Mónica Navarro
09:12
24/02/14

De santas, madres y monjas

De santas, madres y monjas

Si usted camina por Calpulalpan, en el Estado de México, es posible que vea a una mujer con hábito blanco y velo negro, pero trabajando a pleno rayo de sol con pico y pala, cargando bultos de cemento o pegando ladrillos. Se trata de una monja de vida contemplativa a quien la vida ha convertido en madre de más de 50 hijos.

La Madre, como la conocen en el lugar, eligió dedicar su vida a la oración. Intentaba dedicarse a cosas celestiales, pero un día aparecieron tres niños frente al monasterio; el bebé en una caja de cartón y los otros dos, menores de tres años. En el convento los recibieron y les dieron alimento y atención. Pasados los días, era claro que no era un lugar apto el desarrollo de ellos y además interferiría con el desarrollo de la rutina monástica, así que ella consiguió un permiso para, junto con otras 12 hermanas, dedicarse al cuidado de los pequeños.

Animosas, las 12 monjas de vida contemplativa se integraron a la vida mundana e iniciaron la construcción de un improvisado orfelinato, porque en cuestión de dos semanas los niños se multiplicaron como el pan y los peces, y a partir de que ellas habían recogido a los tres primeros habían llegado otros siete.

Pero la vida corriente fue demasiado para once de ellas, y poco a poco fueron dejando los hábitos y el orfelinato. De pronto la madre se encontró con más de diez hijos y sola, pero así como unos abandonaron el proyecto, hay quienes se han sumado a él. Desde viajeros casuales que se han perdido en el camino, empresarios locales que han conocido su obra, hasta algunos de los jóvenes criados con ella y que ahora regresan para apoyarla.

Lo que inició en un lugar prestado se ha convertido en una casa enorme de ocho cuartos, que poco a poco va cambiando. Adentro no hay lujos; los cuartos y muebles son austeros pero en ese lugar han encontrado hogar quienes se quedaron sin él, amor quienes no lo recibían, y la oportunidad de ir a la escuela aquéllos para quienes el panorama era tan sombrío, que un día amanecieron en la calle, cobijados por una caja de cartón.

Vendiendo galletas, pinole, obleas, el orfelinato obtiene recursos para dar alimento y vestir a los jóvenes entre los dos hasta 21 años. Ellos se apoyan como hermanos y obedecen a la madre, quien acompañada por su hermana menor ha sido la verdadera mamá de los chicos.

Ni nombres ni títulos no nos retratan. Mientras una mujer que había planeado dedicarse a sólo rezar por los demás, fue llevada por la vida y por su propia decisión a ser mamá, ama de casa, cocinera e incluso albañil, hay quienes deciden tener hijos y un día cambian de opinión y los dejan solos a su suerte, como otra hizo con sus tres hijos, frente a un convento, hace 20 años.

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