congregaba la parte más importante de la universidad, sus estudiantes, que llevaban cuatro días de paro ininterrumpido. En las redes sociales la gente expresaba su admiración, apoyo y orgullo, hacia las abejas de la Universidad de Guanajuato.

No era para menos el silencio que lanceaba a las cuatro autoridades. Sus omisiones los habían llevado a ese momento incómodo, único en la historia de la comunidad universitaria y, por primera vez, vista en tiempo real a través de diversas aplicaciones electrónicas. Se les exigía seguridad, justicia, compromiso, paz social, interés en la vida de los universitarios. Mientras la voz de un estudiante enumeraba los puntos del pliego petitorio, tres de los cuatro personajes leían con ojos nerviosos el documento. Sólo el Fiscal General desafiaba el auditorio que, en pleno, también leía en silencio.

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Tres meses antes, rodeado de la clase política y las autoridades universitarias, el Doctor Luis Felipe Guerrero Agripino tomó protesta como Rector General de la Universidad de Guanajuato, por segunda ocasión. En su discurso enfatizaba que se quitaría las togas doctorales para ponerse el overol universitario. Ese discurso triunfalista no prefiguraba el paro general del 4 de diciembre próximo. “Soy consciente de mi realidad. Soy consciente de mi contexto actual”, decía con voz firme el rector. Continuidad, progreso, una apuesta por su gran proyecto universitario, eran los ejes de su nueva gestión unipersonal. La sesión también era solemne. Sin embargo, no el silencio, sino un mar de sonrisas lo arropaba por sus cuatro costados. Brillaban los rostros. Aplaudían los acarreados de siempre. Dentro de los espacios universitarios todo era fiesta. Afuera, entre los callejones de Guanajuato, los estudiantes, inmersos en su rutina, no estaban de acuerdo.

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El 4 de febrero del 2016, una estudiante fue asaltada y violada a las afueras del campus Irapuato – Salamanca, en la comunidad de El Copalillo, por un hombre que huyó y no ha sido atrapado. El 6 de julio del 2018, un profesor denunció haber sido violentado y despojado de su vehículo por un grupo de agresores en la comunidad de Paso Blanco, en Salamanca, donde se ubica la División de Ingenierías de la Universidad de Guanajuato. Dijo: “el acto parecía una cacería del que apareciera primero […] ya ni venir a nuestro lugar de trabajo es seguro”. El 28 de junio del 2019, un grupo de estudiantes de la misma división de ingenierías denunció haber sido despojado de su vehículo cuando circulaba por el camino de acceso al recinto universitario. Tres hombres los amenazaron con un arma. Acudieron a los medios a exigir la intervención de las autoridades estatales y universitarias. Buscaban garantías a su seguridad y la devolución de su vehículo. El 17 de marzo del 2019, aproximadamente a las 17:30 horas, un estudiante fue herido con un arma punzocortante en el tórax. Cursaba el octavo semestre de la Licenciatura en Derecho. En el parte de la Dirección de Seguridad Ciudadana de Guanajuato, no apareció registro alguno del incidente. El 30 de noviembre  del 2019, una estudiante fue encontrada sin vida, en su departamento de Noria Alta, en Guanajuato. Era egresada de la carrera de Biología Experimental. Tenía un día de desaparecida. Los medios informaron que había sido suicidio, cuando en realidad fue asesinada por estrangulamiento. De igual forma que en los casos anteriores, tanto las autoridades estatales como académicas, callaron ante los hechos.

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El Rector camina a lo largo de la calle donde se sitúa el edificio central de la Universidad de Guanajuato. Acaba de salir de un encuentro desafortunado con los estudiantes. Estos llevan dos días de paro de actividades. En su rostro se distinguen la incredulidad y la cólera. Vestido de saco azul y camisa morada, se detiene a leer los carteles pegados sobre los muros de la Universidad. Nombres de acosadores, casos de misoginia, humillación, violencia de género. Los estudiantes, con el puño en alto, flanquean en silencio su camino. Sólo se oyen los pasos y los obturadores que capturan el momento para la historia.

