Buscar
18:43h. Lunes, 11 de Diciembre de 2017

“…son los malos del cuento desde la época de Marlon Brando, coqueteando con el poder económico desde la contracultura, ya sea por su escándalo, misoginia o desfachatez…

La polémica generada por la Motofiesta León 2017 ha traído a la superficie algunos tópicos culturales incómodos para la buena conciencia leonesa. Digamos que los moteros colgaron la ropa sucia en la cochera, a la vista de toda la colonia.  

Antes de asentir colectivamente en público rechazo, vale una precisión: los trapitos que colgaron, quizá sin querer, SON LOS NUESTROS.

No se trata de hacer una apología de los desplantes de algunos autodenominados “bikers”, para quienes durante “la mayor concentración de Motociclistas de América Latina” se instalan más vendedores de ropa, accesorios personales y cerveza, que de refacciones o piezas para las motos: la facha antes que la máquina.

No se trata tampoco de defender a ultranza un evento que inadvertida e inteligentemente se ha perfilado como un verdadero festival musical de clase mundial a precio accesible, con un cartel diverso y de altísima calidad. Tal apuesta por presentar músicos de rock y metal ha levantado voces condenatorias, sobre todo desde ese León medieval que comparte cadenas de oración en WhatsApp para evitar que algún chamuco cambie nuestros valores patriarcales, intolerantes y religocéntricos, o alguna causa chauvinista parecida.

La señora católica rasga sus vestiduras (es un decir, claro está...) cuando una banda metalera  española declara “no creer en Dios”, pero le dice “chacha” a su trabajadora doméstica y la trata en condiciones cercanas a la esclavitud, e incluso cree que desde su porfiriana decencia le hace un favor: “le doy ‘empleo’, a ver si se le pega algo de nuestra ‘educación’ y buenas costumbres”. Me refiero en específico a esa demografía conservadora femenina por su papel activo en la formación religiosa de jóvenes que crecen en la doctrina de que el Reino de Dios es un terrenito postmórtem en las nubes que incluye lira, alitas y aureola, y no un modelo de relación humana enfocado en que los hambrientos coman, los enfermos sanen, los excluidos sean acogidos y quienes sufren sean aliviados. Ese pensamiento limita la encíclica “Laudato Si” del Papa Francisco sobre el cuidado de la casa común a la idea de “tirar la basura en su lugar”. Y de las millones de toneladas de basura y gases contaminantes que nuestro estilo de vida produce… ¿cuál es su lugar y qué tan dispuestos están los católicos leoneses a asumir los retos que ese documento plantea?

***

Durante la Motofiesta algunos automovilistas experimentaron en el área cercana a las instalaciones de la Feria, la frustración que sentimos todo el año quienes no nos desplazamos cotidianamente en coche. Las quejas de autos frente a motos no son sino un espejo de la impotencia de los peatones y ciclistas ante los vehículos motorizados. Durante la Feria de León se manifiestan quejas similares, pero aparentemente es más fácil despotricar contra unos mugrosos ruidosos en dos ruedas.

La movilidad cotidiana se destila en reclamos: “hay mucho tráfico” (nunca he escuchado decir “GENERAMOS mucho tráfico”), “deberían programar diferente los semáforos”, “deberían dejarme pasar, a mí, ¡A MÍÍÍ!”, “deberían construir un puente o un retorno aquí”, “deberían construirme una avenida con alfombra roja para mi camionetota desde la entrada de mi habitación hasta mi trabajo y hasta la escuela de mi hijo”, “de paso deberían talar todos los árboles para que no  estorben la vista de mi negocio y no tenga que barrer hojas, excepto el de casa de mi vecino para poder estacionarme fuera de su cochera en la cómoda sombrita”...

