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16:24h. Martes, 18 de Diciembre de 2018

Dios los hace (cada quien su Valentín)

“…son gente común: médicos, profesores y burócratas, en su mayoría, quienes como yo, tal vez padecieron dislexia o algún otro trastorno mental que los arrojó hacia una pluma y un tintero…”

En una época lejana de mi vida, conocí, primero por sus dibujos, y luego a través de sus textos, a Antoine de Saint–Exupéry, luego a Lewis Carroll (tenía la versión con sus bosquejos, y la otra más famosa, ilustrada por John Tenniel). Ni hablar de los hermanos Grimm, quienes realmente no dibujaron nada, pero para un niño son ineludibles sus historias. 

Así comencé a montar obras de teatro que componía a partir de los cuentos leídos, para presentarlas en las semanas culturales de la primaria. No sabía por qué, pero sentía una necesidad fisiológica de escribir. Tal vez por mis problemas de dislexia se me dificultaba un poco el lenguaje verbal y me refugié en las letras. Ya luego, en la secundaria, conocí a Allan Poe, Guy de Maupassant, Chéjov, Ernest Hemingway, Horacio Quiroga, García Márquez, Borges, Virginia Wolf, Julio Cortázar, y decidí que debía ser literato, pero cuando me di cuenta de que por lo menos la mitad de ellos se habían suicidado o sus vidas habían terminado de manera trágica, pensé en mejor alejarme de la fatalidad y dedicarme a una profesión más humanística. Terminé en la facultad de medicina. Pero jamás dejé de escribir.

Fue así como conocí a grandes amigos y compañeros, algunos en persona, otros a través de sus textos que no me atrevo a enumerar por el miedo de cometer alguna omisión, pero a quienes llevo siempre en la quinta costilla izquierda, la más cercana al corazón.

Me gusta pensar que algunos de ellos son agentes secretos de la Interpol, o de gobiernos revolucionarios que intentan asirse al poder. Luego analizo que no, que más bien son gente común: médicos, profesores y burócratas, en su mayoría, quienes como yo, tal vez padecieron dislexia o algún otro trastorno mental que los arrojó hacia una pluma y un tintero, de lo que hicieron otra profesión para escapar de la medianía de una vida rutinaria, sin tener que hacer grandes desembolsos o verse envueltos en peligros mortales.

Como sea, mis amigos son todo, menos comunes.

A quienes conozco en persona y tengo cerca, hace mucho que no los veo. La última vez que estuvimos reunidos fue gracias a Jaime Panqueva en Irapuato, en la presentación de una antología literaria. Ya luego, en los pasados tres años he estado totalmente alejado de las letras.

La necesidad económica (más que necesidad le llamaría ambición, ya que lo que ganaba anteriormente me ajustaba bien a mis necesidades) me mandó a hacer tareas administrativas y contables que nada tienen que ver con mi formación humanística, sino todo lo contrario. En el neoliberalismo, los atributos de un buen líder son los peores defectos de un hombre íntegro. Necesitan lobos de Wall Street, grandes economistas, narcisistas, sin empatía, sólo con amor a la carroña que deja el ahorro a costa del sufrimiento humano. Hoy me siento un Charles Bukowski en su oficina de correos, sólo que en lugar de clasificar y enviar correspondencia, debo acatar órdenes tajantes como un agente de las SS, por muy altaneras e insensatas que parezcan. El NWO que rige la ultraderecha quiere que todo funcione como línea de producción y que el médico se comporte como ingeniero industrial o corredor de bolsa. Y los que figuramos en las nóminas de mando estamos para que se cumplan los algoritmos de la OCDE y el FMI.

Pero al primer amor jamás se le olvida, lo mismo perdido en un laberinto burocrático que en una isla desierta, y el mío fue y sigue siendo la literatura.

De ese modo he vuelto a tener noticias de mis hermanos de letras.

Aunque ya no puedo encontrarme con mis grandes carnales en las ferias literarias ni en los encuentros de escritores, es para mí un gran placer saber que seguimos coincidiendo a través de los libros, en trabajos de antologías donde figuran cuentos míos que ya se habían borrado (literal) hasta de las memorias cibernéticas. Sigo teniendo esa mala costumbre de no respaldar los trabajos, y cada que mi vieja computadora se enferma o pierdo un celular, debo comenzar de cero.

Es para mí una enorme alegría saber que, a pesar de las vicisitudes, ven la luz del día obras como “El Tótem de la Rana, Catapulta de Microrrelatos”, donde coincidimos escritores, casi todos nacidos, radicados, o de alguna manera ligados al estado de Guanajuato. Entre ellos están entrañables plumas como las de José Manuel Ortiz Soto, Pedro Omar Rivera, Macaria España, Úrsula Fuentesberain, Rosa Delia Guerrero, Armando Gutiérrez Méndez, Camelia Rosío Moreno, Jaime Panqueva y Jeremías Ramírez Vasillas, insignes hombres y mujeres de letras que forjan el acervo cultural de mi estado con fugaces relámpagos de ficción, que no por cortos dejan de ser eternos. 

Mencioné únicamente a quienes he tenido la fortuna de conocer en persona, pero la antología, editada por la BUAP gracias a mi también amigo Fernando Sánchez Clelo, director de la colección “Ficción Express” de la Universidad de Puebla, es mucho más rica en historias y autores.

Sentí tanta nostalgia al ver la portada y el nombre de mis camaradas, que no pude evitar una furtiva lágrima.

–¿Estás llorando? –preguntó el niño más pequeño cuando me miró  frente al ordenador donde siempre estoy atareado, realizando tableros de control, capitales constitutivos, devengos, análisis de riesgos o planes operativos.

–No, hijo. Papá está escribiendo de nuevo –le dijo mi mujer, quien al paso de los años ha aprendido a conocerme mejor que yo mismo. 

–¿Para qué lo hace?

–Porque para él siempre ha sido muy importante escribir cada día, en cualquier condición... habrá que apoyarlo, comenzar a ahorrar plata y olvidarnos del BMW nuevo. Sospecho que muy pronto renunciará al puesto que tiene. 

–Saca tus papeles del Tec de Monterrey y pide ficha en la UNAM –le comentó luego en voz baja a mi hija mayor, quien se encontraba cerca.

–¡Fuchi! Va a dejar de bañarse de nuevo –contestó la joven, despreocupada.

Me di cuenta de que sentí paz al escucharlas, y que de ahí en adelante mi reloj podía volver a latir de nuevo a su ritmo.

A diferencia de la vida real, donde tenemos que trabajar, cumplir horarios, protocolos y metas para comer y pagar hipotecas en lo que nos llega en momento de morirnos, casi siempre encadenados a un escritorio, mi primer amor, la literatura, es gratuita, libre e infinita.

Eso sólo lo entendemos los locos que sumergimos la cabeza en el tintero y luego nos juntamos por las circunstancias, y no cualquier persona o trabajo soporta la fatalidad de tolerarnos toda la vida, negados a convertirnos en el monstruo mitológico de modernismo, híbrido de los Jinetes del Apocalipsis, en aras del ahorro en la educación, la salud y la cultura, que tarde o temprano desatará guerras, hambrunas, ignorancia, enfermedad y muerte.

Por eso amo a mi esposa, amo a mi familia y amo a esos locos que en muchas ocasiones sólo conozco entre textos, pero que son mis verdaderos amigos.

A ellos, sin bombones ni mimos melosos, pero de todo corazón: feliz día de San Valentín.