El séquito de Guerrero Agripino va detrás suyo. Sus miembros también voltean de un lado a otro. En sus ojos hay temor. ¿Quién podía predecir ese momento? ¿Quién, en aquella tarde de septiembre, cuando el ahora rector tomó posesión por segunda vez, vaticinó el muro de denuncias que se erige frente a las escaleras de la universidad? Ese silencio era distinto al que las autoridades guardaron durante mucho tiempo. Ese silencio hería la carne y el orgullo de un rector que dejó de ser consciente de su realidad y su contexto. Ese silencio sometía la gloria y el honor del viejo relicario. Ese silencio señalaba el oprobio que cientos de estudiantes denunciaban con el puño en alto.

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En las calles de Guanajuato los estudiantes adaptan una canción popular italiana. Adiós bella, es su traducción al español. De un himno antifascista, pasa a describir el sentir de la comunidad. Es otro himno de resistencia. Es otra forma de combatir la realidad violenta de Guanajuato. Los estudiantes se ponen creativos, gritan consignas, juegos de palabras que expresan sus denuncias. Realizan perfomances en las calles, talleres de dibujo, de primeros auxilios, de manejo del estrés por medio del yoga. Juegan al fútbol, reflexionan el carácter filosófico de su lucha. Los estudiantes se exaltan, discuten, descubren su identidad a través de un ejercicio democrático y poético. Vuelven sobre sus preocupaciones una y otra vez con palabras distintas. La repetición les engendra un conocimiento distinto al aprendido en las aulas. Cantos y slogans suavizan la tensión de las calles.

De orígenes diversos, en Guanajuato los estudiantes se reconocen unos en otros. Algunos provienen de una formación en ciencias exactas, otros en ciencias experimentales, otros más en ciencias humanísticas. Se hermanan, sin embargo, y olvidan sus diferencias. A su llamado, la sociedad guanajuatense se vuelca en ayudarlos. Acuden a las puertas de la universidad con agua potable, pan, arroz, fruta, medicinas, mantas y apoyos en metálico. Algunos profesores también acuden y alzan el puño en solidaridad. ¿Quién podría negarse a prestarles auxilio? ¿Quién los abandonaría a favor de frivolidades, omisión u olvido?

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En sedes distintas al edificio central, la realidad es otra. En Irapuato los estudiantes de la preparatoria tardan en tomar las instalaciones. Se nota el desacuerdo en las redes sociales. La cita cambia del viernes a las doce al mismo viernes a las seis de la mañana. El inicio es desolador, aunque a las diez de la mañana ya hay un contingente considerable. Alumnos, exalumnos, y estudiantes de otros planteles se suman al paro. Algunos profesores se acercan al lugar. Prestan su ayuda o conversan con los manifestantes. Al mediodía se lee el pliego petitorio. Hay alegría en el ambiente. Evocan una primavera crítica y una falsa salida. A las cuatro se reúnen con el presidente municipal, la directora del plantel, el secretario de seguridad ciudadana, y periodistas diversos, en el auditorio de la preparatoria. No hay politización. Quejas, peticiones de seguridad, expresión del hartazgo y del miedo es una manera de vivir que ya no desean. Afables, gentiles, patriarcales y paternalistas, las autoridades son convincentes y se acuerda levantar el paro. A la salida del auditorio, el presidente municipal, triunfante, sonríe para la foto de rigor. La directora, en cambio, permanece en el escenario, increpada por un egresado. La ilusión se extingue cuando una estudiante grita que les han tomado el pelo, que en realidad las autoridades no se comprometieron a nada y los manifestantes se dividen. Unos se van a sus casas, otros, los menos, se quedan. En redes sociales sucede lo mismo. Estudiantes y profesores atacan el movimiento para retractarse de último minuto. No vaya a ser que rueden sus cabezas. A la mañana siguiente, sólo una alumna mantiene la lucha, su desobediencia civil.