¿Se violaron o entorpecieron derechos de los automovilistas? Sería pertinente el ejercicio de definir estos “derechos”. ¿A transportarse enlatado dentro de una tonelada de acero, ocupando el espacio en el que caben al menos otros cuatro viajantes, deslizándose sobre una plancha de miles de kilómetros cuadrados de un sello asfáltico que por un lado impide el paso del agua al subsuelo, por otro funciona como comal atmosférico que aumenta insoportablemente la temperatura ambiental y por otro devora espacio inmisericordemente, mientras al menos cuatro cilindros por vehículo mastican litros de gasolina y escupen a la atmósfera toneladas de indiferencia? Bien vale cuestionar como derecho lo que en la práctica es un lujo con déficit social y ambiental.

Se ha referido en redes sociales a ese comportamiento motero soberbio, infantil, egoísta, misógino o egocéntrico… que honestamente recuerda al de no pocos automovilistas cualquier día de la semana. En el ámbito de la movilidad la lógica es el poder de facto por superioridad numérica. El rol de las autoridades en este ámbito es fundamental: ¿a quiénes se favorece y a quiénes se margina en qué momentos? La mayor parte del año son los automovilistas quienes gozan las mayores prerrogativas, no peatones, motociclistas, ciclistas. La diferencia es que en esos días se invirtieron los papeles, y cuando vemos que los motociclistas echan montón y se trasladan de un modo que por simples razones físicas no pueden hacer los autos, ay Dios…

En términos de movilidad, la apuesta por el auto particular no es sino la peor expresión de la indiferencia, el egoísmo, la desidia, la apatía, el desprecio por nuestro entorno social y ambiental, el individualismo enfermizo y esquizofrénico que margina a millones. En el ámbito social y urbano esto se expresa como desigualdad, inequidad, negación de calidad de movimiento a quien no se transporta según el modelo dominante. La ciudad para los autos es injusta, contaminante, excluyente. Y nunca habrá vialidad que baste, eso es un sueño guajiro. Urgen políticas que disuadan del uso del auto particular y comiencen a resarcir el costo social y ambiental que generan y que no se está pagando.

Esta crisis de movilidad, ambiental y social exige una planeación urbana diferente e inteligente que no recupere los valores porfirianos de la exclusión por parte de la “gente decente” ante “el peladaje”, en el imaginario de que la posesión de automóvil es signo de status, o la narrativa mítica del sueño americano en que la libertad personal se limita a manejar un auto descapotable por la Ruta 66 con el ocaso en el horizonte.

Aun tomando en cuenta que muchas de las motos que acudieron a la Motofiesta son de motores grandes y contaminantes, en promedio son más económicas y generan menos emisiones que un auto. Es preciso reconocer que la moto es un paliativo ante la crisis de movilidad que, a final de cuentas, sigue alentando la dependencia de combustibles fósiles. Pero vi las miles de motocicletas formadas en las instalaciones de la Feria y no puedo dejar de imaginarme el área que ocuparía el mismo número de autos estacionados uno junto a otro. Cuánta tierra habría que asfaltar, clausurar, arrasar. La comparación es inevitable, tomando en cuenta que muchísimos autos son usados con frecuencia por una persona a la vez.

***

Probablemente esos “bikers” no son tan malos, aunque se sientan auténticos pero anden disfrazados de personajes de la serie Sons of Anarchy y entiendan por “chopper” completamente lo contrario que en otros países del mundo. No, no son tan despreciables: el beneficio económico que dejan es cuantioso, y en realidad no se están comportando de un modo muy diferente al que lo hace cualquiera que desea bravuconear, blofear o darse unos momentos de fantasía de superioridad, independientemente del número de ruedas que se monten.

Lo propositivo, contestatario, alternativo y beligerante en la actitud de los  motociclistas bien podría no ser lo mismo de un patán en pickup. Podría ser un verdadero motor de cambio en nuestra cultura de movilidad. Dudo que un evento como la Motofiesta tome esta dirección alteractiva. Lo que es cierto es que la presencia de estos moteros llama a la emergencia de la reflexión sobre nuestro ser ciudad y cultura: son los malos del cuento desde la época de Marlon Brando, coqueteando con el poder económico desde la contracultura, ya sea por su escándalo, misoginia o desfachatez, o por porque a la vez atentan contra nuestro conservadurismo y ponen el dedo en la llaga.