Injusticias urbanas

‘El muro de Real Providencia, que finalmente fue demolido por la autoridad, es el equivalente a los macetones que hoy cierran las calles de Lomas del Campestre; macetones, control de acceso y guardias privados que el alcalde en turno no vio o que "quiso que eso permaneciera"’

Injusticias urbanas

 

 

 

 

En el gran teatro de lo metropolitano las injusticias sociales se manifiestan cada vez más en forma de injusticias espaciales.

Bernando Secchi

Vecinos de Real Providencia, ante su condición de víctimas del delito o del miedo que la ciudad les transfiere de forma real o percibida (existen amplios estudios de estos temas), optan por construir una barda que les haga sentirse más seguros en la parte de la ciudad en la que han decidido o podido vivir. Control y seguridad son las motivaciones. La retórica de la inseguridad, la desconfianza hacia las instituciones y sus autoridades, y el relato de un mundo de corrupción y miedo al otro, han sido los inductores de la ciudad de la desintegración social y los “clusters o fraccionamientos cerrados”, que en nada ayudan a construir comunidad y si crean mayores distancias sociales, que nos pueden llevar a situaciones que pueden ser más difíciles de atender en el futuro.

Los estudiantes de la Universidad vecina ingresan a nuestra colonia, se emborrachan y hacen desórdenes que queremos evitar. Este fue el argumento de los vecinos de Lomas del Campestre que, además de la inseguridad y miedo o desconfianza hacia el otro, usaron para cerrar sus calles y poner controles de acceso (tal vez no tienen hijos en la universidad o sus hijos no son como los otros hijos y universitarios, un tema interesante de sociología urbana). Cerrar calles, poner controles, inseguridad, miedo, son las motivaciones de los vecinos para querer “blindar” colonias, como pudimos leer hace pocos días en la prensa (a.m., 17 de julio) que da cuenta de 174 solicitudes que habrían sido recibidas durante el tiempo de la actual administración municipal, por parte de colonos de todos los rumbos de León.

Como actores urbanos que buscan lo mismo, algunos vecinos lo hacen; otros no lo logran. En Lomas del Campestre lograron que Tránsito Municipal cambiara el sentido de circulación en algunas calles para impedir que estudiantes de la Universidad de la Salle circularan por ahí, y hasta les permitieron colocar una pluma para controlar el tráfico en la avenida Universidad; sin embargo, en Valle de San Isidro no les permitieron la privatización (a.m. 01 sept. 2014). Unos vecinos sí pueden mientras que otros, ante la evidencia del caso similar, no consiguen más que la firmeza de la autoridad para negarles la misma posibilidad que a quienes sí pudieron.

Lo que vemos es que hay un muro ahí y que no queremos que ese muro permanezca, sentenció ayer el Alcalde. (a.m., 30 de junio). El muro de Real Providencia, que finalmente fue demolido por la autoridad, es el equivalente a los macetones que hoy cierran las calles de Lomas del Campestre; macetones, control de acceso y guardias privados que el alcalde en turno no vio o que "quiso que eso permaneciera". Lomas del Campestre y Real Providencia, dos soluciones distintas a planteamientos similares: discrecionalidad, “negociación” de las autoridades con los ciudadanos, actores con diferentes escalas de poder (en el estricto sentido de ser más fuerte que alguien, ser capaz de vencerle). La ciudad líquida, diría Bauman, la ciudad injusta anotarían otros. Eso corresponde a otra dependencia, dirían los funcionarios.

Otro de los temas urbanos similares y recurrentes en León es el de los llamados "compromisos de los desarrolladores", que debieran ser simplemente los requisitos urbanos que deben cumplir los nuevos fraccionamientos para su inserción en la ciudad. El tema actual de El Molino es tal vez un ejemplo paradigmático, por su recurrencia y su ya vieja actualidad.

Una negociación, un acuerdo nuevo entre autoridades y empresarios, sustituye al acuerdo anterior que a su vez sustituyó al compromiso original, que en el transcurso de las distintas administraciones se va diluyendo en un proceso en el que finalmente nadie sabe cuál era el motivo inicial de los "acuerdos" cuya negociación e incumplimiento se convierten en una afectación a la ciudad. ¡Sí, esta cultura de nuestras autoridades, de intercambiar y negociar con los "desarrolladores", afecta a la ciudad!

Las autoridades que se permiten "negociar los compromisos", en realidad negocian (en el sentido de descontar valores) con la condición urbana de León. Eso es lo que en realidad ocurre: cada negociación descuenta, reduce valor urbano, calidad urbana a la ciudad.

Ojalá logremos iniciar el fin de esta cultura de la negociación con el futuro de la ciudad por parte de las autoridades en su interacción con los empresarios.

El 2 de marzo de 2006, en sesión ordinaria del H. Ayuntamiento de León, por unanimidad, según se lee en el acta correspondiente a la sesión, se aprueba el Plan Parcial de Crecimiento Urbano para una extensión de 607-05-00 hectáreas de El Molino (como referencia, esta área es equivalente a la que tenía Leon hacia 1930, después de más de 350 años de historia. Es aproximadamente el área de la ciudad histórica de León, y mayor que algunas ciudades pequeñas del estado de Guanajuato).