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El martes 3 de diciembre crece la presión social. El asesinato de Ana Daniela detona el enojo de los estudiantes. Se convoca a iniciar un paro el miércoles 4 de diciembre. Ante el enojo de la comunidad, el Rector pide cerrar los espacios universitarios y manda un mensaje frío por boca de la Doctora Arminda Balbuena, directora de igualdad y corresponsabilidad social. Ambos quieren abrir el diálogo. Comienzan con un error. Dicen que Ana Daniela ya no era estudiante, sino egresada. Con ese mensaje dan la espalda a una comunidad que buscaba en ellos la garantía del orden, la protesta democrática. El “Soy consciente de mi realidad” se desvanece. Ese conocimiento del contexto actual no dimensiona de forma precisa los hechos. ¿Qué garantía puede darles, piensan los estudiantes, una rectoría que no los oye? ¿Qué solidaridad, qué compromiso verdadero pueden tener unas autoridades que sólo leen discursos prefabricados?

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Al llamado de la colmena, acuden tres de las cuatro autoridades convocadas. Asisten el Rector de la Universidad, el Gobernador del Estado, el Presidente Municipal de Guanajuato. Se ausenta, pretextando otros motivos, el Fiscal General del Estado. De forma sorprendente, el Gobernador ejerce de mandadero y es quien externa las disculpas del Fiscal. Dentro del auditorio, bajo un silencio acusador, no se llega a un acuerdo. Una voz dice una consigna elocuente: Sin los cuatro no hay trato. Así que se invita a los asistentes a abandonar el recinto. Los estudiantes muestran mayor civilidad que las autoridades. Los tres personajes convocados se miran mutuamente sin saber qué hacer. Perplejos, acostumbrados a ser oídos de forma servil, se desdibujan sobre el escenario del Teatro Principal. Sin gobernados no hay gobernantes. Sin ciudadanos dóciles no hay autoridad. La crítica ejerce su demanda democrática de compromiso irrenunciable. El paro sigue en pie.

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Todo es antecedente de una realidad que tarde o temprano nos alcanza. Desde su trinchera, el Fiscal acepta reunirse, previo esclarecimiento del asesinato de Ana Daniela. Sin decirlo, comprueba que la maquinaria judicial trabaja bien cuando se tiene voluntad. El pueblo está expectante. Algunos medios juegan a informar, pero revictimizan a Daniela a través de sus encabezados. Pareciera que a todos nos hace falta una sacudida, una reeducación política. ¿Qué otras palabras se pueden aplicar a este instante? Se posterga la crítica por el servilismo. Al descubrirse el engaño y la trapacería, los instrumentos críticos y la esperanza, mellada por mecanismos opacos, se revelan. Se había soslayado la escucha del sentir universitario. El resultado, nada previsible para las autoridades, es una bomba crítica que estallaría en temporada navideña, que les llegaría a todos como aguinaldo incómodo.

El sábado 7 de diciembre se intenta por segunda ocasión el diálogo. Asisten cuatro autoridades. Se guarda un minuto de silencio por los ausentes. Se lee el pliego petitorio. Se exige protección y creación de protocolos de seguridad, la destitución inmediata del Doctor César Kala, denunciado por acoso, y de Lourdes Gazol, encargada de la ventanilla de atención a la violencia de género, y de otros profesores que cuentan con carpeta de investigación. Se exige una disculpa pública por las omisiones en el ejercicio de su mandato. La voz de una estudiante les recrimina su soberbia. Les exige no olvidar el caso de Ana Daniela. Se les otorga un plazo de doce horas para emitir un posicionamiento y firmar el convenio.

Al término de las exigencias, la comunidad estudiantil sale en silencio del Teatro Principal, y los cuatro personajes sobre el escenario conversan. En sus rostros se dibuja el nerviosismo y el pasmo, la incredulidad ante los hechos. Doce horas después, a pesar de emitir comunicados y de que el rector acepta todos los puntos urgentes, nadie firma el convenio. El paro continúa, la lucha sigue en pie.

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