miércoles. 28.09.2022
El Tiempo

El Centro Cultural Paso del Norte: Arte en medio de la violencia

“Ciudad Juárez, donde sentí una energía atravesando todos los recuerdos de violencia…”

La sala experimental Octavio Trillas en Ciudad Juárez
La sala experimental Octavio Trillas en Ciudad Juárez
El Centro Cultural Paso del Norte: Arte en medio de la violencia

Una de las primeras obras que vi en León, en la época del teatro independiente del mítico grupo “Luna Negra”, fue “Mujeres de Arena”, de Humberto Robles, donde conocí la historia de tres mujeres asesinadas —ahora se les nombra feminicidios– y luego revictimizadas por el aparato gubernamental de este país; historias que terminarían siendo nuestro día a día, pero que en aquel entonces ponían a Ciudad Juárez como un referente de la violencia contra las mujeres y símbolo de una lucha que hasta ahora seguimos gritando. 

Estamos en esta gira por el norte del país, recorriendo 9 ciudades en 16 días, con un unipersonal que habla de un delincuente perseguido por unos sicarios y su encuentro con su propio pasado, así que nos toca viajar a Ciudad Juárez, donde sentí una energía atravesando todos los recuerdos de violencia [las imágenes de cruces rosas, los nombres de mujeres en carteles de se busca, los gritos de las madres que buscan recuperar un cuerpo, la incertidumbre de no saber si hoy regresaremos a casa]. 

Ciudad Juárez es el símbolo del feminicidio en este país. 

Ciudad Juárez es la frontera del narco. 

Ciudad Juárez es en realidad una ciudad de gente cálida y franca. 

Ciudad Juárez es también la cuna de Juan Gabriel, Tin Tan y la fiesta más divertida. 

Llegamos después de un vuelo extrañísimo, saliendo de Tijuana y con una escala en CDMX de varias horas, con el corazón a tope por pisar una tierra con una carga tan fuerte e importante para una mujer como yo, que cada día lucha por conseguir un poco de equidad en las tablas. 

La casa de Juan Gabriel
La casa de Juan Gabriel

Francisco llega por nosotros en un camionetón color arena. Es un hombre grande, norteño, con ese acento tan frontal y honesto que en el centro muchas veces se toma como agresivo, pero que yo extraño y agradezco. En el trayecto nos va contando un poco de la realidad de esta enigmática ciudad, de cómo viven los locales, de cómo identifican a los narcos en sus camionetas y cómo se han acostumbrado a convivir con esta industria del crimen organizado. En realidad, nos confiesa, nunca han censurado al arte, pero tampoco es que el arte se exponga a mucho. 

Una vista de Ciudad Juárez
Una vista de Ciudad Juárez

Pasamos por la frontera, nos encontramos con los camiones que llevan a las trabajadoras de las maquilas, el corazón se me estremece. Llegamos a un hotel de lujo, y desde mi balcón puedo ver toda la ciudad, con un cerro donde se puede leer: “la biblia es la verdad, léela”. Que contradicción. 

En la mañana siguiente me dirijo al centro cultural Paso del Norte, donde hay dos teatros. El teatro grande es el llamado Víctor Hugo Rascón Banda, en homenaje a un chihuahuense muy reconocido por su dramaturgia y trayectoria en las artes escénicas. A un costado se encuentra la sala experimental Octavio Trillas,[1] donde nos presentaremos en algunas horas. 

La sala experimental Octavio Trillas 

Este foro ofrece un sin fin de posibilidades para la representación, con distintos frentes y alturas. Cuenta con una parrilla fija en que las varas de donde se cuelgan elementos escenográficos o lumínicos no suben ni bajan y normalmente se pueden ver desde las butacas. Para puestas contemporáneas funciona muy bien, donde se puede aforar con piernas y bambalinas para generar una caja negra, o dejar sus naturales colores de madera provocando una ambientación mucho más cálida. 

La sala Octavio Trillas
La sala Octavio Trillas

El equipo técnico que reside en estos dos recintos es dispuesto y rápido; viven en un mundo muy suyo, están muy bien organizados y han visto desfilar un sin fin de puestas, lo que les da un ojo y experiencia envidiables. 

