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14:19h. Sábado, 27 de Mayo de 2017

"Reconozco que hasta hace unos días yo también había creído la versión que nos venden los medios en Occidente sobre la guerra de Siria. Afortunadamente, un “colega” de twitter me sacó del error"

 

 

 

 

Reconozco que hasta hace unos días yo también había creído la versión que nos venden los medios en Occidente sobre la guerra de Siria. Afortunadamente, un “colega” de twitter me sacó del error.

Versión oficial: Érase una vez un país llamado Siria. Ahí vivía, rodeado de lujos, un terrible dictador llamado Bashar Al-Assad. Este dictador oprimía a su pueblo sin cesar y la gente, en un acto de audacia cívica comenzó a hacer pacíficas y humildes manifestaciones. Pero el malvado dictador los reprimió con gran violencia, incluso los roció con terribles armas químicas… (¿déjà vu?). Un país con cincuenta estados y otras potencias occidentales, siempre celosos del bienestar de los demás pueblos, decidieron intervenir y llevar allá la democracia y la libertad.

Versión no oficial: Érase una vez un país en Medio Oriente que vivía en paz. No era una democracia sino una dictadura, o mejor, una dicta-blanda: el país no tenía deuda externa y el dictador, de inclinación laica, había logrado crear un país en el que los musulmanes y cristianos podían convivir pacíficamente (Occidente cree que solo la democracia puede asegurar las libertades de un pueblo).

Pero ese país tenía un problema: un oleoducto pasaba por él uniendo al Golfo Pérsico con el Mediterráneo. El oleoducto pasa por Iraq (qué coincidencia) y por Siria. Además, apropiarse de ese corredor serviría para contener a una potencia que llegó tarde a la repartición y se quedó sin mar. En esa potencia nació Dostoievski.

Dos países lejanos, el de los 50 estados y otro pertrechado en una pequeña isla donde toman mucho té, se dijeron: —sería bueno apropiarnos de ese corredor. Y añadieron —Vamos por partes, primero conquistemos Iraq. De Siria nos ocupamos más tarde.

Arreglado lo de Iraq, pensaron en Siria. Uno dijo: —Ya sé, vamos a financiar a grupos terroristas y guerrillas para que desestabilicen el país. Les damos dinero y armas. No importa que sean fundamentalistas. Es más, mejor. Cuando empiece el país a desestabilizarse, echamos a andar la maquinaria de propaganda y le hacemos creer al mundo que el pueblo se está levantando y que el dictador los está oprimiendo. Entonces, uno de los de la reunión —de seguro el más tonto— dijo: —¿Y si le hacemos como en Iraq y decimos que están usando armas químicas?

Curiosamente, aprobaron la propuesta.

Situación actual: Pero el dictador de Siria tiene un amigo poderoso. Al parecer, los cincuenta estados y la isla con niebla infravaloraron el hecho. Ahora vamos a ver si se empeñan en llevar al mundo a una guerra… Ojalá reculen.

Nota: La información para la “Versión no oficial” la tomé en buena parte de una charla dada por la religiosa argentina María Guadalupe Rodrigo. Puede verse en YouTube: Testimonio sobre la Guerra en Alepo (Siria) de la Hna. María Guadalupe Rodrigo.