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13:01h. Martes, 25 de Septiembre de 2018

“Pero poco a poco comencé a notar que talaban los árboles y que el lago se quedaba sin agua. Luego supe que desviaron el cauce del riachuelo que lo alimentaba, hasta quedar convertido en una llanura arcillosa lista para fraccionar…”


Cuando me mude de casa por última vez, tenía 39 años y había decidido detener al tiempo corriendo. Aún no llegaba ni a la media centuria, pero estaba resuelto a esperar la vejez en buena forma.

 

El fraccionamiento donde adquirí el inmueble se encontraba cerca de un lago llamado “El Bordo”. Y digo que estaba, porque aunque mi casa no se ha movido de lugar, “El Bordo” ya desapareció.

Tres cosas me hicieron mudarme ahí:

La primera, que la nueva casa la levantaron dentro de los terrenos de un rancho que antes había pertenecido a mi familia y me traía recuerdos de infancia, entre ellos la segunda cosa que me hizo elegir aquella zona y era precisamente “El Bordo”, con su hilera de álamos, de sabinos y sauces llorones que a la luz del ocaso parecía un paisaje de Claude Monet; lugar al que acudía de niño durante los veranos en compañía de mis primos, todos resortera en mano, a matar lagartijas y víboras chirrioneras. Pensé de manera ingenua que sería eterno aquel paraíso campestre a donde, ya anciano, podría sacar a pasear a diario un perro labrador como el de Ernest Hemingway, y pescar por las tardes viendo los arreboles en la pacífica sierra de Tócuaro, mientras el can nadaba tras los patos migratorios. Y es que este razonamiento también estaba ligado con la tercera causa por la cual me mudé donde ahora vivo: dejé mi pequeño, pero cómodo departamento de soltero en el centro de la ciudad, porque acababa de amancebarme (no sé delimitar si por enésima o centésima ocasión, porque hasta hoy no he entendido bien dónde termina un noviazgo e inicia un amasiato, y donde concluye éste para comenzar a vivir en matrimonio). Lo que sí sé es que, a pesar que cada vez que soy abandonado y juro no volver a cometer el mismo error, pronto recuerdo que los animales en cautiverio estamos destinados a ser más longevos que las bestias salvajes. Aunque perdemos identidad, ganamos vida.

 

No es que sea conformista. Sé que a este valle de lágrimas se viene a trabajar y a sufrir, pero aun así trato de no amargarme con deseos guajiros ni vender mi felicidad por un plato extra de lentejas, porque lo único que puede robarle uno a esta vida es tiempo. Lo demás aquí se queda.

Decía mi abuelo que el sufrimiento se hizo para los tarugos. No puedo asegurar que sea cierto; sin embargo, con ese consejo sufro un poco menos que los demás, y tal vez sea por eso que no tengo ganas de morirme pronto.

Entonces preferí casarme otra vez, con tal de ser un animal domesticado que come a sus horas, duerme a sus horas, hace el amor a sus horas y se embriaga en casa los fines de semana, viendo el fútbol bajo la maternal mirada de una mujer, sin exponerse a los peligros de la calle como las balas, los golpes, los virus de mono ni nada de esas cosas que lo pueden llevar a uno a la tumba prematuramente. Incluso mi mujer, en su infinita comprensión, mandó instalar barras para discapacitados en los baños, y así evitar que me desnucase en cualquier borrachera.

Como ya lo dije, en cuanto me mudé a mi nueva casa, me compré un par de zapatos tenis y comencé a correr en soledad bajo los árboles del lago, escuchando su canto a la suave caricia del céfiro, sin toparme apenas con uno que otro corredor que, como yo, gustaba del agua, de la naturaleza, de la soledad. Yo revivía mis aventuras infantiles mientras completaba los 9 kilómetros de rigor entre trinos de cenzontle.

Pero poco a poco comencé a notar que talaban los árboles y que el lago se quedaba sin agua. Luego supe que desviaron el cauce del riachuelo que lo alimentaba, hasta quedar convertido en una llanura arcillosa lista para fraccionar.

Cuando se secó el último charco y talaron el último sabino, dejé de ir a correr.

Hoy ya no hay árboles. Lo único que se levanta son tolvaneras de polvo. Lo llaman como eufemismo “El Valle de Acámbaro”, aunque debían renombrarlo: “El Valle de las Ánimas”, porque últimamente le ha dado al crimen organizado por ir a tirar ahí a sus víctimas mutiladas.

Tardé cinco años en reponerme de esa pérdida del hábitat natural de mi infancia, cinco años que envejecí sin hacer ejercicio. Parecen pocos para un veinteañero, pero para un cuarentón son el doble, y para un sesentón, el triple o el cuádruple.

Ahora suelo correr en una polvorosa pista artificial casi sin atractivos, sorteando perros, balonazos y tratando de no tropezar con otro corredor cuando se me atraviesa algún trasero suculento que me distrae. Aunque ya nada más aguanto tres kilómetros de carrera antes de querer infartarme, y bastan para sentirme agotado el resto del día, por eso procuro correr de tarde.

Dicen que construirán una avenida muy grande donde estaban los sabinos, un centro comercial con cines y hasta un hospital en sus inmediaciones. Ahí quedará mi infancia bajo el concreto.

¿Qué dónde pasearé al perro?

Creo que cuando sea anciano, en lugar de perro compraré un gato. También Hemingway era un viejo borracho con gatos, tantos que sus descendientes (se reconocen porque tienen un dedo de más) aún pululan por la calle Obispo de la Habana Vieja, cerca del hotel “Ambos Mundos”, donde vivió 12 años antes de casarse por tercera vez y comprarse una finca en La Colina “La Vigía”. La Habana es la única ciudad donde he visto más gatos callejeros que perros, aunque dudo que todos sean tataranietos de Bola de Nieve, el primer felino de Ernest.

¡Recapitulo!

Pensándolo bien, si me abandonan de nuevo, solterón, añoso, escritor y con gatos,  pareceré del lobby gay. Mejor adquiriré un hamster.