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10:37h. Jueves, 17 de Agosto de 2017

"La gesta de El Pípila fue una aventura colectiva, y en ello reside la importancia del personaje como símbolo gremial del potencial revolucionario del pueblo minero"

 

 

 

 

El pasado 25 de junio el Congreso del Estado de Guanajuato aprobó un punto de acuerdo mediante el cual se declara al 28 de septiembre como el “Día de la toma de la Alhóndiga de Granaditas y hazaña patriótica de El Pípila”. El jueves 11 de julio, la Asociación de Cronistas del Estado de Guanajuato, que preside el maestro Aurelio Conejo, cronista de Tarimoro, en el marco de su reunión estatal en el Museo de Historia de Guanajuato en la ciudad de León, acordó constituir una comisión que se aboque al estudio de esa iniciativa, para que esa asociación pueda tomar una posición. El secretario de la asociación maestro Josué Bedia, cronista de Romita, me pidió, como hijo que soy del maestro Isauro Rionda Arreguín (qepd), aportar mi opinión para contribuir a la opinión colectiva.

Primero quiero afirmar que el punto de acuerdo aporta muy poco al fortalecimiento de la conciencia social sobre la trascendencia del hecho colectivo, y parece dar un peso excesivo a una figura siempre polémica como la de El Pípila. Mi padre siempre fue un defensor enfático de la existencia física de este personaje, al que en más de una ocasión se ha querido borrar de los libros de texto. Afirmaba que existía la documentación suficiente, así como testimoniales, que permitían sostener su historicidad y protagonismo en la gesta inicial de la guerra de independencia. Pero también reconocía que la hazaña de El Pípila no puede imputarse a un solo individuo, sino a una cuadrilla de mineros. Pero mejor dejo hablar a mi padre, y cito su libro “El Pípila: Héroe popular de la insurgencia”:

Un humilde minero de Guanajuato que desde tiempo atrás servía de correo a los conjurados, llevando y trayendo correspondencia secreta a San Miguel el Grande, Celaya, Querétaro, Guanajuato y otros lugares, al cual sus compañeros y conocidos apodaban Pípila, fue escogido o de su propia voluntad decidió quemar la puerta principal de la Alhóndiga, que está en la cuesta del río de Cata, y muy posiblemente acompañado de otros compañeros, a los cuales él capitaneaba, que por su trabajo en las minas sabían usar los explosivos, pólvora, brea, aceite, ocote, leña, reatas, yescas, eslabones y pedernales para hacer lumbre, reatas y algunas losas de la banqueta de la tienda que desde entonces se llamaba "La Galarza", situada en la esquina de la calle de Positos y callejón de los Mandamientos y haciendo mecapales con los mecates, montaron ayudándose unos a otros, las losas sobre sus espaldas, sujetándolas a la altura de las testas, cubriendo con ellos desde la cabeza hasta la parte baja del tronco. Ya armados y dotados de todo lo que creyeron  necesario, que fue tomado de la tienda nombrada La Galarza, en medio del ruidoso tumulto general, protegidos por los honderos que se habían situado en la cúspide del cerro del Cuarto, lanzando piedras hacia las azoteas de la Alhóndiga, obligando a los defensores realistas que entraban en ellas a abandonarlas o por lo menos no asomarse por arriba del pretil, iniciaron el Pípila y sus compañeros a caminar arrimados a las paredes de las fincas y del castillo, hasta llegar a la puerta principal del edificio. Los leales súbditos del gobierno español que se habían refugiado en Granaditas, notaron y vieron la maniobra y entraron en sospecha de lo que intentaban los enlosados y a pesar del enjambre de piedras y proyectiles de armas de fuego que caían en la azotea del Castillo, subieron a ella y dispararon los fusiles y pistolas que traían y arrojaron hacia la calle un buen número de granadas inventadas por Gilberto Riaño, hijo del intendente, hechas con los francos metálicos donde últimamente se transportaba y manejaba el azogue. Algunas de estas bombas les cayeron sobre las losas a los que las cargaban, pero como éstas iban inclinadas, rodaron y estallaron retiradas de sus cuerpos, no haciéndoles daños de consideración.

Con el Pípila al frente y dirigiendo la maniobra, ya en la puerta la untaron a ésta aceite y brea, le arrimaron leña, le colocaron algunos cartuchos de pólvora y le pegaron fuego. Voló y ardió y pronto se consumió, lo que permitió la entrada en desordenado tropel  a los insurgentes a la fortaleza improvisada, y efectuar una terrible y despiadada matanza por ambas partes, de culpable e inocentes, de malos y buenos, de justos e injustos, de todas la edades y sexos, de españoles y nacionales, apoderándose arbitrariamente de los muchos valores, de toda índole, que había depositados en custodia en las trojes.

La gesta de El Pípila fue una aventura colectiva, y en ello reside la importancia del personaje como símbolo gremial del potencial revolucionario del pueblo minero. Pero la historia de bronce, la oficialista, tiende a otorgar el crédito a los individuos “extraordinarios”, que lideran masas informes e inconscientes, además de peligrosas. Thomas Carlyle, el decimonónico y romántico historiador de los poderosos, decía:

[...] la Historia Universal, la historia de lo que los hombres han realizado en este mundo es, en lo esencial, la Historia de los Grandes Hombres que han actuado en él. Estos grandes son los Conductores de hombres; los modeladores, los ejemplares y, en lato sentido, los creadores de todo cuanto el común de las gentes se han propuesto hacer o lograr […] el alma de toda la historia del mundo, podemos decirlo con toda razón, ha sido la historia de estos hombres. (Carlyle, 1985: 31).

Pero esta convicción ha sido superada con creces en más de un siglo de historia social, que reconoce y rescata la contribución esencial de los colectivos. Por eso me parece inoportuno el acuerdo del Congreso de Guanajuato: momifica al movimiento revolucionario del 28 de septiembre. Hubiera sido mejor convocar a la comunidad historiográfica antes de lanzar una idea que tiene más tintes políticos que de reivindicación.