Esta autorización fue publicada en el Periódico Oficial del Estado el 4 de julio del mismo año, donde se puede leer: …específicamente para la primera etapa del desarrollo programada entre el año 2006 y 2009, se deberán realizar por parte del desarrollador las siguientes obras y acciones: …proyecto y la urbanización del complemento de dos a tres carriles por sentido del Blvd. Camino a Comanja… proyecto y la urbanización del distribuidor vial que permita conectar el Blvd. Camino a Comanja y el Libramiento Norte Blvd. José Ma. Morelos…

Es evidente que el primer compromiso no fue cumplido, a pesar de que en el estudio de impacto vial que presentaron los propios "desarrolladores" se registraba la saturación e insuficiencia de la calle camino a Comanja que hoy, 9 años después, sigue saturada e insuficiente, afectando a esa parte de la ciudad.

Por supuesto que el segundo compromiso tampoco se ha cumplido, aunque se encuentra en proceso de "negociación", debido al cambio en las condiciones de los "compromisos" originales.

La última noticia que se tiene es que ahora el Molino tiene una negociación con el municipio, a partir de la cual: De 274 millones que había fijado la Comisión del IMPLAN en el Ayuntamiento, la deuda podría quedar en 129 millones 750 mil 387 pesos... (periódico a.m. 21 julio), es decir que ya no se habla de la calle de acceso a tres carriles, del distribuidor vial, sino de una suma monetaria cuyo pago por parte del Molino iría probablemente a la tesorería y al gasto del Ayuntamiento, pero por supuesto que no a la ampliación de la calle de acceso, que tal vez nunca se construya, a pesar de ser una necesidad urbana cada vez más apremiante.

La ciudad que se construye sobre la base de las "negociaciones" resta valor a la posibilidad urbana.

En realidad lo que las autoridades municipales "acuerdan" o "negocian" con los "desarrolladores" es el destino urbano de León. Cada "permuta", cada "quita o cambio de compromisos" que hacen las autoridades con los inversionistas, lo hacen como una costumbre que cabe dentro de lo legal, pero que compromete las condiciones urbanas del presente y del futuro de la ciudad. Esta cultura del intercambio ha dañado mucho la condición urbana de León. El León disperso y metropolitano es resultado de esta cultura; este modelo de planeación y gestión del que la retórica oficial dice que es “ejemplo nacional”.

Nos enteramos hace pocos días sobre el proyecto de construcción de torres de 21 pisos en un predio cercano al fraccionamiento Club Campestre (que en su momento cerró sus calles para los habitantes de la sección Villas, que también cerraron sus calles que eran abiertas, para el resto de los leoneses, pues así se construye la ciudad reciente). Los vecinos demandan de las autoridades la suspensión del proyecto (a.m., 26 de junio), mientras que las autoridades sostienen que el proyecto se apega a los reglamentos, y los empresarios constructores de vivienda esta vez están de acuerdo con la autoridad municipal (a.m., 29 de junio).

Hacia el término de las administraciones públicas en cualquier nivel de gobierno, los actores sociales se hacen presentes de distintas formas, intentando hacer patente su presencia y nivel de influencia, posicionándose ante el nuevo gobernante y mostrándole su fuerza o presentándole hechos consumados (eso, con independencia de los compromisos políticos o de partido, que son para el gobernante que inicia, un motivo más de presión). Desaparición o alteración de expedientes de fraccionamientos o de partes de ellos, acuerdos de Ayuntamiento o autorizaciones y licencias de último momento, parecen haber sido constantes en las actuaciones públicas de la historia reciente (gasolineras, casinos, ejes metropolitanos, etc.). El poder de los actores se muestra, los actores se posicionan y preparan para el siguiente periodo administrativo y político. En una ciudad que debiera ser por definición el espacio físico para la democracia, los demócratas que más pueden se posicionan (se empoderan, se dice ahora) en mejores condiciones que aquéllos que pueden menos. El poder como simulacro de la democracia: unas colonias se cierran impunemente, en otras no se permite, se talan árboles para el proyecto oficial que inicia sin licencia y sin estudios, y se multa a quienes lo hacen por su cuenta. Y la ciudad se fragmenta, se craquela irremediablemente, se hace injusta.

Pronto veremos si se construyen las torres del Club Campestre, seremos testigos del poder que tuvo cada grupo de actores. Si las torres son construidas, los colonos no habrían podido evitarlo ante el poder de los inversionistas; si las torres no se construyen, sabremos dónde estaba el poder. No son los reglamentos; es la cultura de la negociación que nuestros gobiernos, encarnados en los funcionarios públicos, han construido durante las últimas dos décadas, cediendo a los “desarrolladores” la posibilidad de hacer la ciudad según su universo de interés, pero somos también los leoneses que no hemos sabido construir espacios ciudadanos de participación (los patronatos, consejos, comités y demás, pueden ser otra historia de negociación de los actores, otra simulación).

El Molino, como las autoridades a quienes les toque, podrá lavarse la cara negociando y pagando, o recibiendo el pago en un valor monetario disminuido, lo que plasmó en un plan parcial, en el cual se reconocen necesidades urbanas para la zona, no se cumplirá una vez más.

Las necesidades detectadas en la planeación no serán satisfechas porque la “negociación” habrá salvado a los funcionarios y a los inversionistas, no a la ciudad.

Construir muros, fragmentar la ciudad de forma discrecional (unos pueden y otros no), negociando, permutando “obligaciones”, es el mejor de los caminos posibles para la injusticia urbana. 

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