Recuerdos del 11 de septiembre

Recuerdos del 11 de septiembre

Dos aniversarios muy dolorosos se cumplieron el 11 de septiembre pasado: los 12 años del ataque terrorista a los Estados Unidos y 40 del golpe de estado en Chile. Dos aniversarios cruentos, sangrientos, injustos e indignantes, ejemplo de la estulticia y el salvajismo a los que somos capaces los seres humanos que, envolviéndonos en motivaciones políticas y religiosas, somos capaces de las peores barbaries.

Ambos sucesos me marcaron personalmente. No porque haya sido directamente afectado, sino por las secuelas a que dieron lugar en nuestro país. El primer suceso, el golpe de estado contra el presidente Salvador Allende, fue una noticia que causó conmoción en mi familia, donde la figura del carismático presidente chileno era venerada por su enorme significado latinoamericanista. La “vía pacífica hacia el socialismo” era un experimento social que fue observado con detenimiento por los países “no alineados” y del “tercer mundo”, términos entonces muy en boga, pues evidenciaban las tensiones que provocó la guerra fría y la rivalidad entre las dos superpotencias. América Latina era un espacio donde se libraban cruentas aunque sordas batallas entre ambos campos: el imperialismo americano versus el expansionismo soviético o socialista. Vivíamos bajo la sombra de la Revolución Cubana y sus intentos fracasados de exportar su revolución –como sucedió con el Ché en Bolivia, asesinado en 1967-, las dictaduras militares en centro y sud América, la represión estudiantil en México en 1968, la guerrilla y la radicalización de izquierdas y derechas.

Salvador Allende fue un médico nacido en 1908. Su presencia bondadosa y su pacifismo me hacían recordar a mi propio abuelo materno, nacido un año antes y también médico. Tal vez por eso fui su fan desde que logró la presidencia en 1970, en su cuarto intento y en una competida elección donde ganó con un apretado 36.6%. Acceso al poder más democrático no podía haber. Yo apenas tenía diez años de edad, pero por influencia de mi padre ya tenía una clara noción de lo que realmente debía ser una democracia, y México sin duda no lo era. El populista presidente Echeverría invitó a Allende a visitar México, y éste en su gira dio un discurso memorable en la Universidad de Guadalajara en diciembre de 1972 (puede ser visto en youtu.be/xmZnI2C_d7Q). Muchos jóvenes quedamos marcados por su claridad de ideas y su quijotismo. Por eso, cuando se desató la furia animal de los golpistas contra su persona y su gobierno no pudimos comprender de dónde surgía tanto odio contra el idealismo. También perdimos a artistas como Víctor Jara y Pablo Neruda, a los que aprendí a amar por los discos y los libros de mi padre. La casa familiar entró en luto.

Varios de mis maestros de licenciatura en la Universidad Autónoma Metropolitana, fundada en 1974, fueron chilenos a quienes México les abrió sus puertas, tal como lo había hecho a fines de los treinta con los trasterrados españoles. De primera voz escuché narraciones espeluznantes sobre el destino de muchos de sus copartidarios, como las ejecuciones en el Estadio Nacional de Santiago. Mi visión social se terminó de forjar con el inevitable militantismo marxista de la época, lamentablemente contaminado con un resentimiento anti gringo del que debí zafarme más adelante. Eso sí, el odio a Pinochet no me abandonó nunca.

El otro aniversario: el ataque artero contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono. Éste símbolo del poder bélico me resultaba odioso, pero no así las gentes honestas que trabajaban en el Word Trade Center, incluidos algunos mexicanos, cuyo único pecado fue estar en el peor momento en el peor lugar. Ninguna causa política, así sea la lucha de los pueblos contra el abuso y la dominación, justifica el asesinato terrorista indiscriminado. Por puro azar, yo participaba en un congreso académico en Washington los días previos al 11. Apenas un día antes, el 10 a las 20:00 horas, tomé el avión a México, y apenas llegaba a casa cuando se supo la noticia increíble: un avión se había estrellado contra una de las torres. Todos creímos que era un accidente… hasta el segundo golpe a la otra torre. Fue el adiós al siglo XX y el fin de la ingenuidad. El choque de civilizaciones que anunció Samuel Huntington parecía venírsenos encima.

Las escenas pavorosas que fueron dándose a conocer poco a poco en los medios masivos –el internet era todavía un privilegio- sacudieron nuestras conciencias, y nos hicieron ver que las ideologías no deben ser el alimento para los odios entre razas, países o individuos. Mi aprendizaje fue que rencor contra los gringos no puede justificar la barbarie. “Ellos se lo ganaron”, dijeron muchos, incluso en mi familia. No, no puede afirmarse tamaño desatino. Los gobiernos no son los pueblos, ni los políticos la gente común. La humanidad es superior a las vilezas de los pocos, sobre todo cuando esos pocos son extremistas del odio y profesionales del rencor. En esto no puedo transigir, ni siquiera por la memoria de Allende.

luis@rionda.net – www.luis.rionda.net - rionda.blogspot.com – Twitter: @riondal

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