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00:32h. Lunes, 23 de Julio de 2018

“¿Qué importaba si ese día les desmantelaban la seguridad social, los dejaban sin fondo de ahorro para el retiro o les vendían todo su petróleo, si había la mínima posibilidad de gritar a todo pulmón, toda la nación unida, la palabra Goooooool?”


Érase una vez una nación, a la que la corrupción de su clase política sumió en un baño de sangre, donde todos los días morían por decenas niños y adultos inocentes atravesados por las balas. Pero el problema no era únicamente su sistema político. No es que cada pueblo tuviera el gobierno que mereciese, sin embargo los habitantes de ese país solían echarle la culpa de sus males a todo el mundo: que porque habían sido una colonia de otra potencia que los había saqueado, que porque tenían unos vecinos muy ojetes con ellos a pesar de ser ricos, que porque ellos eran muy pobres por culpa de la fatalidad. Y así, a todos les achacaban sus desgracias, menos a su idiosincrasia.

También les gustaba que se aplicara la ley, pero sólo en las vacas de sus compadres, no en las propias. Se llenaban de regocijo cuando un gremio perdía sus beneficios ganados en el pasado a fuerza de lucha social (electricistas, mineros, petroleros, maestros), en lugar de solidarizarse y unirse con ellos para la resistencia y así conquistar también ellos los beneficios a los que como seres humanos tenían derecho, tales como un salario justo, una vejez digna o jornadas de ocho horas laborales. Pero no, cada quien hacía por llevar agua a su molino en aquella alejada nación.

Como conté al principio, la corrupción desbordada generó tanta violencia, pobreza y enfermedad en aquel raro país, que los médicos y las enfermeras no se daban abasto ante esta epidemia de balas, enfermedades prevenibles y otros males que, aunque no se podían prevenir, sí se podían controlar si hubieran sido detectados a tiempo. Entonces también comenzó a morirse por montones gente que no debía morir a causa de padecimientos curables. Y como en aquel desdichado pueblo siempre debía haber un culpable de todas las desgracias, criminalizaron a los médicos y a las enfermeras, y los acusaron de ganar mucho dinero sólo por levantarse todos los días a matar buenos cristianos.

El gobierno no surtía las clínicas ni con lo mínimo indispensable, pero los políticos se lavaban las manos al más puro estilo de Poncio Pilato y culpaban a los médicos del mal servicio, no obstante que éstos intentaban trabajar con lo poco que tenían e incluso con insumos que ellos mismos compraban, a pesar de tener quincenas e incluso meses sin cobrar sueldos.

Los médicos le echaban la culpa a su director y el director a sus superiores, y sus superiores le reviraban diciendo que había hecho falta gestión, y todos se desesperaban, se atacaban, y se gestionaban culpas para evitar ser los próximos sobre La Piedra de los Sacrificios, pero en realidad no estaba en sus manos resolver nada.

La verdad es que los recursos desaparecían mucho más arriba: en el pináculo donde moraban los grandes tlatoanis, que los desviaban para construir y mantener sus blancas pirámides de cal y canto.

Realmente eran los políticos y los capos de la mafia quienes manejaban todo el capital económico, y también eran en esencia los culpables de la desgracia del pueblo, pero cada vez que por azares del destino detenían a alguno de ellos, guardaban secrecía, y les tapaban el rostro en los medios de comunicación para que nadie los reconociera a la siguiente semana en que eran dejados libres. Pero si algún médico en el ejercicio de su profesión no lograba salvarle la vida a un paciente, le aplicaban todo el peso de la ley y lo exhibían en televisión, en el periódico y en el internet para que la opinión pública pudiera lincharlo a su gusto, y  así lo convertían en un instrumento que desviaba la atención de los problemas del país, al tiempo que le daban al pueblo una falsa sensación de justicia.

El gremio de los trabajadores de la salud de aquella alejada nación salió a protestar un día, exigiendo la despenalización de los procedimientos médicos, y de paso, si se podía, mejores condiciones de trabajo.

Cuando sintieron la presión de un paro laboral, los políticos les dieron esperanzas para ganar algo de tiempo, pero aquellos obreros de la salud no contaban con que se acercaban dos eventos de vital importancia.

