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18:34h. Lunes, 11 de Diciembre de 2017

Usar anglicismos, why not?

En esta última década se ha dado una explosión, o quizás más bien, una invasión de vocablos del inglés al español. Esto sucede en todas las lenguas, pero de forma particular en el español de México, dada nuestra cercanía geográfica. Cada vez nos cuesta más trabajo mantener fuera del corral del español a los vocablos ingleses que no dejan de saltar la cerca y de buscar hacerse con un lugar entre nuestro ganado lexicológico. 

Algunas palabras se instalan en nuestra lengua con completa arrogancia, sin pedir siquiera permiso. Palabras como «internet» o «email» se convirtieron en parte de nuestro vocabulario sin darnos cuenta prácticamente. 

Los amantes de la lengua —entre quienes me cuento— cada vez tenemos más dificultad para encontrar soluciones que no parezcan artificiosas o que no sean difíciles de aplicar. ¿Cómo convencer a todo México de que diga «enlace» y no «link»? En fin, el hecho es que la gente común —a quien en última instancia pertenece la lengua— sigue usando vocablos en inglés. 

Quizás sea hora de hacer una reflexión más profunda sobre el tema. 

La lengua, una realidad dinámica

Para empezar, conviene recordar que la lengua no es una realidad estática. Ninguna lengua. En la lengua constantemente se dan corrimientos semánticos. Por ejemplo, cuando yo era niño, la palabra «antro» significaba un lugar de mala fama al que ninguna persona de buenas costumbres debía acudir. Era algo así como un prostíbulo. Hoy en día la palabra tiene un significado distinto sin ninguna connotación negativa: lugar para tomar y bailar. 

La misma Real Academia no tiene esa concepción de la lengua. Su lema lo resume perfectamente: «limpia, fija y da esplendor». Limpia la lengua de impurezas, fija usos y la embellece. Hay algunos que ven a la lengua como una especie de vaca sagrada a la que nadie puede tocar. Eso, claramente, es un error. Así no funciona la lengua.
En segundo lugar, el español tiene muchos vocablos provenientes de otras lenguas, sobre todo del latín, pero también del griego, del árabe y de otras lenguas modernas. Por tanto, está en la naturaleza del español, y de cualquier otra lengua, «importar» palabras para uso doméstico. 

La naturaleza de la cultura 

Aquí puede ser útil una reflexión sobre la convivencia entre culturas. De la forma en que concibamos la cultura dependerá la forma en que veamos la lengua. 

Cuando dos culturas se encuentran pueden suceder tres cosas: aislarse, asimilar o enriquecerse recíprocamente. 

El aislamiento cultural conduce a la creación de guetos y al empobrecimiento. Es lo que se llama «multiculturalismo» y es lo que está causando tantos problemas actualmente en Europa. Véase, por ejemplo, el caso de Cataluña. En aras de un malentendido respeto a la diversidad, las culturas se convierten simplemente en realidades yuxtapuestas. Es como si dos personas se dijeran «vamos a convivir pacíficamente, así que ni te hablo ni me hables». 

El «asimilacionismo», esto es, asimilar a otra cultura, es lo que muchos proponen en Estados Unidos. En síntesis dice esto: «Si quieres vivir en Estados Unidos, hazte americano. Aprende nuestra lengua y adopta nuestras costumbres. Si no te gusta, regrésate a tu país». Se trata, en el fondo, de otra forma de aislamiento o, si se quiere mejor, de ensimismamiento. Entraña la pérdida de oportunidades para enriquecerse y enriquecer.

La tercera opción es abrirse a la otra cultura. Las culturas, al final, solo son una expresión en una escala más grande de cómo son los individuos. Las personas nos enriquecemos cuando escuchamos sin prevenciones y, también, cuando nos hacemos escuchar, en definitiva, cuando convivimos. Lo mismo sucede con las culturas.
Eso ya está pasando entre Estados Unidos y México, si bien es claro que la «balanza cultural» se inclina claramente hacia nuestro vecino del norte. Aun así, hemos exportado ya costumbres culinarias, por ejemplo, el guacamole es ya un ingrediente típico para ver el Super Bowl, perdón, el Gran tazón y el consumo de tequila se ha duplicado en los últimos diez años. El diálogo y el intercambio enriquecen, la cerrazón empobrece. 

Situación en otros países 

Volviendo al tema de la pureza del lenguaje, conviene anotar que en otros países la sensibilidad hacia el uso de palabras extranjeras no es tan aguda. En Italia, por ejemplo, se utiliza con toda naturalidad weekend o impass y hasta es un signo de cultura. Ciertamente, cuando los extranjerismos se usan en un texto escrito, siempre se escriben en cursiva. Pero no hay una corriente de «mejor en italiano» y nadie se escandaliza porque se usen palabras extranjeras.

