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05:36h. Viernes, 20 de Octubre de 2017

La persona centrífuga

Si eres una persona insegura; si te sudan las manos cuando debes hablar con alguien o simplemente cuando estás en una reunión con gente desconocida; si crees que, sin importar cuánto te empeñes, siempre te va a ir mal y a los demás, bien; en definitiva, si tienes baja autoestima y te sientes inferior, este artículo tiene buenas noticias para ti.

Las personas pueden ser de dos tipos: centrífugas y centrípetas. Las primeras son personas seguras de sí mismas y las segundas, inseguras.

En física una fuerza centrífuga es aquella que parte del centro y se dirige al exterior. Por ejemplo, cuando se centrifuga la ropa en la lavadora, el agua se va a la periferia gracias a esta fuerza. Sucede lo mismo cuando un coche da la vuelta: la fuerza centrífuga lanza a los ocupantes hacia el exterior. Fuerza centrífuga. Del centro, al exterior.

La fuerza centrípeta, en cambio, hace que las cosas que se encuentran en la periferia, sean atraídas hacia el centro, son succionadas. Eso sucede, por ejemplo, con los remolinos de agua o con los tornados.

Una persona centrífuga es aquella cuyos juicios y actos parten del centro de ella misma y se comunican a los demás. Por ejemplo, si está en una reunión donde todos dicen que los Toyota son coches muy buenos, pero ella tiene razones para decir lo contrario, no teme desentonar y decirlo.

Obviamente, no se trata de esos temperamentos que sistemáticamente se oponen a lo que dicen los demás (los famosos “contreras”). La persona centrifuga siempre es fiel a sí misma y a lo que su inteligencia le muestra. Aunque le pese. Nunca diría “a mí los Toyota me parecen malos, pero como todos dicen que son buenos, deben ser buenos”. 

Tampoco se trata de ser obstinados e inflexibles de juicio. Una persona centrífuga, precisamente porque confía en sus juicios, no teme preguntar o escuchar otras opiniones. Expondrá sus razones por las que cree que los Toyota son malos, pero también escuchará lo que piensan los demás y, si es el caso, cambiará de opinión con naturalidad; pero lo hará ella misma, no inducida por el temor al rechazo o por no sentirse capaz. La persona centrífuga en ningún momento confía más en el juicio de los demás que en el suyo propio, sobre todo si se trata de temas comunes. 

Así como la persona centrífuga no permite que otros piensen por ella, mucho menos deja que otros tomen las decisiones que a ella le corresponden. Alguna vez dirá “hacemos lo que tú digas”, pero no porque desconfíe de sí misma, sino para evitar conflictos o simplemente para complacer a otra persona. Pero nunca diría: “mi papá dice que debo estudiar Arquitectura y, aunque a mí no me gusta, voy a estudiar eso”.

La persona centrífuga está más preocupada de lo que ella puede hacer por los demás que del trato que los demás le dispensan. Da, da y da sin esperar nada a cambio. Dicho de otra forma, habitualmente vive en modo centrífugo y no en modo centrípeto, llevando puntual control de las atenciones u ofensas que recibe. Es como un manantial que da agua sin importar si hay caminantes esperando para tomarla.

La persona centrípeta, en cambio, duda constantemente de sus juicios. Vive a la caza de máximas y principios formulados por otras personas porque ellos “sí saben”. A veces, son los consejos de grandes autoridades o de personas a las que tiene en gran consideración; otras veces, son los juicios de personas comunes y corrientes, pero que tienen una cualidad: no son ellos. La persona centrípeta, cuando se ve confrontada, inmediatamente duda y titubea. Nunca se atrevería a decir: “no te preocupes, yo sé lo que hago”.

A la persona centrípeta la atormentan lo que los demás digan de ella. Como el concepto que tiene de sí misma se lo forma a partir de lo que otros piensan o dicen de ella, los comentarios sobre su persona desatan en ella toda una tormenta. La persona centrífuga en cambio piensa «Se ve que esa persona no me conoce. Yo sé bien quién soy» y sigue adelante sin perder la calma.

La persona centrípeta duda hasta de sus sentimientos. Con frecuencia dice: “es que no debería sentirme triste” o “no debería sentir esto por esa persona”, etc.

La persona centrípeta tiene grabada allá en lo más recóndito de su ser esta convicción: «estoy mal hecha». Esa es la raíz de su inseguridad y cambiar esa convicción por «estoy bien hecha, soy una persona normal, ni inferior ni superior» es el único camino para convertirse en una persona segura de sí misma.

¿Cómo dejar de ser una persona centrípeta y volverse una persona centrífuga? En gerundio, esto es, haciéndolo.

Si tienes el hábito de confiar más en los juicios de los demás que en los tuyos, comienza a confiar más en tus propios puntos de vista. Ejercítate en el arte del honesto disenso. No copies. No repitas comportamientos. Elabora tus propias opiniones y exponlas con amabilidad, pero también con firmeza. Es mejor que te equivoques por ti mismo a que hagas las cosas bien, pero sin que la energía de tus actos provenga de ti mismo.

Evita pensar demasiado en lo que otros van a decir o dejar de decir sobre ti. Ocupa tu tiempo mental más bien en ver qué puedes hacer por los demás, pero no como si estuvieras ayudando a personas inferiores, a pobres incompetentes, sino a meros compañeros de camino. No desprecies ni idealices a nadie porque no eres más ni menos que nadie. Eres uno más. Mereces el mismo respeto que todos los demás. Ni más, ni menos. Respétate para que los demás comiencen a respetarte.

En síntesis, la persona centrífuga navega por el mar de la vida con motor propio. No es un velero a merced de los vientos, a merced de los juicios de los demás.

La persona centrífuga, en definitiva, no le niega al mundo el don de su individualidad. Eres único o única y nadie está esperando que te parezcas a otro.