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12:36h. Miércoles, 22 de Noviembre de 2017

Ser mexicano, qué fortuna

Todos sabemos que México tiene problemas. Y grandes. Y muchos. Las noticias todos los días nos hablan de asesinatos, actos de corrupción, mentiras políticas y problemas en la economía. 

Sin embargo, podemos dar un paso atrás, como hacemos en un museo cuando nos topamos con un cuadro más grande. Ese paso atrás, esa perspectiva, es la historia. La historia puede mostrarnos la grandeza de México, a pesar de las dificultades y retos que afrontamos en el presente. 

Los países son como mares en los que desembocan varios ríos. Nacen de la mezcla de diversos flujos de agua, de los flujos de diversas culturas. En México desembocan ni más ni menos que cinco ríos. 

El Pueblo Judío 

Todo comenzó con el nacimiento de Abraham en Ur de los caldeos. Esto sucedió —pásmense— en el siglo XIX a.C. Con Abraham nació el Pueblo Judío y a este pueblo le debemos el código moral que de una u otra forma ha sido el corazón de Occidente. Me refiero a los Diez Mandamientos. 

Si estos fueron un regalo directo de Yahvé, la decantación de una moral colectiva o la síntesis de un sabio y eficaz publicista de la antigüedad, no lo discutimos aquí. El hecho es que ahí han estado y ahí están. A la tradición judía le debemos ese respeto y reverencia a la vida humana, que ha estado al centro, al menos teóricamente, de la cultura occidental. Entre otras cosas. 

Grecia 

Siglos más tarde, en el siglo XI a.C., más hacia el Occidente, comenzó a florecer la que posiblemente es la cultura más aguda y profunda de la historia humana: Grecia. En la Península de los Balcanes y en la parte occidental de la actual Turquía, surgió un pueblo desperdigado por numerosas islas y valles. Eso dio origen a las famosas polis. Algunos sostienen que esta geografía, que impedía las rápidas comunicaciones y movimientos de tropas, favoreció la libertad de pensamiento en las personas, pues difícilmente alguien podía erigirse como tirano de toda la región. En cierta forma, la geografía condenó a los griegos a vivir de forma confederada. 

La nitidez de los paisajes y la luminosidad de la atmósfera empujaron al espíritu griego a esforzarse por distinguir con claridad el cosmos y a tratar de entenderlo en su misterioso y contradictorio devenir. Prácticamente, no hubo área del saber humano que los griegos no investigaran.

Roma 

Más tarde y todavía más hacia el Occidente, en el siglo VIII a.C., surgió otro pueblo, a decir verdad, mucho más burdo y romo en su interacción con el mundo: Roma. Era un pueblo de campesinos y soldados y, por lo mismo, tenía los pies bien puestos sobre la tierra. Sus vecinos griegos, superiores intelectualmente y un poco afeminados, sucumbirían más tarde ante la implacable maquinaria de guerra construida por Roma.

Con su indomable espíritu práctico, los romanos crearon una extraordinaria red de caminos, construyeron acueductos, puentes y edificios públicos, poniendo de manifiesto sus extraordinarios conocimientos de ingeniería. En su esplendor, el Imperio Romano dominaba desde Lisboa hasta la actual Basora, en Iraq. 

Su legado intelectual iba a ser también eminentemente práctico: el Derecho Romano. 

Europa-España 

Estos tres ríos —Israel, Grecia y Roma— formaron un lago llamado «Europa». Durante quince siglos sus aguas se mezclaron dando origen a la cultura occidental. Occidente, aun no siendo perfecta, realizó grandísimos adelantos impulsado por su alma cristiana y grecorromana. 

En realidad, esa región del planeta ha sido durante casi quince siglos la locomotora cultural del mundo. Los países del lejano oriente, como Japón y China, se han occidentalizado más de lo que nosotros nos hemos “orientalizado”. Y aquí sería interesante hacerse una pregunta: ¿por qué la Cultura Occidental ha prevalecido sobre las demás?, ¿cuál es su secreto? 

