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20:00h. Domingo, 19 de Agosto de 2018

“…nos han robado a todos la inocencia y están comenzando a producir las primeras generaciones de mexicanos nacidos en un conflicto armado, que deben presenciar atrocidades desde jóvenes…”


No sé si a todos les pasaba igual, pero yo, cuando era niño no entendía a los adultos. Los escuchaba platicar, sí, pero no comprendía mucho de lo que decían. Parecía que hablaban en parábolas. Porque el lenguaje de un niño siempre es franco, directo, a veces hasta crudo e imprudente. Los eufemismos nos llegan con la adultez.

Hace unos días, observaba compungido cómo completaba mi niño de tres años, el más pequeño de todos, cinco días enfermo sin datos de mejoría, y lo mandé con su mamá a que le hicieran exámenes de laboratorio.

Yo achacaba sus fiebres a un susto que nos llevamos una semana antes, cuando mientras viajábamos rumbo a la ciudad de León, miramos en uno de los pueblos intermedios a donde entramos para almorzar, tiradas a media escarpa, unas personas que murieron acribilladas. Todavía no llegaban los cuerpos de rescate ni tapaban los cadáveres. Mi esposa y yo no pudimos evitar que nuestro pequeño también los viera. Lo peor: era la tercera vez que presenciaba una escena similar en su corta vida. Recuerdo que yo vi por vez primera a un difunto a los 12 años de edad, en un accidente ferroviario en el que al Pulman donde viajaba de la Ciudad de México a Veracruz, se le atravesó un automóvil. Aunque por mi profesión he vuelto a ver decenas de personas dar su último suspiro, todavía no olvido aquel rostro de espanto del automovilista finado, lívido y tieso como maniquí, que me despertó muchas veces de madrugada.

«Se están desangrando», dijo mi mujer atribulada ante la escena de horror.

El espectáculo era, por decir lo menos, dantesco, pero no me voy a sumir en adjetivos amarillistas que describan la pesadilla del momento.

Cuando el niño nos preguntó que porqué habían caído aquellos hombres en un charco de sangre, lo único que se me ocurrió decirle es que no era sangre, sino aceite de carro y seguramente algún amigo les hizo la broma de derramárselos encima. El pequeño se quedó dubitativo y no dijo más. Recordé aquella película italiana donde un padre engañaba todos los días a su hijo para que no se diera cuenta que estaban dentro de un campo de concentración y que tarde o temprano los alcanzaría la fatalidad.

Cualquier conflagración infringe gran sufrimiento a la población civil, sobre todo a quienes todavía son demasiado jóvenes para comprender lo que está ocurriendo y no tienen ninguna forma de defenderse contra el peligro.

Al perderse la tranquilidad, comienzan a surgir generaciones enteras con profundos traumas emocionales que la marcan, ya sea por la muerte o desaparición de miembros de la familia, el éxodo forzado de poblaciones completas, o atestiguar de manera repetitiva actos de violencia. ¿Cómo explicar a un menor que todavía no comprende el mundo de la maldad del ser humano, que en ese líquido luminoso y profundo que emana por las heridas de bala se escapa también la vida? Piensa uno que ellos no piensan más que en juegos y su inocencia los hace presa fácil del engaño, pero no siempre es así.

Creí que lo había asimilado bien, hasta las calenturas sin causa aparente que comenzaron a aquejarle.

Días después que la fiebre no le cedió y su madre lo llevó al laboratorio de análisis clínicos a que lo pincharan, el pequeño llegó indignado, todavía lloroso, a contarme cómo una señora de bata blanca le había sacado con una aguja “el aceite”, lo había colocado en frasquitos, y muy seguramente él iba a morir “desengrasado” (en lugar de desangrado), como los señores a quienes dispararon en la calle.

Quisiera que fuese un chiste, pero todo lo contrario, me llené de tristeza al darme cuenta de que los niños saben del horror que estamos viviendo en ciudades donde todos los días se registran enfrentamientos que escucha uno a lo lejos, dando gracias a Dios por haber llegado a tiempo a casa.

No sé en qué momento se habituaron los niños a la violencia tanto, que primero se enseñaron a temerle a la muerte antes que entenderla en su justa dimensión, sin aún saber expresar verbalmente el horror; lo que  a nuestra generación le tomó tal vez diez o más años.

Hoy la corrupción, la falta de oportunidades, la narcopolítica y esta absurda guerra que no termina luego de casi 12 años ininterrumpidos de baños de sangre, nos han robado a todos la inocencia y están comenzando a producir las primeras generaciones de mexicanos nacidos en un conflicto armado, que deben presenciar atrocidades desde jóvenes, lo cual los hace desarrollar la convicción de que la violencia es una forma –como cualquier otra- de resolver disputas. Esta triste situación sociocultural no sucedía desde hace cien años, en la Revolución Mexicana.

Afortunadamente para mi hijo, la fiebre se debió a una varicela que luego le brotó sin dejarle secuelas. Desafortunadamente, temo que lo que presenció días atrás sí le dejé una cicatriz difícil de borrar.

Para concluir:

Aunque no se tiene una cifra exacta de la cantidad de víctimas que hubo durante la Revolución, la mayoría de las fuentes apuntan a que pudo haber de trescientos mil a cerca de medio millón de muertos.

El censo poblacional de 1910 arrojó una población de 15 millones 160 mil 369 habitantes, mientras que el de 1921 indicó que México tenía 14 millones 334 mil 780 habitantes. A esta diferencia aproximada de un millón se le debe restar la disminución de la natalidad, la inmigración a otros países, así como los fallecidos a causa de la gripa española en 1918 que, se asegura, llegó a causar la muerte de 450 mil personas. Sumándole los nacimientos en ese periodo, arroja un aproximado de más menos 300 mil.

En pleno siglo XXI, en 11 años, 5 meses y 21 días de conflicto, contabilizamos entre muertos y desaparecidos casi las mismas 300 mil víctimas en el mismo lapso de tiempo.

Quienes se pronuncian en contra de una amnistía, o no lo han analizado porque viven en la frágil burbuja de seguridad que es la Ciudad de México (tras un cristal similar morábamos hace 10 años los Guanajuatenses), o les valen sorbete estas cifras.

Hasta que se es alcanzado por el conflicto, entiende uno en toda su brevedad la palabra paz.