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06:57h. Martes, 21 de Mayo de 2019

"La debilidad de nuestro estado de derecho ya está costando inaceptables cantidades de fallecidos y heridos de gravedad, al quedar claro que la autoridad no se ejerce y no se respeta..."


La desgracia humana que azotó a la comunidad de Tlahuelilpan, Hidalgo, este viernes 18 pasado, puso en evidencia la enorme vulnerabilidad de nuestro país en materia de prevención y atención de desastres. La debilidad de nuestro estado de derecho ya está costando inaceptables cantidades de fallecidos y heridos de gravedad, al quedar claro que la autoridad no se ejerce y no se respeta. Me impresionó mucho ver las grabaciones de teléfonos portátiles, donde se ve y se oye a soldados y policías advirtiendo a la población de los evidentes riesgos a su seguridad e integridad personal. Las respuestas fueron sorprendentes: los pobladores –niños, ancianos, jóvenes– mandaron al carajo a los uniformados, y se prestaron a una danza alegre y macabra que precedió a su desgracia.

La crisis del huachicoleo y la escasez de combustible está mostrando lo mejor y lo peor de nuestro ser ciudadano: lo mejor han sido las filas ordenadas y pacientes de los automovilistas, la solidaridad y buen juicio de los despachadores, y la imaginación oportuna que han desplegado algunas autoridades locales, que buscan y pelean por el abasto a sus estados y municipios. Pero la peor cara la han mostrado los delincuentes oportunistas que roban justificándose en la escasez; los mafiosos que vampirizan los ductos de la nación –¿recuerdan “el petróleo es nuestro” cardenista?–; los cómplices de cuello blanco y azul dentro de PEMEX que traicionan a esa patria que tantos beneficios les ha procurado; las autoridades que han cedido ante el crimen organizado a cambio de una tajada del pastel… En fin, esos bribones que han gestado y perpetuado el mayor desfalco reciente al patrimonio nacional, y que nos han convertido en uno de los países más corruptos del mundo, sin importar que actúen fuera o dentro del estado.

Me dio mucha rabia escuchar los gritos desgarradores de las víctimas de la explosión. Rabia por intuir que ésta fue consecuencia de la inconciencia colectiva y de la codicia de muchos. Los que picaron repetidamente el ducto no buscaban quedarse con el combustible: buscaron crear histeria colectiva alrededor de un producto que se ha vuelto inopinadamente valioso por su precio y su escasez. Es claro que a los mexicanos nos falta mucho que aprender en materia de riesgos y prevenciones. Seguimos creyendo que la desgracia sólo cae sobre la cabeza del vecino, no sobre la nuestra. Retamos a la muerte con singular alegría, pues la vemos ajena y lejana. Y ahí tienen de ejemplo el uso irresponsable que seguimos haciendo de la pólvora para fuegos artificiales, o de las armas que disparamos al aire para celebrar nuestras fiestas, o el desprecio a los recursos de protección en la industria, en la construcción, en el trabajo y el hogar. Somos de naturaleza imprudente.

Experimentamos una grave crisis de valores, que es producto de carencias crecientes en nuestro sistema educativo formal e informal, incapaz no sólo de educar, sino incluso de instruir en materia de buenos hábitos. Ni siquiera en el hogar estamos siendo suficientemente atingentes para formar a nuestros hijos con valores como la honestidad, la responsabilidad, la solidaridad y la bondad. Hemos entregado su constitución moral y ética a los medios de comunicación, que promueven el egoísmo, la ambición material, los prejuicios, el clasismo, el racismo y el sexismo. Hasta el más pobre tiene en su casa su televisión digital, incluso obsequiada por el gobierno, donde abreva sorbos de sinrazón. La vieja honestidad de los abuelos, de los campesinos y los trabajadores mexicanos parece olvidada o despreciada. Una garrafa de gasolina vale más que cualquier reputación de honradez.

No quiero perder mi fe en mis paisanos; creo firmemente en la capacidad de redención de toda persona humana, por más errores que haya cometido. Pero las tragedias como la de ese viernes negro hacen dudar hasta al más ingenuo, como a mí. Ojalá aprendamos la lección, y que superemos no sólo el dolor del momento, sino también los engendros que hemos criado en nuestra conciencia colectiva. Si hay algo que comparto con la cuarta transformación, es en el acento que le ha dado a la necesidad de una nueva moralidad nacional. Una moralidad no religiosa, sino cívica, que nos ayude a recuperar lo mucho que hemos perdido en el campo de la convivencia civilizada. Hagamos la parte que nos toca.