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19:07h. Martes, 27 de Junio de 2017

"Son trabajadores producto de la globalización de las fuerzas productivas, que han generado enormes desequilibrios regionales, que se evidencian en las escandalosas pobreza y riqueza que se aprecia entre las naciones."

 

 

 

 

 

 

 

El día internacional del migrante, el 18 de diciembre, fue instituido por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas el 28 de febrero de 2001, en reconocimiento a la importancia mundial habían cobrado los flujos migratorios entre las naciones e incluso los continentes. Desde once años antes, el 4 de diciembre de 1990, la ONU había adoptado la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares.

Según datos de la misma organización, se calcula que en la actualidad unos 232 millones de personas han emigrado de su país por razones económicas –es decir que no se trata de turistas o visitantes por placer-. Son trabajadores producto de la globalización de las fuerzas productivas, que han generado enormes desequilibrios regionales, que se evidencian en las escandalosas pobreza y riqueza que se aprecia entre las naciones. Los mercados de trabajo imponen una dinámica de oferta y demanda –la famosa “mano invisible” de Smith- que impone a enormes poblaciones de desempleados la necesidad de trasladarse, con frecuencia de manera ilegal o indocumentada, hacia los espacios donde existen plazas de trabajo. Un terrible determinismo económico impone la marcha de estos “ejércitos industriales de reserva” –como los denominó Marx- hacia destinos donde ayudan no sólo a mantener la prosperidad capitalista, sino también presionar a la baja los precios de la fuerza laboral, en particular la menos capacitada y más manual –los trabajadores de “cuello azul”.

México ha participado desde hace más de cien años en este fenómeno demográfico, que explica en buena medida por qué más de 53 millones de los actuales habitantes de los Estados Unidos tienen herencia hispánica. Aunque seguramente son más, pues la mayoría de los 12 millones de indocumentados son de este origen, pero no son reportados por los censos. Esta hispanización del país norteño le hizo dar un grito de alarma al politólogo Samuel Huntington en su libro ¿Quiénes somos?, donde denunciaba la retracción de la cultura WASP –White, Anglo, Saxon, Protestant- ante la expansión de la población inmigrante latina.

La defensa de los derechos humanos y laborales de los migrantes no siempre ha sido prioritaria para los gobiernos, incluso podríamos afirmar que la tradición marca que se desentienden del problema, con algún momento excepcional, como sucedió con el Programa Bracero que se estableció entre México y los Estados Unidos en 1942, como apoyo al esfuerzo de guerra. Pero fue cancelado en 1964, y se dejó el asunto de la migración indocumentada al garete de las “fuerzas del mercado”. Eso siempre resultó conveniente para la economía en expansión del país norteño, y también para el gobierno mexicano, que nunca quiso reconocer el fracaso de la reforma agraria y el empobrecimiento salvaje del campo mexicano. No hacer nada resultó ser la mejor política.

Pero eso cambió en los años noventa. Los Estados Unidos vieron con creciente temor la “amenaza” de los migrantes, y al rato convirtieron el tema en asunto de seguridad nacional, sobre todo después del ataque terrorista del 2001. En México el tema se tornó político. Durante la campaña presidencial de 1988, los partidos de oposición voltearon a ver a los paisanos que vivían en aquél país, y se dieron cuenta de su potencial. Esto obligó a la administración federal a cambiar su política, y ahora sí involucrarse en la defensa de los derechos de los migrantes, pero igual desde una visión política, no social.

Hoy día los paisanos, y en general todos los emigrantes del mundo, deben enfrentar sus problemas con sus propios medios, con relativo éxito. Pero siguen siendo el chivo expiatorio de los gobiernos y las sociedades racistas. La declaración de la ONU buscó inyectar un sentido humanista al tratamiento de la migración, que no es tanto un problema sino una solución para países que podrían ser complementarios si buscaran alternativas solidarias. Pero parece ser que las naciones se abren en lo económico, pero se cierran en lo social y humano. Una desgracia que podría resolverse dejando de lado el egoísmo.

Entre los nubarrones sólo encuentro una buena noticia: la iniciativa del presidente Obama de conceder permisos temporales a millones de migrantes sin documentos. No es una amnistía –qué lástima-, pero sí una acción que ayudará a devolverle el rostro humano a la política migratoria de ese país. Nada mal considerando el escenario.