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23:51h. Domingo, 23 de Septiembre de 2018

“Debo confesar que nunca me han gustado las chicas muy descoloridas, y a las mujeres nórdicas en particular, les veo los ojos inexpresivos y la nariz de tintorera…”


Cuando recién salí de la facultad de medicina, conocí en Guadalajara, donde me afinqué un tiempo para preparar mi examen de especialidad, a una sueca hermosa. Debo confesar que nunca me han gustado las chicas muy descoloridas, y a las mujeres nórdicas en particular, les veo los ojos inexpresivos y la nariz de tintorera, pero por fortuna, al papá de mi novia sueca tampoco le gustaban muy muy güeras y se vino a América a buscar esposa. Su madre era brasileña y eso le daba algo distintivo respecto a sus demás amigas que llegaron con ella de las tierras de Santa Claus, y parecían acambaritas de nata crudas. Ella vio el mí un latin lover y me quiso llevar a vivir cerca del círculo Polar Ártico como especie exótica. Lo hubiese hecho, de no ser porque en las cercanías del Festival Cervantino del 2000, me dijo que no pasara por ella a Zapopan para irnos juntos al Cervantino, que nos veríamos en Guanajuato. Había llegado su ex novio de Estocolmo y lo iba a llevar a conocer Tenacatita; mientras ella viajaba, yo debía adelantarme para apartarles hotel. Me lo dijo con tal seguridad y desparpajo como quien dice que va ir a acompañar al pan a su abuelita, pero mi mente latinoamericana recreó el Kama Sutra entre ella y su ex pareja sobre las arenas de una desértica playa nudista de Jalisco.

La dejé plantada en Guanajuato, donde yo sería su guía. Luego me buscó nuevamente en Guadalajara, sólo para llevarse un desplante indio de lo más solemne, al puro estilo de “Lorenzo Rafail” en María Candelaria. La verdad es que me sentía herido en mi más profundo sentimiento de macho mexicano.

Me dijo en su deficiente español que no me entendía: En su cabeza no cabía el motivo de mis celos. Yo tampoco la entendí a ella por no entenderme. No supe si fue su desfachatez o mi estupidez lo que más coraje me dio. Sólo recuerdo que hasta una piedra me descendió de los riñones y oriné sangre tres días entre terribles retortijones.

Ya luego supe por una de sus amigas que el citado ex novio era mayate, y que eso se estilaba en el norte de Europa. Incluso, se tumbaban encuerados en los parques bajo el sol los pocos días de verano que tenían, pero de todas formas no volví a saber de ella. Nos dividía un oceano de usos y costumbres.

Mejor buscaría a alguien de mi mismo continente, para no sufrir estocadas en el pecho.

No fue ni la primera ni la última vez que tuve contactos de tercer tipo con lo que para mí parecían extraterrestres, pero fue el que más me marcó, luego del affaire que viví tiempo después con una gringa que trabajaba de bailarina en el Circo Atayde Hermanos, donde se refugió después de haber sobrevivido al atentado de una embajada estadounidense en África Subsahariana. Ahí laboró hasta que Al Qaeda les puso una bomba. La contrataron en Lagos por su don de lenguas, ya que hablaba a la perfección el ruso, el alemán y el nigeriano, gracias a que antes había vivido con un ruso, un alemán y un Negrón, quien seguro fue el amor de su vida, pues nunca me lo dejó de mencionar ni dejó de comprarme con él hasta que le sugerí que volviera a África a buscarlo entre la sabana, porque definitivamente hay cosas y tallas  que tienen los hombres de color, contra las cuales jamás vamos a poder competir los descendientes de Moctezuma. El inglés era su idioma materno y yo me empeñé en la tarea de enseñarle a usar bien la lengua en mexicano antes de separarnos, a pensar de prometerme ante una cruz que su ex novio bateaba por ambos lados.

Mi coraje era más bien por el tamaño de bat.

Ya luego me incliné mejor por la belleza latina.

Como suele sucederle a todo residente de medicina, esté o no comprometido de manera sentimental, tarde o temprano termina enamorándose de una interna. En aquella época me valió madres mi primer matrimonio, la estabilidad, el qué dirán las damas de la vela perpetua, y por poco adquiero otra nacionalidad y me voy a vivir a Sudamérica. Pero para que la interna en cuestión, quien había llegado de intercambio,  pudiera quedarse en el país a hacer la especialidad como mexicana naturalizada, en vez de yo irme con ella a su patria, le reconocí como hija mía una niña que ya  traía de su tierra. Juntos nos paseamos como la Sagrada Familia durante un año por toda la república con nuestra bendición en los hombros, hasta que durante un mes me ausenté por cuestiones de trabajo, llegó de su país una vista inesperada, y rompió nuestro idilio. A mí lo que más me dolió es que el tipo haya dormido de mi lado de la cama, se haya puesto mi bata de baño y mis pantuflas y, claro, cargado en hombros a la que suponía mi hija. Para qué decir que el Kama Sutra volvió a asaltarme en la adolorida psique, sólo que ahora dentro del apartamento que rentábamos: sobre la mesa donde comía, en la estufa para calentar mis sagrados alimentos, sobre mi propio lecho y en mi lado del colchón. Aun cuando también ella me juró y perjuró que su ex esposo era maricón de closet.

Luego lo supe: había sido utilizado por ella para nacionalizarse, y así ella lo naturalizaría a él para poder cobrar sueldo como residente —era médico y aspiraba a quedarse a hacer la especialidad aquí—. En aquella época sufrí lo indescriptible, no dormí semanas y bajé casi 20 kilos, padecí fiebres y hasta un absceso se me abrió en el hígado, de la puritita muina; hoy me da risa y ya no siento nada al contarlo, pero si en aquel entonces no cometí un crimen pasional a punta de democráticos balazos —dos para ella, dos para su amante y los últimos dos del revólver para mi entenada—, fue porque decidí dejar la Ciudad de México y regresarme al pueblo que me vio nacer, para lamerme las heridas. Por fin, y sin tanto caminar, conocí a una muchacha flaca y color nubecilla de arrebol: de tez blanca pero llena de resplandor, con aquel color característico de provincia que dejaron ciertas estirpes europeas asentadas en el sur de Guanajuato en las múltiples intervenciones extranjeras, pero sin perder la indígena raíz arcana del suelo que convirtieron su patria.

Gracias a su inocencia pude tender una emboscada a la doncella de mirada cándida, sin saber que quien terminaría por rendirse para siempre, y confinarse en un solo hogar, como Napoleón en la Casa de Longwood de la Isla Santa Elena luego de perder Waterloo, sería yo. Y ella mi Josefina.

Hoy ella es el amor de mi vida. Cumplimos cinco años de feliz matrimonio y diez de no menos dichosa relación.

No es tan cosmopolita como la sueca, la gringa o la sudamericana, por eso no tiene ningún “íntimo amigo gay”. Además, lleva a mi tierra en sus manos y el primoroso aroma al peticor del Bajío cuando llueve sobre su barro fértil. Y esos besos. Sus besos saben al pan de mi pueblo, que es único en el mundo, y me han saciado el hambre de más desencantos interraciales.

Lo acepto: mea culpa ser ranchero guanajuatense, donde las acambaritas son de Acámbaro, las enchiladas tienen chile guajillo, las quesadillas son de queso, el hombre es hombre y la mujer, mujer.