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05:23h. Sábado, 21 de Octubre de 2017

"Pocos individuos como él pueden dejar una huella tan profunda en las sociedades regionales de nuestro país, marcando con su paso a varias generaciones"

El doctor Santiago Hernández Ornelas dejó esta vida terrenal casi al mismo tiempo que fenecía el año 2014, con 86 años de edad. Pocos individuos como él pueden dejar una huella tan profunda en las sociedades regionales de nuestro país, marcando con su paso a varias generaciones. Fue un hombre fuera de serie en muchos sentidos. Como médico endocrinólogo –con doctorado de la Universidad de Tulane- acumuló más de 62 años de vida profesional, a lo largo de los cuales se destacó en el campo clínico, pero también en el científico y académico, pues colaboró tempranamente con la Escuela de Medicina de la Universidad de Guanajuato, donde fundó el Departamento de Medicina Nuclear y Radioisótopos en 1964 -recuerda el cronista Diego León Rábago.

Su vida profesional estuvo íntimamente relacionada con la formación de nuevas camadas de médicos, a quienes infundió la curiosidad del científico y la búsqueda permanente de la verdad objetiva. Esto le valió obtener para la institución el premio Hoechst de la Academia Nacional de Medicina en 1971, por su trabajo de investigación. Vocación científica que no le hizo renunciar a una religiosidad que le mantuvo en otra búsqueda, más espiritual y de trascendencia sobre lo mundano.

Fue rector de la Universidad de Guanajuato desde el 2 de octubre de 1985 hasta junio de 1990. Fue entonces que tuve la oportunidad de tratarlo, gracias a que yo era responsable del área de planeación del sistema educativo estatal. Don Santiago emprendió una modernización a fondo de la institución y sus planes de estudio, y buscó superar el evidente divorcio que existía, en cuanto a contenidos, con el resto de la oferta educativa pública, en particular en el nivel medio superior. Se enfrentó a muchas resistencias internas y externas, pero en mi opinión logró la mayor parte de sus objetivos. Yo era un observador externo, y puedo testimoniar que desde la Secretaría de Educación estatal –dirigida por Pepe Trueba- se reconoció su gran visión como educador y administrador de la oferta pública en el nivel superior. Era además célebre por su refinado sentido del humor, con frecuencia sarcástico, que no dejaba títere con cabeza.

Sobre su salida de la rectoría se hicieron muchas especulaciones. Una que me pareció muy probable fue que había sido víctima del autoritarismo gubernamental de entonces. Recuerdo que la universidad, en conjunto con la UNAM –en concreto con don Pablo González Casanova-, organizó en abril de 1990 un foro que se denominó Guanajuato: sociedad, economía, política y cultura, al que se convocó a especialistas locales en esos temas. Yo fui uno de ellos, en el rubro educativo. Pero otro fue Vicente Fox, en sus tiempos de diputado federal opositor, quien expuso la ponencia “El cambio y los partidos políticos en Guanajuato”, con la que criticó fuertemente al sistema hegemónico imperante en esa época. Ya habíamos recibido una señal inquietante de la molestia gubernamental, cuando cambiaron el lugar del evento, que se había planeado para el Salón del Consejo Universitario, y nos mandaron al apretado sótano del Hotel San Diego. Se rumoró que la presentación había desatado la furia del gobernador, y ante la imposibilidad de cancelar el foro, se le desterró.

Un par de semanas después se le pidió la renuncia al rector Hernández Ornelas –la universidad no era autónoma- y se le sustituyó con un político. Se dice que el doctor derramó lágrimas al entregar el cargo. Su amor por la universidad siempre fue evidente, al punto de descuidar un ojo por atender a la rectoría.

Afortunadamente continuó con su productiva vida profesional y académica, y todavía le esperaba otro reto a este constructor de instituciones: presidir el Instituto Electoral del Estado de Guanajuato. Él había sido electo como consejero ciudadano de ese instituto en 2002, contribuyendo mucho a los trabajos gracias a su sentido común y gran humanismo. Pero a partir de enero de 2008 y hasta diciembre de 2010 lo presidió. De nuevo tuve la oportunidad de tratarle, ahora por temas electorales, y me sorprendió su vitalidad y permanente buen humor, que convertía en un placer las sesiones de trabajo que presidía.

Don Santiago declaró en una entrevista a José Trinidad Méndez (a.m. 04/08/2013) que “si algo me faltó, fue ser político”. No puedo estar de acuerdo: él fue un espléndido político, y aportó mucho a la esfera pública. Pero entiendo su prejuicio sobre ser un político en México, pues declaró: “Los políticos tienen más de 80 años tratando de acabarse el país y no se lo acaban.” ¿Cómo refutar esto?