Mónica Navarro
19:51
24/07/13

Los viejos

Paseaba hace unas semanas con una amiga en una trajinera, de esas embarcaciones que tan tradicionales son en Tláhuac y Xochimilco. Un chico de unos 19 años accionaba la pértiga con demasiado esfuerzo; se notaba en su cara el trabajo y la fatiga que eso representaba para él, al grado que en algún momento me sentí incómoda por mi peso y el de mi compañera. Adentrándonos en las aguas, se me antojó una bebida y pedí al chico que se acercara a un expendio. Él se acercó a otra embarcación y llamó por su nombre a quien la atendía, una mujer bastante mayor, de manos rugosas que no estaban en sintonía con sus brazos fuertes y su complexión atlética. Después de conversar trivialidades, no detuve el impulso de preguntarle su edad.

Doña Luz me miró y riendo respondió: tengo 85 años. Me contó que desde los once empezó a trabajar, primero ayudando a sus padres y después en el negocio de comidas; desde hace 15 años vende refrescos y cervezas. Luego de servirnos los tragos continuó su camino, encajó la  pértiga y como si no representara un esfuerzo grande, se alejó con rapidez y ligereza.

Mientras ella se alejaba recordé a don Manuel, quien era velador en un colegio. El primer pensamiento que me vino a la cabeza cuando lo vi, fue que era un hombre demasiado mayor de edad para confiar en él para cuidar un plantel. Lo supuse como uno de esos veladores que en realidad van al trabajo a dormir, pero en algún momento, cuando se ampliaba un tercer piso del plantel, llegó un cargamento de varilla que descargaron a la entrada, y estorbaba, así que el director ordenó a don Manuel llevarlo al techo. Con asombro miré al hombre septuagenario mover las pesadas varillas y depositarlas en pocas horas sobre el techo, usando escaleras y cargándolas al hombro.

El fin de semana, sentados en una banca, escuchamos a un trío entonar boleros y decidimos contratarlos para escuchar unas canciones. Los músicos rondaban los ochenta años; después de cantar, conversamos con ellos para enterarnos que después de laborar durante años se vieron sin ingresos y sin pensión, así que haciendo uso de sus habilidades, buscan el sustento cantando en la calle.

No entraré en el tema de la protección social a la que deberían tener derecho las personas, sino a esa fuerza extraordinaria de quienes no son vencidos por la edad. A menudo escucho personas jóvenes que sueñan con su retiro laboral; compañeros que antes de llegar a los 50 años se declaran cansados y esperan una pensión para continuar percibiendo ingresos pero sin laborar, argumentando que están demasiado “trabajados” y el cuerpo les demanda un descanso permanente.

¿Dónde radica la fuerza de los seres humanos? Me pregunto cuál de los dos caminos brindará mayor satisfacción, si el conseguir diario el sustento u obtenerlo por beneficios o prestaciones.

Miles de personas en la actualidad no aspiramos a una pensión jubilatoria antes de los 65 años, debido a trayectorias laborales sin prestaciones y sin hacer antigüedad. Sabemos que la tercera edad no es la puerta para vivir de la pensión. Conocer a estos viejos me alivia, me consuela y me dice que la fuerza no se agota si el espíritu es fuerte y la necesidad apremia.

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