Mónica Navarro
06:51
14/09/13

Viernes 13 y el niño perdido

Viernes 13 y el niño perdido

La tarde era espléndida. Cientos de salmantinos disfrutábamos en el Centro de las Artes, mientras se exponía la obra de Guadalupe Posadas y unos artistas en zancos y caracterizados de catrinas amenizaban en el patio. Una señora joven y de apariencia humilde se acercó al bullicioso grupo y advirtió a las mujeres que cuidaran de sus hijos, ya que unos momentos antes acababan de robarse a un niño.

Según la versión de la mujer, todo había transcurrido en un instante, mientras la madre bajaba de su camioneta; al voltear la mirada ya no encontró a su niño de cuatro años que aguardaba detrás de ella. –Fue un hombre que se lo llevó después de ofrecerle una paleta-, dijo quien en unos instantes había capturado por completo nuestra atención; el niño vestía playera con una bandera en la espalda, y lo habían visto minutos después atravesar la plazoleta, de la mano de un hombre. Detalló que algunas personas, al igual que ella, estaban cooperando en su búsqueda.

Las mamás que la escucharon de inmediato se pararon y corrieron por sus hijos que correteaban en el patio; otras fueron por ellos al baño, la cafetería o la galería. La información corrió tan veloz como lo hacen las malas noticias. Una hora más tarde abandonamos el lugar para encontrar en el recinto vecino, que alberga la Casa de la Cultura de Salamanca, una escena desgarradora: una mujer era atendida por los paramédicos de la Cruz Roja, mientras muchas personas la miraban y repetían diferentes versiones del hurto del menor. Que se lo habían arrebatado, que el niño había entrado con su hermana al Centro de las Artes y no había salido, que una pareja de varones muy sospechosos estuvieron observando a los menores en los alrededores. Otros incluso se habían topado con el hombre y el niño, pero sin saber del caso. Uno agregaba que la madre se afectó más luego de recibir por celular la llamada de su marido, amenazándola si no encontraba al hijo.

El personal del recinto cultural se movilizó y mostró a la policía las imágenes de la cámara de vigilancia, donde observaron que el niño había entrado, pero minutos después había salido acompañado de su hermana. Para ese momento, una hora y media casi después del presunto robo del menor, los curiosos murmuraban y hacían gala de sus conocimientos sobre esos casos: que si la alerta ámbar, que la posición de las cámaras de vigilancia, que la irresponsabilidad de las madres. Igual que todos al mirar un partido de futbol se convierten en expertos estrategas, directores técnicos y jugadores, los curiosos eran especialistas en seguridad y cuidado de niños en espacios abiertos.

Tocó el turno a un empleado, quien preguntó a los familiares dónde lo habían buscado. Respondieron que en el Centro de las Artes, la Casa de la Cultura, el templo de San Agustín y la Plazoleta Hidalgo. Preguntó si habían buscado en la camioneta; le respondieron que no. Les recomendó buscar nuevamente el auto de la madre, ya que tal vez el niño se habría extraviado y lo reconocería. Negaron tal posibilidad, pues el menor tenía tan solo cuatro años y no identificaba el vehículo familiar.

Algunos nos fuimos alejando del área. Los niños presentes estaban entrando en pánico y lloraban, y las madres aprovechaban para advertirles que eso pasaba si se soltaban, si hablaban con extraños. Algunos pequeños incluso lloraban abrazados de sus mamás.

Decidimos retirarnos con el alma estrujada, pensando en la suerte del menor y el dolor de su madre, cuando una voz feliz regresó y compartió la buena nueva: el niño había aparecido. En realidad fue encontrado durmiendo en el auto familiar. Pregunté a quien sugirió buscarlo en el auto por qué supuso que estaría ahí, y me contó que en su infancia vivió una historia parecida.

Poco a poco los curiosos, los expertos en seguridad e incluso quienes habían visto al niño alejarse de la mano del desconocido, partieron a sus casas y la ciudad recobró la calma.

Después de todo, fue un viernes 13 de buena suerte y no hubo más que un niño dormido.

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