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15:02h. Martes, 18 de Junio de 2019

“A pesar de todo el gasto erogado por el Estado Filantrópico, continuarán en la pobreza millones de mexicanos si, lejos de atraer la inversión, es el mismo Estado quien la desalienta con sus ocurrencias…”

 


En 1979, Octavio Paz escribió “El Ogro Filantrópico”, en referencia al estatismo mexicano que creó el PRI y a un nuevo tipo de Tlatoani que le dio lugar: la alta burocracia o burocracia dorada que año con año elevaba el gasto público ocasionando, conforme transcurría el tiempo, un déficit en las finanzas.

El ogro filantrópico es el Estado Mexicano, que tiene actos de solidaridad con cierto sector de la población (que casualmente representan al grueso del padrón electoral), al que asiste, subsidiándolo, al mismo tiempo que actúa de mecenas con algunos, dándoles los peces en la mano sin darles la caña para pescar. Es regresivo y violento contra la clase media y los contribuyentes cautivos, de donde intenta sacar los montos requeridos por el asistencialismo y paternalismo, la alfalfa para el rebaño de las siguientes elecciones. Ya lo hizo el PRI años atrás y se ha hecho en Venezuela: instalar una dictadura burocrática socialista.

A pesar de todo el gasto erogado por el Estado Filantrópico, continuarán en la pobreza millones de mexicanos si, lejos de atraer la inversión, es el mismo Estado quien la desalienta con sus ocurrencias. A guisa de ejemplo: PEMEX y la Secretaría de Energía construirán la nueva refinería de Dos Bocas, Tabasco, sin experiencia técnica y en un tiempo récord.

El problema con la burocracia dorada es que se sienten dueños de las instituciones públicas donde trabajan. No puedo poner como ejemplo la Secretaría de Energía o PEMEX, pero sí al Instituto Mexicano del Seguro Social, donde cada nuevo director (en el sexenio pasado sufrimos tres) y cada nuevo delegado piensan que pueden hacer lo que se les dé la gana con el instituto, sus trabajadores, sus derechohabientes y sus contratos colectivos (cada dos años tenemos la zozobra de quedarnos sin trabajo con las revisiones contractuales del mes de octubre, y cada dos años vamos perdiendo logros y derechos. Ahora supongo que será bajo el lema “primero los pobres, me canso ganso”).

Por eso, si tanto a la Secretaría de Energía como a la de la Defensa Nacional les nacieron dotes constructoras, espero que al nuevo Ogro Filantrópico no se le ocurra ponernos a los médicos a hacer mezcla y echar paladas de tierra, para construir los hospitales que hacen falta y dar un servicio de calidad a más de 50 millones de derechohabientes del IMSS. Está bien que los ortopedistas trabajamos con yeso, alambres y varillas, nos festejamos el 3 de mayo y bebemos como albañiles, pero no pensarán ahora en usarnos de maistros de obra, con los médicos familiares como chalanes.

Debería ser obligado que los ciudadanos que están bajo algún programa asistencialista o de protección no voten, debido a que su voto no es franco. No puede valer lo mismo el voto de un contribuyente, que el de quien vive a costa de lo que les da el Estado (que, obviamente, sale del cobro de impuestos a la siempre cautiva clase media y trabajadora). Sólo así, con la fuerza y la convicción de quienes de verdad sudamos el pan que nos comemos y el vino que bebemos sacando adelante a este país, podremos derrotar al ogro del asistencialismo, que no tiene otra visión que las próximas elecciones.

Algún otro autor lo nombra La tiranía de las masas; ya hablaré de ello después.

Pero, ¿por qué el título de esta columna?

No sólo he leído a los clásicos. De niño devoraba todo lo que caía en mis manos, incluidos los pasquines de formato pequeño que publicaba editorial Ejea, del tipo “literatura basura”, olvidados por los albañiles que realizaban constantes remodelaciones a la casa. Todavía no existían tiendas especializadas en el hogar con tutoriales para pegar pisos, enjarrar y pintar, así que papá debía llamar al maistro.

Ahora reviviré esas lecturas para darme idea del México que nos espera con esa ideología copiada a Home Depot y su slogan: “hágalo usted mismo”.

Posdata: el tema da mucha tela de dónde cortar e incluso se presta para el chascarrillo, aunque en el fondo de mi mexicanidad, confieso que quisiera que fuera posible construir no sólo una refinería o un aeropuerto enteramente nacionales. La última hazaña de este tipo que tengo documentada fue en 1944 cuando trabajadores de ferrocarriles mexicanos, violando los Tratados de Bucareli firmados con EU, construyeron la locomotora 296. Solo la caldera se importó de Alemania, el resto de las piezas se fabricaron en el país. Cuando se terminó la proeza, “La Fidelita’, como fue nombrada la 296, era la locomotora más potente y perfecta de México, muy superior a las norteamericanas. La Fidelita tuvo un costo de 80,000 pesos, mientras que en Estados Unidos, una máquina de similares prestaciones costaba 385,000 pesos.

Pero nuestros abuelos estaban hechos de otra madera, y todo su legado y su lucha se perdieron a través del tiempo. Lo poco que lleva este sexenio se le ha ido en promesas y divisionismo entre “pueblo bueno y sabio” y “fifis”, mientras la economía continúa sin crecer y la paz social sin llegar.