Como bien lo dice su nombre, ésta es una sala experimental, por lo que es posible configurar la butaquería en uno, dos, tres o cuatro frentes, como en muchas otras del país. Éste cuenta con un balcón que lo provee de un segundo nivel que le da muchas más posibilidades, como por ejemplo hacer danza área y verla al nivel de tus ojos, o ver las figuras coreográficas desde un ángulo privilegiado, podemos pensar en obras de teatro que sucedan debajo de nosotros, tantas posibilidades de crear mundos desde perspectivas fantásticas. 

El montaje de nuestra producción es relativamente sencilla: espacio vacío (sin elementos corpóreos en escenario), un actor que baila, una lluvia de flores y mucha, mucha, demasiada luz, porque claro, —Paola complicándose la vida desde 1984– por este motivo los técnicos me permitieron subir a la parrilla para probar una técnica para hacer lluvia sin mecánica teatral y donde puedo capturar este momento, con la vista desde el paso de gato y donde horas después estarían dos técnicos con una bolsita llena de papeles de china, aventándolos con cadencia al escenario. 

Las alturas siempre me han llamado la atención, tal vez porque son de las pocas maneras que conozco de ver el todo: nada puede escapar a mirada desde la altura justa. Disfruto mucho subirme a las parrillas, aunque me puedan temblar las piernas a 25 metros de caída libre; cada que puedo pido a los técnicos que me enseñen la mecánica del recinto —aunque la mayoría dudan que tenga el valor de subirme y terminan retándome: “¿A poco si se va a subir? ¡Está bien alto, ehhh..!” y terminan sorprendidos de verme subir por escaleras marinas, por pasillos muy bajos, abajo de aires acondicionados, hasta las azoteas.

El teatro Victor Hugo Rascón Banda
El teatro Victor Hugo Rascón Banda

Tuvimos la fortuna de trabajar rápido y tener un pequeño tiempo libre antes de la función de esa noche, en la que inaugurábamos el festival de monólogos de “Teatro a una sola voz” en Ciudad Juárez por primera vez. Aprovechamos para ir a conocer la sala principal, el Victor Hugo Rascón Banda. Una sala fantástica, de capacidad para más de mil personas, un telón francés amarillo mostaza, una mecánica contrapesada capaz de albergar montajes operísticos, teatrales, ballet clásico, cualquier arte escénico de grandes dimensiones. Subimos a los 23 metros de parrilla, caminamos por vigas de metal llenas de cables de acero que soportan hasta una tonelada de peso por vara.

Al centro de la parrilla hay una pequeña puerta, que se abre ante nuestros ojos para mostrarnos la azotea del recinto y la que nos sorprende con algo poco común en ciudad Juárez: se avecina una tormenta, agua en el desierto. Cae una gota, otra, una más, y corremos a resguardarnos de nuevo en el teatro. Bajamos por una escalera de servicio, cómoda y ancha como pocas. Obscuro. Regresa la luz tras unos segundos, y lo primero que pasa por mi cabeza: mi show. ¿Qué pasó? ¿Fue la lluvia? 

—Sí, maestra, cuando llueve se va la luz. 

Corremos a la sala experimental de nuevo. El chavito que se quedó para ayudarme en la función, me voltea a ver cuando entro a la cabina:

—Salvamos el show.

Respiro: por milagro, 59 cues de luz se habían salvado tras un apagón, gracias a una planta de luz que debido a estas experiencias se ha vuelto común en un recinto tan bello y de apariencia tan vanguardista. En ese momento hacemos un respaldo, porque la lluvia no cesa.

Exterior del Centro Cultural Paso del Norte
Exterior del Centro Cultural Paso del Norte

A pesar de las condiciones climáticas, la gente va llegando a la función. Entran a una sala dispuesta, con aire acondicionado que permite atenuar el calor de más de cuarenta grados de ese día. Los funcionarios están listos con sus folders que resguardan sus discursos políticos, y algunos graduados que se están tomando fotos con el centro cultural de paso del norte de fondo, justo como lo hacen en el Forum Cultural Guanajuato, acá en León, Guanajuato. 

