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05:38h. Viernes, 20 de Octubre de 2017

“…quienes constituimos la base económica del país —la clase media— y sostenemos los programas sociales con nuestros impuestos puntuales, no podemos elegir porque somos minoría…”

Esta semana que pasó estuvo muy ajetreada en el terreno político. 
Aunque al parecer, por lo pronto sólo se conoce con seguridad a un candidato para contender a la presidencia de México en el 2018, los enroques y las divisiones comienzan a abrirle la puerta a otro personaje del blanquiazul, arropado por el Frente Amplio Opositor: el queretano Ricardo Anaya.
Si bien, es cierto que Margarita Zavala era la mejor posicionada en las preferencias dentro de Acción Nacional, con encuestas no se ganan las elecciones.
El PRI, que parecía muerto, ve por fin una luz al final del túnel y se fortalece con esta renuncia; el Frente Amplio tendrá la oportunidad, ahora sí, de cerrar filas en torno a un solo personaje; y el puntero de todos, López Obrador, ni suda ni se abochorna, porque por lo pronto descartó a su contendiente más cercana, que aunque se lance por la vía independiente, sólo logrará dividir votos para favorecer a PRI, cosa que a Andrés Manuel parece no incomodarle desde el pináculo de las preferencias. Aunque debe tener cuidado, porque como dije, las elecciones no se ganan con encuestas y cualquier error suyo o de sus cercanos puede hacerlo caer por un acantilado desde las alturas del Everest.
Los iliotas eran un sector de la sociedad espartana. No se trataba estrictamente de esclavos, sino siervos: pertenecían al Estado, estaban adscritos a la propiedad que cultivaban, y no eran objeto de comercio. Se casaban, tenían hijos y se quedaban con los frutos de su trabajo, una vez deducida la renta que correspondía al titular de la hacienda. No votaban, pero podían  convertirse en ciudadanos libres de Esparta. Eran una especie de clase media baja —la clase netamente baja la conformaban los esclavos. Cuenta Plutarco que las ciudades Estado donde los iliotas decrecieron por un fenómeno llamado oligoantropía, fueron desapareciendo (los iliotas eran los que sostenían la economía, y cuando así convenía a la polis, se convertían en soldados), hasta finalizar el esplendor helénico con la dominación romana.
Traslapado a la época moderna, los ciudadanos de a pie, que no comemos de la política, pero que por las malas políticas hay días en que no comemos, sólo vemos con recelo los enroques y triquiñuelas de azules, amarillos, rojos, verdes, anaranjados y morenos que intentan, unos seducirnos, otros no asustarnos, pero cuyo único objetivo a final de cuentas es acceder al poder.
Vivimos en una democracia imperfecta que poco tiene que ver con las de las polis griegas o la romana. Aquí, quienes constituimos la base económica del país —la clase media— y sostenemos los programas sociales con nuestros impuestos puntuales, no podemos elegir porque somos minoría, y debemos sufrir la decisión de una mayoría que constituye a la población con menor nivel educativo, que no paga impuestos, pero tiene un gran poder en las urnas. 
Rezo porque esta vez sí sepan elegir, ya que a los iliotas no nos quedará —como siempre— más remedio que mirar cómo se desenvuelven las cosas, y sufrir las consecuencias para bien o para mal.