Luis Miguel Rionda
09:28
17/03/20

Ausencias que pesan

El futuro nos alcanzó: habitamos en una endeble arca de Noé que se debate en las aguas agitadas del cambio climático y la extinción masiva…”
Ausencias que pesan


El 9 de marzo vivimos un día histórico en México. Millones de mujeres de todas edades y condiciones se ausentaron voluntariamente de los espacios públicos y de las actividades de la cotidianidad económica. Bueno, no todas. Muchas no pudieron unirse al movimiento por temores reales de sufrir consecuencias en su ingreso y manutención. Los organismos y empresas que se solidarizaron fueron los más visibles al ojo público, pero muchos de ellos —tal vez la mayoría— fueron insensibles a este necesario momento de reflexión comunitaria acerca de la enorme importancia que tiene el componente femenino —mayoritario— de nuestra sociedad, y su victimización creciente.

El móvil de la propuesta del colectivo “Las Brujas del Mar” fue la violencia. Los feminicidios siguen al alza en nuestro país y en Guanajuato. La diferencia con la ola de homicidios que nos carcome es que en este caso hay un ingrediente de odio de género y una situación de poder del perpetrador hacia la víctima.Es cierto que más del 82% de los asesinatos es de hombres, víctimas mayoritariamente de otros hombres —nunca terminamos de desprendernos de nuestro componente animal y salvaje—, pero en el caso de muchas mujeresultimadas se añade la crueldad, el abuso y la total indefensión. Eso es inaceptable en una sociedad que se presume civilizada.

El machismo es una subcultura predominante dentro de una sociedad patriarcal como la nuestra, aunque la gran mayoría de los países la experimenta. Nuestra situación como nación subordinada y rezagada acentúa su predominio, evidente incluso en muchos de los rasgos de la “mexicanidad”: todos recordamos el drama del charro cantor con el corazón destrozado por la “ingrata y perjura” que lo abandonó. El tequila es la medicina, que pronto degenerará en los golpes o incluso los balazos: “Quince años tenía Martina/Cuando su amor me entregó/A los 16 cumplidos/Una traición me jugó/…/Hincadita de rodillas/Nomás seis tiros le dio…”(¡La letra es de una mujer!: Irma Consuelo Serrano Castro).

Yo fui educado en un entorno machista, sólo paliado por una madre tempranamente feminista que descubrió la píldora anticonceptiva en los años sesenta —cuando estaba prohibida en México— gracias al médico español republicano Virgilio Fernández del Real. Luego se atrevió a declarar su independencia a los 36 años, echándose encima a todas sus amigas de su edad. Toda mi generación —nacida a fines delos cincuenta y principios de los sesenta— fue educada en los valores jerárquicos y autoritarios del patriarcado, donde las mujeres eran recluidas a las esferas privadas y los hombres a la proveeduría de la familia. Creo que al final esto era tan injusto para las unas como para los otros, pues se basaba en un centenario esquema de roles y de división del trabajo que se trasmitió por la inercia de la tradición conservadora.

Hoy vivimos en sociedades cada vez más abiertas, con exigencias mayores para todos. Mujeres y hombres estamos en el mismo barco, y debemos acelerar los motores del cambio cultural para responder mejor a las nuevas demandas del postcapitalismo. Al final debemos reconocer que todas y todos somos víctimas de nuestro éxito como especie dominante, y que, si hoy buscamos la igualdad de géneros, pronto habrá que reconocer que el resto de los seres vivos son sujetos con derechos. El futuro nos alcanzó: habitamos en una endeble arca de Noé que se debate en las aguas agitadas del cambio climático y la extinción masiva.

P.D. Permítanme una nota de despedida: ¡Viva la protesta, pero muera la violencia! Cualquier violencia.

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