Coronavirus

“…atenderé la contingencia epidemiológica con una cruda de cuatro semanas de chelas porque al internista, pese a sus tres demandas de pensión alimenticia,si le alcanzó la plata y se fue un fin de semana con la suplente de enfermería y sus tres bendiciones al zoológico de Morelia…”


Como médico, les puedo dar una cátedra técnica del Covid-19, pero como elegí la ortopedia y no la medicina interna ni la Infectología, lo puedo contar de manera simple, llana y entendible. Los ortopedistas somos lo que en la arquitectura correspondería a un maistro de obras: trabajamos con yeso, serruchos, clavos y tornillos, y tomamos caguamas directamente de la botella, luego de agarrarnos a madrazos con un hueso que se nos resistió a acomodarse. Somos los menos propensos a contagiarnos del coronavirus, porque estamos entre los pocos médicos que tienen cuatro periodos vacacionales,debido a las emanaciones radioactivas a que nos exponemos.

Si eres empresario o político, puedes importar el Covid-19 en alguno de tus viajes a Europa.

Pero si eres de Acámbaro, y más de la San Isidro o de La Cohinilla o la Chicoasén, o eres médico internista o urgenciólogo del IMSS con tres demandas de pensión,y crees que estás a salvo porque tus viajes más largos son los lunes a Celaya a surtirte en el tianguis, y los domingos al Zoo de Morelia, te explico que tampoco estás a salvo.

Aunque el eminente político viva en Celaya en su residencia del Campestre, como es panista y mocho no atiende la fase 1 de la contingencia, y va el domingo a misa en vez de verla en María Visión, y se sienta y tose en el mismo lugar donde tu esposa la Britany acude, luego de comprar ropa de paca en el tianguis del lunes, para pedir que no te corran de la fábrica donde trabajas y que está a punto de cerrar por la contingencia. Al final ella se persigna, besa la cruz y se va rumbo a tu casa con el virus que puede durar activo 48 horas, y que el eminente político panista trajo importado de su viaje al Vaticano.

La Britany, luego de regresarse tosiendo en el guajolojet, hace una escala en Salvatierra, donde se baja a tomar chesco y bañar con gotitas de Flügge (babas) el andén, antes de apearse de nuevo al bus para terminar de cumplir con la fase 2 de la pandemia. Al llegar a tu casa, besa a tus hijos y los contagia. Como tus chamacos son sobrevivientes del programa de Prospera, probablemente a ellos el virus no les hará ni cosquillas, pero van a visitar a su abuelita —ojalá que sea a tu suegra primero-, quien tiene obesidad mórbida, diabetes descompensada —que se controla con moringa– e hipertensión arterial —que se cura con una coca cola bien fría cada que le da el vágido–. Por lo mismo ya tiene daño renal y las defensas bajas, y entonces sí, el coronavirus se va a ensañar con ella, con la comadre Petrita de 70 años —que fue a darle una friega de VickVaporrubpara sacarle con ventosasel aigre contaminado del pulmón– y con su consuegra —tu mamá– que, con el pretexto de rezarle un rosario, fue a chismear si ya mero se moría la vieja jija del maíz que tanto se mete en la vida de su retoño y malaconseja a la nuera. Para ese entonces la fase de alerta ya pasó a la etapa 3, y en el mismo hospital van a confluir Celaya, Acámbaro y Salvatierra, junto con doña Petrita, tu mamá, tu suegra y hasta el político del PAN que trajo el virus desde el Vaticano, porque en el MAC y en el San José ya no tienen ventiladores.

Afortunadamente, como tú te llamas el Yustin y tienes menos de 40, igual que la Britany, sólo les da bronquitis. Pero en la etapa 3 por lo menos 50% del personal hospitalario va a estar infectado. Entonces yo, como traumatologo tal vez seré uno de los pocos médicos sanos porque, gracias a que tengo más periodos vacacionales, no estuve expuesto al virus —y si lo estuve, las internas en mi época de residente me dejaron inmunidad a bichos raros–, y me quedé en casa bebiendo caguamas a pico.

Entonces atenderé la contingencia epidemiológica con una cruda de cuatro semanas de chelas porque al internista, pese a sus tres demandas de pensión alimenticia, sí le alcanzó la plata y se fue un fin de semana con la suplente de enfermería y sus tres bendiciones al zoológico de Morelia, donde se tomaron un raspado de grosella —ellos son estudiosos, modositos y no toman caguama de la botella– de un carrito con forma de cisne, al que don Tiburcio —el paletero del zoo– le estornudó, y como al coronavirus le sienta el frío, ahí se jodió la cosa. El internista infectó al urgenciólogo cuando le gritoneó algo a la cara en una interconsulta sobre una tontería —la verdad es que deben tener problemas añejos por compartir sugar baby–. La enfermera suplente les pegó el Covid-19 a los enfermeros de base, a uno que otro residente, y el hospital… bien, gracias.

Todos en cuarentena, por no cumplir con la fase 1 de la contingencia, que te pedía quedarte encerradito en casa. Y ahora a mí, que soy un excelente especialista en curar huesos, pero que por desgracia —como el hueso ni late ni respira– hace años que no estudio la fisiología del pulmón ni el ciclo de Krebs, me ocasionarás estrés, sobrecarga laboral, y probablemente hasta un deliriumtremens, si por cumplir la cuarentenano me curo la cruda de la borrachera de un mes.

Así que cuida tu vida y la de los tuyos, y atiende las reglas del distanciamiento social, si no quieres que un traumatólogo que entiendea Seneca y a Platón, pero no un electrocardiograma, termine intubándote para salvarte la vida.

Por favor, pueblo. No te esperes a verle las rayas al tigre para echarte a correr, porque será demasiado tarde.

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