Los Aztecas 

España, que era parte de Europa, se desbordó y unió su cauce, de manera muy violenta, con otro magnífico río que para ese entonces se encontraba en pleno apogeo: el Imperio Azteca. 

Los Aztecas se parecían un poco a los romanos. Eran unos nómadas venidos del norte, con un gran sentido práctico. Para ese entonces se les conocía como Chichimecas. Se cree que salieron de lo que ahora es Arizona y Nuevo México o incluso de más al norte, del actual estado de Utah. Atravesaron la zona desértica del norte del país y llegaron al altiplano central, mucho más benévolo en su clima y, sobre todo, mucho más fértil. 

Viajaron hacia el Oriente y en Hidalgo se mezclaron con un pueblo culto: los Toltecas. Los Chichimecas tenían un espíritu indomable, avezado a las dificultades propias de la vida nómada. Eran rudos, pero poseían dos cualidades muy importantes: eran receptivos, esto es, aprendían de los pueblos que encontraban en su camino y, sobre todo, eran maestros en el arte de forjar alianzas. 

Así, un día, decidieron trasladarse un poco más hacia el sur, hacia el Valle de México. Como era de esperar, el Valle de México ya estaba poblado, pero los pueblos de la rivera les permitieron vivir en una isla al centro del lago. 

¿Qué peligro podía haber en permitir a unos advenedizos que vivieran en una isla...? 

Así, en 1325, fundaron la que dos siglos más tarde sería una de las cuatro ciudades más grandes del mundo: Tenochtitlan. 

Este pueblo, que para ese momento se llamaba ya el pueblo Mexica, siguió creciendo y desarrollándose, forjando como era de esperar importantes alianzas. No habían pasado ni dos siglos cuando esos “advenedizos”, desde su isla, gobernaban ya un imperio que se extendía de mar a mar con una compleja organización social, militar y política, y con eficaces progresos tecnológicos, que les permitieron gobernar las aguas del lago y elevar considerablemente la productividad agrícola en el mismo. 

Desarrollaron las famosas chinampas para producir lo más posible en el mismo Valle de México, pues, al no contar con animales de tiro, la única forma de transportar grandes cantidades de mercancía era por medio de barcas. Con una biotecnología respetuosa del ambiente, o mejor, en diálogo con este, incrementaron la producción agrícola de forma sustentable, algo que nosotros, dicho sea de paso, no siempre conseguimos. 

Es increíble que una cultura tan refinada, tan tenaz y tan llena de valores sea tan poco estudiada, e incluso despreciada, por nosotros sus herederos directos. Es verdad que los mexicas practicaban sacrificios humanos; pero lo hacían siempre en un contexto religioso, afirmando paradójicamente con ello el valor del ser humano (ofrecemos a los dioses lo más valioso que tenemos). No contaban con el concepto de sacralidad de la vida humana, concepto que Occidente ya poseía heredado del judaísmo (el famoso quinto mandamiento «no matarás»). 

De estos cinco ríos —el Pueblo Judío, Grecia, Roma, Europa-España) y los Aztecas—, nació México, nacimos nosotros. Es necesario zambullirse nuevamente en esos ríos, valorar esas culturas y sentirnos plenamente orgullosos, sin complejos, de todo lo positivo que hay en ellas. 

Este mes patrio es un momento muy oportuno para zambullirse en esos cinco ríos, para fortalecer nuestra identidad y, sobre todo, para sentirnos orgullosos de quiénes somos y de cómo venimos a parar a aquí. 

Si lográramos una síntesis entre la claridad moral de la cultura judía, la profundidad intelectual de Grecia, el sentido práctico de Roma y la tenacidad Azteca, sin duda, México se convertirá en una nación todavía más fuerte. 

Esta espléndida herencia cultural, ¿no es motivo más que suficiente para decir “qué afortunado soy, soy mexicano”?