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17:12h. Martes, 16 de Enero de 2018

“Pero hay algo aún más valioso que el tiempo, y eso nadie nos lo puede comprar: el último suspiro…”

De niño, cada 5 de enero volteaba hacia el espacio sideral para ver por donde venían los Reyes Magos, y así aprendí a contemplar el universo. Supe con exactitud la ubicación de las galaxias. Hasta que me enamoré por primera vez de quien fuera mi mejor amiga de la infancia y se me revolvió el cielo. Eso marcó mi paso de niño a adolescente. Luego me hice adulto y dejé de mirar las estrellas. Quedé ciego a la belleza del infinito, así nomás un día, sin darme cuenta.

Hace muchos años, antes de que me crecieran juntas la próstata y la barriga, era un joven guapo, delgado, de facciones finas, lo cual en un país donde dominan los feos más que atributo, es una desventaja porque te confunden con niña o maricón, y estás obligado a demostrar tu hombría. Eso me llevó por el mundo de flor en flor hasta que encontré a la mujer de mi vida.

Pero dicen los que saben que el primer amor jamás se olvida.

Ya luego, con ayuda de las leyes del tiempo, he ido sembrando cada una de mis canas y trazando a mano todas mis arrugas, en un afán de lograr algo que tiene sólo valor relativo. Algo que es, literal, papel pintado, y que nos han hecho creer que es el combustible de la felicidad. Así me he enganchado años a un escritorio para hacer labores administrativas que no me satisfacen. El resto de los trabajadores no somos mejores que las prostitutas. Ellas venden su cuerpo; nosotros lo más valioso que tenemos, nuestro tiempo, y no sólo el propio, también el de la gente que nos ama y nos necesita, a cambio de unos bonos para el banco de la ilusión.

Si bien, uno tiene que trabajar porque tampoco nuestras familias tienen la culpa de haberse topado con un loco nihilista y necesitan vestido, casa y sustento, ya que de poesía no comen, es incongruente hacerlo por reconocimiento o por un plato de lentejas extra, a cambio de la propia dignidad. Todo lo que nos sea inútil en una isla desierta para sobrevivir, es inútil en realidad.

De esta forma malbaratamos la vida.

Pero hay algo aún más valioso que el tiempo, y eso nadie nos lo puede comprar: el último suspiro.

He atestiguado de personas que agonizan durante horas, incluso días, esperando ver por última vez a su ser más querido. El clásico, “no se podía morir hasta que llegaras”.

Basado en eso, y con mis años de carrera médica, puedo asegurar que el último minuto de vida es el más importante desde que nacemos. Y ese último minuto, u hora o día, se puede alargar únicamente por obra de la voluntad y no con dinero. El último suspiro es de las muchas cosas que todavía no están a la venta, así seas el hombre más rico del mundo y puedas adquirir una isla o un país entero para ti solo.

Algunos lo usan para confesarse o pedirle perdón a alguien. Otros aguardan al hijo favorito, algunos más sólo esperan sentir en la mejilla el beso que nunca llegó.

Se cree que una muerte rápida es bonita, pero no se tiene la fortuna de apreciar el último minuto, el de la reflexión, el del perdón y del autoencuentro. A mi juicio, es mejor romper despacio el cascarón para dejar salir el alma poco a poco, y no de golpe.

Es tan valioso un solo segundo, que ni Steve Jobs con toda su plata pudo decidir cuál sería su exhalo final.

Si te dejaran llevar aunque sea una copia fotostática de tus títulos de propiedad, luego de muerto, convendría seguir atesorando. Pero nada. Tutankamón sigue aguardando a que lo trasladen desde Luxor hasta el museo de El Cairo, donde reposan sus riquezas, con la ilusión de comprar unas horas más de vida con ellas, cosa que, obvio, no hará aquél que un día fue el hombre más poderoso, y a quien para eso enterraron con todas sus pertenencias.

Hace poco cumplí 45 años, y reflexioné que ya había sobrepasado con mucho la esperanza de vida que se tenía hace cien años en México. Entonces me volví a fijar en el cielo:

Andromeda le había pintado los cuernos a Perseo; la Vía Láctea la había comprado Nestlé; a la Osa Mayor le dio Alzheimer y la Osa Menor se dedicaba a la prostitución en un elegante burdel donde regenteaba varias estrellas descarriadas; un rey mago vendía piratería, el negro tiraba droga y el árabe era de Al Qaeda. Había un caos total.

¿Se acuerdan de esa niña de la que me enamoré por primera vez y me revolvió el cielo? Cuando me fui de Veracruz, donde pasé mi adolescencia, jamás me despedí de ella (debo confesar que desde siempre me ha acobardado la posibilidad de no volver a ver a la gente que amo, y prefiero huir sin decir adiós. Si de alguien no me despedí tiene la seguridad de saber que lo amé). Eso debió haberle roto el corazón. Tiempo después la busqué y me dijeron que vivía en España con sus abuelos. Ahí quedó el asunto. Pero hace días la volví a encontrar después de una vida de ausencia. El lugar y las circunstancias no vienen al caso.

A escondidas del mundo: de su esposo, de mi mujer, de nuestros hijos, e incluso de su primer nietecito a quien llevaba dormido en brazos (y que luego supe que también era mío), nos dimos un beso y nos dijimos adiós; entonces todas las constelaciones, volvieron a su lugar. El mundo mismo volvió a tener la congruencia que tuvo sólo cuando fui niño, donde todo era admirable, tan desconocido que no importaba divertirme con mi mejor amiga mientras nos estrellábamos en un carro deslizador Avalancha aunque nos rompiéramos los huesos y el corazón. En realidad no había maldad. A esa edad los instintos son puros, sin interdicciones sociales, como la isla desierta de mi ejemplo donde lo más valioso es la compañía.

Me di cuenta que a partir de ahí ya contaba con lo que se le niega hasta al hombre más rico del mundo.

A mis 45 años ya no puedo condenar el sendero que transité, cambiar mi pasado, ni renunciar al trabajo que tengo y volverme marinero para recorrer el mundo y vivir nada más de poesía, pero les aseguro que hoy podría exhalar el último suspiro en paz.

Estoy preparado para ese día sin que me agarren las prisas por haberme perdido entre cosas sin importancia como el papel moneda pintado, que en una isla desierta me servirá lo mismo que la yesca: sólo para prender fuego.