El primero, impostergable para aquel país porque lo esperaban cada cuatro años, era un mundial de fútbol que los hacía olvidar sus miserias, los oprobios de la clase política y el hambre que sentían durante 90 minutos. A pesar de que el equipo representativo de aquel alejado país jamás había pasado de los cuartos de final ni en sus tiempos de mayor gloria, la inconfesable y malsana delicia que sentían al gritarle “puto” al arquero contrario, al unísono, los hacía sentirse una superpotencia mundial, una patria unida por un solo corazón, una sola voz guturando el sentimiento de un pueblo donde no había crimen organizado, ni narcopolíticos que desaparecieran a sus jóvenes, ni muertos por enfermedades prevenibles, o la más vergonzosa de todas las muertes: muertos por hambre. En ese momento que se jugaban el pase a la siguiente ronda en penales todos gritaban “puto”, y esa palabra era un bautismo que los hacía renacer como nación, aunque perdieran el partido. ¿Qué importaba si ese día les desmantelaban la seguridad social, los dejaban sin fondo de ahorro para el retiro o les vendían todo su petróleo, si había la mínima posibilidad de gritar a todo pulmón, toda la nación unida, la palabra Goooooool?

El segundo evento esperado era aún más impostergable, porque era importantísimo para la clase política y el crimen organizado saber qué grupúsculo podría seguir sangrando a la empobrecida república y qué cárteles de la droga podrían seguir operando en el país y qué otros debían fusionarse: Era época de elecciones, lo cual hacía políticamente incorrecto despenalizar el acto médico y perder así un distractor para el pueblo que añoraba, como en tiempos inmemorables, La Piedra de los Sacrificios en lo alto de una gran pirámide.

Fue así como los habitantes de aquella lejana nación se despertaron una mañana ya sin su sistema gratuito de salud, sin sus contratos colectivos de trabajo, sin su sistema de pensiones. Los doctores y enfermeras que no estaban en la cárcel se habían mudado a otros países donde pudieran ejercer su profesión en mejores condiciones, sin miedo a ser encarcelados, juzgados y exhibidos como delincuentes, y otro buen número de ellos que decidieron quedarse y no cambiaron de giro laboral (sobre todo en el ramo del turismo para ganar propinas en dólares), definitivamente se dedicaron a protegerse y dejar de ejercer su profesión libremente con los pocos recursos que les quedaban. Se detuvo la investigación y los grandes avances obtenidos en ramos como la cardiología y la ortopedia.

Entonces pronto, a ese país con escasos médicos y enfermeras, sin un sistema de salud efectivo, copado por la delincuencia y la narcopolítica, mal educado y mal nutrido, llegó montado en su caballo bayo el Cuarto Jinete del Apocalipsis, quien se llevó al Hades a todos los habitantes de aquella desgraciada nación, con una peste que, al igual que la añorada Piedra de los Sacrificios, ya habían sufrido al inicio de sus tiempos como proyecto de pueblo mestizo y los había diezmado. Era la Viruela Negra.

Nadie pudo tenderle un cerco sanitario ni detener su propagación porque, para empezar, no había recursos económicos destinados a la salud, ni los suficientes médicos, enfermeras, hospitales ni personal paramédico.

Esta vez no hubo ningún Edward Jenner, ni ningún doctor Balmis, ni ningún monarca humanista de la talla de Carlos IV que los salvara con otra Real Expedición Filantrópica de la Vacuna.

Y así feneció esta empobrecida república bananera junto a sus ricos vecinos, quienes también desaparecieron víctimas de la peste, y la tercera parte de la humanidad, que en su momento le valió sorbete la desgracia que vivía un pueblo por sus líderes corruptos, así como  la suerte de sus médicos y enfermeras a quienes trataron de criminales, mientras sus políticos se comportaban como deidades que no tocaban el suelo, y al final nadie pudo salvar a nadie, no sólo en aquel lejano país de otro continente, sino en el Planeta Tierra.

Y todo por no haberle dado a las cosas el justo valor que se merecen.

Escenario muy distinto a lo que por fortuna ocurre en nuestra querida patria, donde no hay nada de qué preocuparnos.

*

FIN