Sucede de nuevo unos minutos antes de iniciar la función: estamos sin luz. Esperamos un poco esperando que regrese. No regresa. Se empieza a sentir un nerviosismo generalizado. El público empieza a abanicarse con lo que encuentra. Los técnicos abren una puerta lateral para que corra el aire, y entra un poco de luz. El público sigue llegando y ya no cabe, siguen sacando sillas de bodega para poner en los balcones. El calor sigue. El coordinador me voltea a ver en el balcón. 

—Podemos empezar así y la cachamos cuando regresa 

—¿Segura? 

—Si, ya hemos hecho ensayos así 

—Bien, daremos el discurso esperando que ahí regrese la luz 

—Prevenidos todos, a sus posiciones. 

Entran en escena las autoridades culturales. Un técnico prende una lámpara de mano para dar un poco de luz a los discursos, emotivos y sinceros entre tanta incertidumbre de estos últimos años. Era el tiempo de comenzar la función, así que entra el actor y con esa misma lámpara de mano empiezo a seguir sus movimientos, a hacer obscuros con una libreta, un tipo de estorbo que no tengo idea de dónde salió. Roberto, el intérprete, hace los sonidos con su cuerpo y su voz, los balazos, los rechinados de los carros, va llevando al público a esta historia. Al final, el teatro sucede con un texto, un actor y un público; en ese momento teníamos los tres. 

Las escenas pasan, la luz sigue desaparecida, hasta que nos acercamos a un momento que será complicado entender sin ésta, porque el diseño de luz se vuelve un personaje. Sucede el milagro: Regresa la luz. Poco a poco, como pequeñas hormigas los técnicos van re-vistiendo el espacio. Cierran las puertas, apagan luces de trabajo, encienden bocinas, y yo (invoco a Dionisio) prevengo un cue de luz, un cue de audio, espero a un pie, y entro, como si nada hubiera pasado, en el lugar correcto y todo toma su cauce habitual. ¿Cómo pasó? No tengo idea. 

Como toda función, llena de retos. Nos obligó a sacar la casta, a tener una entrega especial, a conectar desde otro lugar con el público que colmaba esas butacas. Terminamos cansados pero felices de dejar un pedazo de nuestro trabajo en esta ciudad, donde hablamos de violencia, de masculinidades, de perdón, ese perdón que tanto necesitamos como sociedad. Al salir de madrugada a nuestro siguiente destino pienso de nuevo en las “mujeres de arena”, a quienes olvidamos cada que un pequeño viento borra su huella en el desierto, esas que nos han formado esta costra dura en nuestra piel, pero que recordamos con cada grito contra la opresión que llevamos tantos años soportando. 

Con el equipo del Centro Cultural Paso del Norte
Con el equipo del Centro Cultural Paso del Norte

Dejo Juárez con la convicción de que cada granito de arena que aportamos servirá para que las siguientes generaciones formen sus castillos y vivan con equidad. 

El teatro insiste en recordarnos en esta gira que parte del oficio es estar preparadas para todo, el tener tan afianzado el discurso y la historia que estamos contando; que no importa en donde la presentes ni con qué equipo, ni en qué condiciones: mientras exista un texto, un actor y un público, el teatro sucede. Dejemos que nos sorprendan las historias, que toquen nuestros corazones, que nos sigan permitiendo conocer tantas familias, tantos espacios. 

 

[1] Nacido en la ahora Cd. De México hijo del general Ángel Trías oriundo de Chihuahua y junto a quien llega a Cd. Juárez en 1976. Como hijo de militar, veía al teatro como un pasatiempo, sin embargo se va desenvolviendo como uno de los más importantes teatristas del estado de Chihuahua;  “Alborde Teatro” es un grupo que funda Octavio y que fue la vanguardia del teatro en Ciudad Juarez durante años, de donde podemos reconocer a grandes intérpretes como Joaquín Cossío,, Guadalupe de la Mora, Antonio Zuñiga o Perla Rosas. 

Trías fue fundador del foro independiente de experimentación teatral. Estuvo diez años al frente de la compañía universitaria de la UACJ, otro años más al frente de la compañía estatal de teatro. Pparticipó en el programa nacional de Bellas Artes, e hizo giras por todo el estado logrando llevar teatro a muchos espectadores el estado más grande del país. El suyo fue el primer grupo chihuahuense en presentarse en nuestro Festival Internacional Cervantino. Debido a esto la sala experimental del Paso del Norte lleva su nombre. 

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