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19:13h. Martes, 27 de Junio de 2017

“Mientras miraba entre asombrado y medio hipnotizado a dos muchachos haciendo contorsiones sobre las butacas del cine, se me acercó un enorme electricista…”

 

 

Salías del templo un día, llorona
Cuando al pasar yo te vi
Salías del templo un día, llorona
Cuando al pasar yo te vi

Son istmeño

 

 

Quienes nos dedicamos a escribir, buscamos historias hasta donde no las hay. Ese fue mi caso este Jueves Santo que, mientras recorría Morelia con las manos en los bolsillos, no atinaba si escribir acerca del bombardeo en Siria que le pidió la señora Melania a su esposo, como la cabeza de San Juan Bautista exigida por Salomé al tetrarca Herodes Antipas para besarla sobre una bandeja de plata; o mejor aún, hablar de otro glorioso presidente, quien llegó a la brillante conclusión que nuestra jodidez está en la mente de los mexicanos y es por causa de algún psíquico que nos tiene hipnotizados, viviendo en una realidad alterna a la riqueza con la que él y toda la clase política la perciben, que nos creemos en crisis.

Así es que el Jueves Santo, mientras otros se entretenían en la visita de las siete casas, yo, que no me gustan las aglomeraciones de rezanderas, me desvié del grupo familiar y me fui a visitar las calles más alejadas del Centro Histórico de la antigua Valladolid, ciudad vecina donde viví mucho tiempo realizando estudios. Luego de andar algunas cuadras pasé frente al viejo "Cine Arcadia", antes llamado “Buñuel” y que ahora tiene un letrero que dice "el cine se ve mejor en el cine", y una cartelera de XXX a la vista del público por la calle Eduardo Ruiz número 671, donde ese día estrenaban una  película llamada "El Picachú picochón".

Jamás, ni en mis años mozos, había entrado a un cine para adultos, por lo que me auto conformé con que siempre hay una primera vez para todo y me metí a la sala con toda la inocencia de mis 43 años, 3 matrimonios, el triple de amasiatos y aun así, sin haber presenciado  jamás lo que adentro vi.

Al inicio me llamó la atención la cantidad de personas del "tercer género" que había en las lunetas. No pude evitar pensar: «Dios mío, que no me toque... y si me toca, que no me guste».

La película porno, tipo “todos contra cualquier cosa que tenga hoyo” que proyectaban, era lo más decente del recinto y lo que menos escandalizaba; con razón, desde que pasé a la dulcería por unas rosetas de maíz para mantener entretenida la panza, me ofrecieron un par de preservativos sabor cereza.

La penumbra fue total al principio del filme. Ya luego se comenzaron a descifrar de una en una, las siluetas como plastrones amorfos en movimientos repetitivos, abrigados de la luz.

Mientras miraba entre asombrado y medio hipnotizado a dos muchachos haciendo contorsiones sobre las butacas del cine, se me acercó un enorme electricista (digo que era electricista porque llevaba overol de mezclilla con herramientas para tender cableado en el peto y las bolsas, así como botas aislantes), me cogió del cinturón con una mano y la barbilla con la otra. «¡¡Épale, no me sales!!» grité, y me soltó, no sin antes emitir una risilla maliciosa. Estuve a punto de propinarle un puntapié, pero sus casi dos metros de estatura me hicieron desistir del intento, a pesar que hasta las palomitas dejé regadas por el piso del recinto, junto a mi resignación. Me incliné a recogerlas de una en una, para evitar suciedad. De pronto sentí que una especie de culebra más dura e inclemente que el hambre me golpeó la espalda, y lo que vi tras de mí me aterrorizó aún más que el gigantón electricista. Hice un resorte con las piernas, me incorporé a fuerza de brincar, y salí corriendo por donde había entrado 10 minutos antes. Cuando me di cuenta ya estaba junto al resto de la familia, orando fervoroso, arrodillado en templo de Las Rosas como si lo hiciese en el mismo Huerto de Getsemaní. «¿Tan rápido encontraste el tema de tu narración?, ¿no que te desesperan las aglomeraciones de rezanderas?», preguntó mi mujer.

En la próxima ocasión prefiero no andarme exponiendo en busca de historias, y mejor les platicaré algo de política.

Para quien pensó otra cosa, fue la misma Llorona con un báculo de serpientes la que se me apareció en el cine "Arcadia" de Morelia, por no guardar los Días Santos.