Vero y la rabia

"De niño tengo muchas historias cándidas, pero también uno que otro recuerdo aciago."

Vero y la rabia

De niño tengo muchas historias cándidas, pero también uno que otro recuerdo aciago.

Siempre pensé que el futbol no revestía mayor importancia en la vida del hombre, que era un deporte sobrevaluado, inventado para controlar masas y patear el mundo en una especie de metáfora. El único juego que practicaba y en el que todos me consideraban experto era el beisbol, del cual me enseñó las reglas mi abuelo pelotero, pero a pocos niños les atraía el rey de los deportes.

Me crié en la playa, y cuando chaval, además del beis me gustaban las cosas del mar y la poesía; cualquiera habría pensado que jamás pondría los pies en la tierra, de ahí mi poca destreza chuteadora, similar a la de un astronauta sin gravedad. Mientras mis amigos jugaban balompié playero, yo me entretenía sentado en las escolleras tanza en mano, viendo girar un faro a lo lejos e inventando fantasías mientras intentaba convencer a alguien que bateara mis “split-fingers”. Jamás pensé que la reticencia al fut me trajera consecuencias tardías.

Hace un mes, mientras paseaba a mi perra (bueno, realmente es de mi hija, pero como buen abuelo, termina uno consintiendo más a los nietos que los verdaderos padres), sufrí un incidente del cual todavía pago las consecuencias.

Burbuja, es una caniche que odia que le digan perra y prefiere ser llamada niña; únicamente no sabe leer, porque todas las demás manías me las ha aprendido mejor que mis hijos. La hora del día de mayor deshonra para mi, un hombre chapado a la antigua, es cuando la saco a pasear. He asumido que no me miro muy masculino con una “french poodle” vestida con suetercillo fucsia y moños rosados, me siento la Dama del Perrito de Antón Chejov, pero si no la llevo yo a hacer sus necesidades a tiempo, la casa deja de oler a niña decente y exhala un efluvio a lobera que parece preocuparme exclusivamente a mí. Pues bien, el día en cuestión realizábamos nuestro recorrido matutino, al tiempo que un podenco salido de no sé dónde, la atacó sin previo aviso. Como abuelo ofendido, al ver la arremetida contra Burbuja, sentí tanto rencor que eché un paso atrás, centré al podenco y le solté una patada con la pierna izquierda. Ahí me di cuenta que si de niño hubiese jugado futbol, tal vez le habría dado la voltereta al atacante, pero mi mala técnica para chutar me hizo errar la coz, cosa que no desaprovechó nuestro canino agresor, driblando con certeza el puntapié para acto seguido soltarme una certera tarascada en el chamorro y huir del lugar como todo un pandillero profesional, después de cometer sus fechorías.

Me di a la tarea de buscarlo diez días sin encontrarlo; entonces acudí al antirrábico. Ahí recordé uno de los pasajes más funestos de mi niñez, cuando cierta perra me mordió en la playa al quererme quitar el huachinango que recién acababa de pescar, y como no la localizaron, me dejaron el ombligo a modo de coladera con 21 inyecciones. Desde entonces no me gustan los bitoques.

“Ahora son sólo cinco piquetes en el brazo, y la inmunidad te durará los próximos dos años con el nuevo suero, que de tan benigno, hasta tiene nombre de mujer. Se llama Vero”, me informó el médico veterinario.

El día que terminé la quinta dosis de Vero, volví a ver al agresor desde mi balcón mientras me ponía una bolsa de hielo en el brazo picoteado. Como si entendiera el alcance de su triunfo, me sostuvo la mirada, ya no con rostro de bestia feroz, sino con una sonrisa de consuelo. Parsimonioso, levantó la pata y orinó la jamba de mi puerta, hasta la última gota de su vejiga. Antes de irse rascó con las patas traseras la tierra y se alejó a base de saltos cortitos, con la cola levantada, meciendo el trasero con aires de burla.

Aquel animal no tenía nada que ver con Argos, la fiel mascota de Ulises, ni con otros ilustres canes. Éste era un crapuloso hijo de perra (literal) de la más baja estirpe, pero tan listo que, como el PRI, me engañó dos veces.

Mi consuelo fue que antes de perderlo de vista recordé mis habilidades de beisbolista, cogí la bolsa de hielo con la que me calmaba el dolor del hombro derecho, y, en un lanzamiento curvo de tirabuzón, le atiné exacto, en medio del escroto que le campaneaba bajo el rabo levantado airoso. Valiéndome de una comparación soez, imagino que debió haberse sentido como Javier Duarte al perder Veracruz, por el aullido de dolor que soltó.

Me reí de mi ingenuidad y de su astucia, pero también de su exceso de confianza cuando creyó ganada la guerra.

Por lo pronto, contraté “Fox Sports” e inscribí en una academia de balompié a mi hijo menor, para que no se burle de él ningún perro, ni de cuatro ni de dos patas. Afortunadamente, yo tengo inmunidad canina hasta el 2018.

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