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05:21h. Sábado, 21 de Octubre de 2017

"Pocos como él tenían esa rara habilidad de traducir al lenguaje cinematográfico o teatral los textos literarios o periodísticos, sin que se pierda en el camino la esencia de su mensaje"

Lo conocí en 1980, en su casa al sur de la ciudad de México. Tuve la fortuna de ser compañero de generación de su hija Estela, pues ambos cursábamos la licenciatura en Antropología Social de la Universidad Autónoma Metropolitana, en Iztapalapa. Yo tenía 20 años de edad, y él un año más que mi padre, quien me había hablado de la novela Los Albañiles. Yo la leí poco tiempo después de conocer al escritor, el papá de mi amiga.

Vicente Leñero era un cuarentón, pero ya tenía una fama nacional bien establecida en ese entonces. A pesar de ello era una persona sencilla y afable. Nos saludó a los compañeros de su hija –creo que fuimos a su casa a hacer una tarea o un trabajo- con una amplia sonrisa, y se retiró para dejarnos trabajar. Por supuesto que quedé impresionado por el personaje, y curioseé la casa y los numerosos libreros; era una casa de clase media, pero con un impecable gusto por el arte y la sobriedad. Nunca volví a tratarlo personalmente, pero conservo en mi memoria su imagen cálida y su pausado tono de voz.

Por esa época me aficioné mucho a la novelística de la Revolución Mexicana, y a los protagonistas del Boom mexicano y latinoamericano. Leñero podía ubicarse en esta última generación, con Fuentes, Ibargüengoitia y José Agustín, pero tenía algo que yo no encontraba en los demás: un interesante tono urbano y contemporáneo, muy cercano al habla real de los barrios y los rincones escondidos de la sociedad mexicana. Muy diferente a la ruralidad de Rulfo o la sofisticación cosmopolita de Fuentes y Paz. Su formación periodística le hacía valorar con fuerza lo cotidiano, lo coyuntural, que se asoman con frecuencia en obras como Los periodistas –que ilustra el golpe al Excélsior progresista de los años setenta-, o El asesinato –donde aborda el homicidio entonces famoso de los Flores Muñoz-. Ese gusto por lo inmediato podría haberle restado persistencia a su obra, pero no ha sido así, pues los casos concretos –más realidad que ficción- son abordados con un enfoque que explora la psicología y el ethos de cada personaje, lo que le infunde trascendencia sobre el tiempo.

Me aficioné a la lectura de sus crónicas y sus comentarios en la revista Proceso, de la que fue fundador y subdirector con don Julio Scherer, su par en las aventuras del periodismo, que en los setenta y ochenta ya era un oficio de alto riesgo. La clase política combatía al periodismo independiente, y desdeñaba a los creadores críticos. Bueno, en esto no se ha cambiado mucho en estos años recientes…

Su labor en la dramaturgia y en el cine nacionales es otro ámbito a reconocerle. Innovó y acercó a esas artes a las realidades de la gente llana, real, que habita en colonias de grandes urbes –El callejón de los milagros, Pelearán diez rounds- o en los pueblos dispersos –El crimen del padre amaro-. O la secularización de mitos religiosos –Jesucristo Gómez-,  políticos –La ley de Herodes- o históricos –El juicio de Morelos, La noche de Hernán Cortés, El atentado-. Pocos como él tenían esa rara habilidad de traducir al lenguaje cinematográfico o teatral los textos literarios o periodísticos, sin que se pierda en el camino la esencia de su mensaje. Me parece que sólo Carballido y Rulfo compartían esa destreza.

Mi excompañera Estela Leñero Franco, su hija mayor, es hoy un valor dentro del teatro mexicano. También cultiva el periodismo teatral y cultural. Eventualmente leo sus colaboraciones en periódicos y revistas nacionales, y me doy cuenta de que la antropología le ha servido como recurso analítico, propiciando la búsqueda de la otredad y su interpretación desde el arte. A ella y a su familia les envío un abrazo afectuoso, y les deseo pronta resignación. Don Vicente les ha dejado el reto de seguir generando valores solidarios a través del arte de la palabra y la escena. Mi cariño para todos…