En otros países, ni siquiera existen academias de la lengua. Existen, más bien, diccionarios de referencia: el Dizionario Zanichelli, en Italia; el Merriam-Webster en Estados Unidos y en Inglaterra y los países de la Commonwealth, el Oxford Dictionary. 

Inglés y español: primos segundos

Algunos dicen que no es correcto importar palabras del inglés al español porque son dos lenguas muy distintas. Sí y no. Ciertamente, el español es más cercano al francés, al italiano o al portugués y, por lo mismo, las palabras importadas de esas lenguas nos son más familiares. El inglés no es hermano del español como las demás lenguas romances, pero sí es una especie de «primo segundo», porque tanto una como otra provienen del indoeuropeo. Por eso las palabras que hacen referencia a los conceptos más básicos de la existencia se parecen tanto: Padre = Father o Madre = Mother. Así que tampoco estamos incorporando vocablos totalmente exógenos. 

Dos ventajas del inglés 

Hay otras dos razones por las que el inglés se está imponiendo sobre el español y no solo sobre el español sino sobre otras lenguas. En primer lugar, porque es una de las lenguas con mayor producción intelectual. Es la lengua que elabora más conocimientos, la que tipifica más aspectos de la realidad. Pensemos, por ejemplo, en la palabra bullying. Sin duda, en México, también existía el fenómeno desde hacía muchos años, pero fueron estudiosos de habla inglesa quienes lo tipificaron: si importamos conocimientos, no nos queda otra que importarlos con todo y su envoltura. 

La segunda razón, y quizás la más importante, es por su economía. No me refiero a la economía en cuanto a dinero, sino a la economía de sílabas. Las palabras en inglés generalmente tienen menos sílabas que sus equivalentes en español. En realidad, el inglés es una lengua que se está «orientalizando». Desde un punto de vista formal, cada vez se parece más al chino o al japonés. ¿Por qué? Porque tiene muchos monosílabos. El español, que en el fondo es una lengua barroca llena de asegunes, pierde casi siempre la batalla en este campoi. Si yo te digo: «“mejor en español”, no digas bullying, sino “acoso escolar”», te estoy pidiendo que, en lugar de dos sílabas, ¡uses seis! Simplemente no es realista.

El principio de economía es uno de los grandes retos a los que nos enfrentamos todos los días los traductores. Por esta misma razón, la palabra weekend no ha podido arraigarse en español, porque tenemos la apócope “fin [de semana]” que tiene una sola sílaba. Es más fácil decir «¿qué vas a hacer el fin?» que decir «¿qué vas a hacer el weekend?» (bueno, alguna vez teníamos que ganar…). 

Pero, si tú quieres que toda la gente diga «egrama» en lugar de email o «geolocalizador» en vez de yipies (gps), te estás abocando a una empresa prácticamente imposible, porque el hablante común siempre utilizara las formas más cómodas. El reto —colosal— es encontrar equivalentes igual de económicos en español. Dicho de otra forma, no basta con decirlo en español, hay que decirlo también con el mismo o semejante número de sílabas. 

Conclusiones 

Después de todo lo dicho hasta ahora, podríamos sacar tres conclusiones: 

1. Debemos relajarnos en lo que ve al uso de anglicismos, sobre todo, en el lenguaje hablado cotidiano. No podemos ni debemos aislarnos culturalmente. La lengua no es una religión, es un instrumento para comunicarse con precisión y, en la medida de lo posible, con belleza. Aquella frase de «¡pero me entendistes!» encierra un legítimo reclamo. Una excesiva preocupación por la pureza del lenguaje puede acusar un larvado nacionalismo. 

2. Cuando se usen anglicismos o palabras de otras lenguas en la comunicación escrita, hay que escribirlas siempre en cursiva. Si es una palabra que se repite constantemente a lo largo del texto —por ejemplo, coaching—, bastaría con ponerla en cursiva la primera vez y después escribirla ya con letra redonda.

3. Distinguir entre comunicación informal y comunicación culta. En un texto culto, conviene ser más cuidadosos, esperando a que las nuevas palabras o expresiones adquieran plena ciudadanía en el español. Por ejemplo, estoy seguro de que la expresión «al final del día», calco de «at the end of the day» algún día llegará a convivir, o incluso suplantar, a la española «a final de cuentas». Yo la toleraría en una conversación informal, no así en un tuit de una persona culta, en un periódico o en un noticiero.
La lengua, a final de cuentas, es un mero instrumento y como tal posee un valor relativo. La corrección lingüística no debe convertirse en un dolor de cabeza. También tiene sus límites. 

P.S: Cabría preguntarse también si la Real Academia, en el fondo, no es más que un vestigio del Imperio Español, esto es, un intento por preservar, a través de la lengua, la propia influencia sobre una determinada región geográfica. Algo así como «no se junten con la chusma». Para reflexionar.