San Miguel Allende: Crónica de la peor infamia

San Miguel Allende: Crónica de la peor infamia

La crónica que les voy a relatar, es la historia que nadie hubiera querido escribir jamás.

Mientras el sábado 14 de enero circulaba muy temprano en la carretera Dolores Hidalgo-San Miguel de Allende, ya que tenía la intención de visitar los viñedos de este último municipio, me encontré con un bloqueo carretero impenetrable. Los primeros vendedores ambulantes que se apersonaron al clarear el alba para comerciar con jugos, refrescos y fritangas entre los embotellados, sugirieron comprar algo para pasar la mañana o mejor regresarnos, porque iba para largo. Nos informaron que se había tratado de una balacera, donde –según contaron algunos de ellos, testigos- la policía había disparado por equivocación a tres niños. Esas palabras resonaron en mi cabeza y en la de toda mi familia durante el resto del día, que para no dejar de cumplir el cometido, y ante la imposibilidad de acceder a San Miguel de Allende, lo concluimos entre las vides y los vinos queretanos. La noche la pasamos en Peña de Bernal y no en San Miguel de Allende, donde era lo planeado, y al día siguiente regresamos a nuestro origen.

Al llegar a mi ciudad, lo primero que procuré fue el periódico para corroborar la noticia de los pequeños ultimados por la policía, que nos dieron los vendedores ambulantes de fritangas, y me llevé una gran sorpresa al leer en el encabezado: “Mató a sus 3 hijos en San Miguel de Allende”, lo cual no cuadró con la información que sin querer tuve de primera mano y en el lugar de los hechos.

Desde ahí me comenzó a rascar en las vibrisas de la nariz el pútrido olor de la infamia.

Todavía no terminaba de asimilar la noticia, cuando debajo del encabezado principal leí: “Hermetismo de autoridades sobre balacera, crea molestia y desconfianza... Tiroteo registrado en la madrugada del pasado sábado 14 de enero, en una comunidad cercana a la carretera San Miguel de Allende-Dolores Hidalgo, arrojó como saldo 3 menores de edad muertos. Familiares de los pequeños señalan que los menores –de 4, 8 y 10 años- son víctima inocentes, al igual que su padre, quien refiere que el único error que cometió fue llevar a su familia a que lo acompañaran en su trabajo de velador en una finca en construcción” [sic].

Posteriormente, me enteré en redes sociales de lo que ya sabía de primera mano: en el enfrentamiento habían sido liquidados los niños Luna Luna, sólo que ahora quien narraba la historia de viva voz era la madre, a quien habían mantenido incomunicada durante el fin de semana, y solamente dejaron salir –en un acto de humanidad poco visto en las autoridades judiciales- para asistir a la velación e inhumación de sus 3 únicos hijos, todos asesinados el mismo día y a la misma hora. Lo peor de todo, y según lo narra la señora Juana Luna, madre de los pequeños, fueron ejecutados de manera artera, no por narcotraficantes, no por terroristas, sino –al parecer- por las fuerzas del estado.

El relato es por demás perturbador: el matrimonio y los 3 pequeños pernoctaban en un área de la finca que don Antonio Luna, el padre, cuidaba los fines de semana y que se rentaba como salón de fiestas; al parecer en el lado opuesto del predio, dentro del mismo terreno, había una casa que el dueño había alquilado a desconocidos. Cuando comenzó el tiroteo, el velador y su familia se atrincheraron en el baño del salón de fiestas, luego de llamar en repetidas ocasiones a la policía y a sus familiares. Se mantuvieron un tiempo parapetados, hasta que fueron atacados por las fuerzas del estado con gases lacrimógenos. Al ver que los niños se ahogaban, y sin saber quién los estaba sitiando, el velador disparó el arma que le había proporcionado el patrón para defenderse y la cual tenía registro, en un intento por persuadir a los atacantes, y ahí fue cuando todo se volvió confuso: la madre narra que luego de someterlos, le dieron a su esposo una arma de fuego que no era la suya, para posteriormente recogerla con guantes. Ella aún no sabía que sus hijos estaban muertos, y posteriormente se enteró de que dieron como versión oficial que ella había denunciado que su esposo había matado a los 3 pequeños y había amenazado con matarla a ella, sin haber tomado en cuenta su testimonio –el cual a continuación dio a nivel nacional, una vez que fue dejada en libertad tras la firma de documentos en blanco y sin la presencia de un abogado defensor.

Una madre en esas condiciones de dolor no tendría motivos para mentir: epistemológicamente y también psicológicamente, de acuerdo con los postulados tanatológicos, después de la muerte de un hijo, la vida propia es lo último que importa.

Hasta el término de esta crónica el padre de los chicos seguía preso y la Procuraduría de Justicia del Estado sin admitir su responsabilidad.

Podría guardar un minuto de silencio, o tal vez una vida, pero en estas circunstancias el silencio es lo que más hiere: el silencio se revierte y donde hoy no fuiste tú, mañana seguramente lo serás por no alzar la voz a tiempo. El Estado es el principal promotor del terror en un país sin leyes ni justicia, donde se le ha enseñado a una familia guanajuatense que el infierno está en la misma tierra.

Cualquier parecido con otros casos, créame, no es mera coincidencia en un país donde aún resuenan los gritos de angustia de Paulette, asesinada por torvo colchón; de los muertos en la torre de PEMEX, que explotó por combustión espontánea muy convenientemente antes de la oprobiosa Reforma Energética; de los 43 de Ayotzinapa que desaparecieron sin dejar rastro; de los demás masacrados sin justicia en Tlatlaya, Apatzingán, Tanhuato y Nochixtlán. Éste es el reflejo de la corrupción y la impunidad que vivimos en todos los órdenes de gobierno y en todos los partidos. Aunque los niños no sepan de militancias, de filias ni fobias, la corrupción también los está matando.

En San Miguel de Allende, ciudad cosmopolita morada favorita de extranjeros y considerada uno de los diez mejores lugares para vivir, parce ser que el único error que cometieron estos pequeños y sus padres, fue ser mexicanos y haber nacido pobres, para rematar.

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