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13:01h. Martes, 25 de Septiembre de 2018

"...Gran parte de los electores no votamos a favor de un candidato, sino en contra de un partido, de un sistema, de una contracultura..."


Cuenta la tradición que la OCDE hizo un certamen para identificar al partido político más corrupto del planeta. No es necesario, dijeron sus miembros, sabemos que es el PRI mexicano. Para comprobarlo se hizo el concurso, que arrojó un resultado extraño: en lugar de ser elegido el más corrupto, el PRI fue seleccionado como el partido más transparente. Ya después se descubrió que habían sobornado al jurado.

Querer culpar a los mexicanos por su clase política, y exculpar al PRI en lo particular de los actos de pillaje de este sexenio y la crisis de valores, “porque todos somos iguales y el cambio está en uno mismo”; es como generalizar y decir que la inseguridad está al tope porque “todos pertenecemos a un cártel de la droga”.

El PRI es el partido que a nivel mundial acumula más escándalos. Echarle la culpa a toda la clase política de lo que por lo general hace un solo partido sería injusto, aunque sabemos que donde quiera se cuecen habas.

Los problemas más oprobiosos son la impunidad con la cual pueden saquear a un país y el cinismo, cuando un partido crea, durante décadas, la estructura necesaria para salir impune de la corrupción.

¡Y hablar del partido más corrupto ya son palabras mayores!, porque los partidos políticos son las instituciones más desaseadas del orbe, según el Barómetro Global de la Corrupción dado a conocer por Transparencia Internacional.

También en Japón, Dinamarca o Nueva Zelanda hay políticos deshonestos, pero en cualquier parte de la tierra, incluidos países del Tercer Mundo como Guatemala, si son descubiertos, son castigados.

En un estudio entregado con motivo de la celebración del Día Mundial Contra la Corrupción establecido por las Naciones Unidas, se observa que el mal de muchos es el consuelo de los tontos, porque en seis de cada 10 países, los políticos obtienen la peor calificación.

Con respecto a México, en un estudio de la organización civil Opciona en colaboración con la encuestadora Votia, quienes se dieron a la tarea de investigar quienes eran los más corruptos entre los corruptos, de acuerdo a la percepción ciudadana, arrojó lo siguiente: el PRI, el PRD y el PVEM son considerados los partidos menos transparentes del país.

De acuerdo con esta medición, el 83% de los mexicanos ve al PRI como un partido desaseado. A éste le siguen el PRD con 71% de percepción negativa, delante de un 60% con respecto al PVEM.

Esto quiere decir que hasta entre los puercos hay unos más trompudos que otros.

Para terminar con este flagelo, primero se deben aniquilar las estructuras partidistas que operan a sus anchas de manera impune desde los estados, como si fueran sus feudos; y también desde los sindicatos, considerados como empresas privadas por sus líderes, salvo excepciones. Son precisamente éstos quienes al día siguiente de golpear fuertemente a López Obrador, utilizando de manera descarada la coacción hacia sus representados, ahora están besando los pies al presidente electo, en busca de su venia. Se les olvidó que debían velar por los intereses de sus agremiados, no estar motivados por la ambición de una silla en las cámaras. Por eso, junto con el PRI merecen caer todos sus charros.

López Obrador llega como ninguno, con carro completo en los congresos, ampliamente legitimado en el ritual de las votaciones y con las reformas estructurales necesarias para sacar adelante al país. Es innegable que le dejarán vacías las arcas, pero esperamos que eso no sea pretexto para no crecer económicamente. No tendrá justificación válida para entregar un país en el 2024 en peores condiciones de como lo recibió. De lo contrario, corre el riego de que su bancada sea puesta en el muro de la ignominia y termine más golpeada que el Cristo de Iztapalapa. Porque al electorado lo seducen una vez, dos veces cuando mucho, como le sucedió al PRI, que nos pidió hace seis años una segunda oportunidad bajo el juramento de que ya habían cambiado, pero con toda su maquinaria echada a andar de nuevo, no pudo contener el descontento nacional y fue linchado y crucificado en un acto público.

Nuestra medida punitiva la aplicamos en las urnas porque repudiamos más de lo mismo. Gran parte de los electores no votamos a favor de un candidato, sino en contra de un partido, de un sistema, de una contracultura. Ahora esperamos que nuestro castigo sea respetado de igual forma que los resultados electorales, pero no bajando de la Cruz a quienes se quedaron sin hueso, para hacer de MORENA un refil, una empresa de mudanza, un nuevo PRI de trompa grandotota y colmillos más retorcidos.

Si el Lic. López Obrador quiere perdonarlos, ¡que los perdone en el fondo de su corazón!, pero que no los acepte como parte de su gobierno, porque para muchos de nosotros, que además de nuestra credencial de elector en la bolsa, salimos a las urnas con nuestra memoria histórica y nuestra dignidad pisoteada a apoyarlo (la mayoría en contra de la voluntad de jefes y sindicatos), no hay ni perdón ni olvido, y eso también debe de respetarse a modo de demostrarnos que nuestro sufragio no tuvo sólo una utilidad ritual, como cada año la Pasión del Cristo de Iztapalapa.