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11:24h. Miércoles, 20 de Septiembre de 2017

“No eran mis hermanos de sangre, pero sí mis carnalitos; conviví con ellos más que con mi propia familia: dormimos codo a codo con la frente recargada en las frías teclas de una Olivetti, comimos, trabajamos y sufrimos juntos día y noche varios años en una especie de cofradía llamada ‘Residencia Médica’…”

Poder tomar solamente dos cervezas o ponerse como cilindrero, según la ocasión lo amerite, parece ser un poder de superhéroe. Hay quienes beben en las fiestas infantiles hasta vomitarse sobre la mesa del pastel de su hijo de tres años, y otros que se abstienen de hacerlo en los bacanales donde todos andan hasta las manitas porque saben que al cuarto shot glass de tequila se les comienza a virar el cayuco y al día siguiente despiertan arrepentidos de haberse salido del closet a causa del exceso. Por eso, saber embriagarse es un asunto de sabios.

Yo aprendí bien este arte en mi tiempo de residente de la subespecialidad en el Hospital General de México, donde todos los viernes los proveedores de las prótesis nos invitaban a una cantina que estaba  en la colonia Doctores, a la vuelta del nosocomio, llamada “Bar el Cella”, pero que nosotros le decíamos cariñosamente “la Capulina” porque salíamos peor que arañas. Ahí solíamos encontrar a personajes como Jacobo Zabludovsky y Joaquín López Dóriga. De ese bar salieron también muchos capítulos de novela y cuentos, así como los recuerdos de viejos amigos que nos hemos vuelto a encontrar gracias a la tecnología  (en aquellos no tan lejanos inicios del milenio, la única manera que teníamos de platicar todos era coincidiendo en algún chat room pelangocho, ya que no había Facebook ni WhatsApp). Hoy conversamos como si estuviésemos frente a frente en la cantina con una cerveza y un chamorro de por medio.

Así es como me enteré de los que se nos han ido en poco tiempo (diez años para un cuarentón comienzan a ser efímeros), desde grandes maestros hasta queridos compañeros, que juntando mis dos casas, el Hospital Juárez y el Hospital General de México, dan un porcentaje bastante grande de caídos, casi todos a manos del crimen organizado que en este sexenio se ha tornado insufrible.

Todos estos recuerdos se me vinieron a la mente cuando vi a Odin Ciani, conductor de ESPN, denunciar la muerte de su hermana a manos de criminales y exigirle de manera directa a Enrique Peña Nieto y Miguel Ángel Osorio Chong que pongan un alto a la situación de inseguridad del país. Ella era doctora. La única fortuna con la cual contó (si es que en una muerte violenta pueda haber algo de afortunado), fue tener un familiar famoso que pusiera sobre la mesa la realidad que estamos viviendo (o muriendo) muchos galenos, en un país que ha perdido el derrotero de los valores y la moral desde el mismo gobierno, y cuya calamidad desciende como cascada hasta la sociedad. Una nación donde ser médico pasante en áreas alejadas, equivale a jugar a la ruleta rusa para poder sacar un título, y ser adscrito de un hospital del servicio público es estar bajo la espada de Damocles: con trabajo, pero siempre corriendo el riesgo de perderlo todo por los designios de la Secretaria de la Función Pública, quien juega con los  burócratas de bajo y medio perfil al Guachangüer, donde el pobre asalariado –los médicos somos, por mucho, los más expuestos- es el personaje de los Polivoces que paga todas las sinvergüenzadas de su patrón, el Mostachón (en este caso el gobierno), quien siempre se sale con la suya y termina jodiendo laboral, social y económicamente a su peón –en eso nos convertimos todos, en peones, aunque salgamos de una o más universidades con dos o más títulos académicos, en este país donde también se ha perdido la relación esfuerzo/recompensa-, y el Guachangüer, aunque protestando, termina siempre por aceptar el destino debido a un simple accidente de nacimiento que lo hizo llegar al mundo en el seno de una familia pobre de un país subdesarrollado y desigual.

En fin, sirvan estas reflexiones para recordar a mis amigos de correrías  "El Romotito" (Víctor Romo Dámaso) y "El Poliéster" (Héctor Paul Camarena Hernández), quienes fueron sacados de sus centros de trabajo, torturados y muertos por el crimen organizado, ya sea porque no pagaron una extorsión o por familiares inconformes de algún paciente. Aunque los principales responsables de estos asesinatos fueron los políticos que tienen en desabasto y con falta de personal al sector salud, lo cual crea descontento a los enfermos que terminan atentando contra la vida de quienes, aunque trabajan para el sistema, son los que están más desprotegidos porque dan la cara al usuario, y cuyas condiciones laborales y de seguridad contrastan con el derroche y opulencia de los miembros de las cúpulas en el poder (los Mostachones).

Aún recuerdo a mis compañeros caídos como si todavía los tuviera frente a frente en La Capulina, con un tequila y un chamorro de por medio.

No eran mis hermanos de sangre, pero sí mis carnalitos; conviví con ellos más que con mi propia familia: dormimos codo a codo con la frente recargada en las frías teclas de una Olivetti, comimos, trabajamos y sufrimos juntos día y noche varios años en una especie de cofradía llamada “Residencia Médica”.

Tampoco soy locutor de ESPN, pero igual clamo justicia por ellos porque los lloro y los llevo en la memoria siempre.