Norteamérica 2026: El día después • Fernando Cuevas
La cotidianidad vuelve a tomar el lugar que usualmente tiene, tras ser intervenida durante treinta y nueve días por un evento que cautiva a cientos de millones de personas alrededor del planeta, acaso como ningún otro: no es que hayan desaparecido las rutinas, los problemas, las actividades, los conflictos, tristezas y alegrías habituales, sino que fueron de alguna manera intervenidas sin que por ello dejaran de presentarse en el día a día. Cierto es que en general los ánimos, discusiones y organización cambian de lugar y se entreveran con las que ya se tienen de manera constante. Fue un periodo efímero, por supuesto, pero en cierta medida refrescante para un mundo envuelto en disputas bélicas, ideológicas, sociales, ecológicas, políticas y económicas que, bien sabemos, ahí siguen y que se mantienen como los grandes pendientes de nuestra civilización planetarias.
Ya comentamos los equipos que terminaron siendo bienvenidas sorpresas que nadie vio venir, las grandes decepciones que tristemente se confirmaron tras fundadas sospechas y los equipos que cumplieron justo con lo que se esperaba de ellos: claro que el Mundial se fue volviendo, conforme avanza, en una competencia más predecible, cerrada y en la que casi siempre terminan siendo los mismos. De ahí que el tan cuestionado aumento de equipos en esta fase valdría la pena discutirse, sobre todo ahora que se habla de incluir a 64 selecciones en la fase final, a sabiendas que el certamen empieza desde las eliminatorias que arrancan en el 2027; más discutible es la dispersión geográfica, que para el 2030 se prevé aún mayor por la anfitrionía de seis países en tres continentes distintos.
Ganó quien jugó mejor a lo largo del torneo, que fue de menos a más e impuso un estilo de fútbol que condicionó a los rivales, a unos más que otros, siendo superior en todos sus compromisos, apenas recibiendo un gol y anotando catorce, en los que triunfó en seis y empató en dos, uno de ellos finiquitado en tiempo extra. Un Mundial que fue sentenciado por los agoreros que todo lo saben de que estaba vendido, arreglado y manipulado para que ganara Argentina, de buen y entregado campeonato pero pésima final: como siempre tienen la razón, ya estarán pensando en las explicaciones que justifiquen su equivocada predicción y la falla cósmica que la provocó para después tranquilizarnos con su siguiente visión de lo que pasará el siguiente Mundial, en el que esperemos que los boletos no suban tanto de precio como ocurrió en éste y que, ya entrados en gastos, la FIFA se someta a una reestructuración necesaria.
En términos individuales, Rodri se quedó con el Balón de Oro, el centrocampista español que fue el jugador que dio más pases y se constituyó como la piedra de toque del equipo campeón, dominando la tierra media en su juego adelante de los centrales e imponiendo su presencia tanto para el armado como para la defensa desde el medio terreno. Un jugador de excepción, si bien se podría discutir si Messi o Mbappé lo merecían, dado el peso específico en sus respectivos equipos, además de los goles anotados: el primero, mejor jugador del siglo XXI, anotó ocho y se convirtió una vez más, a los 39 años, en la pieza clave de las remontadas para su equipo; el segundo, letal al frente, quedó como líder de goleo y se convirtió en el máximo anotador de la historia en Copas del Mundo con 22 goles en igual número de partidos, más los que faltan.
En cuanto a las tendencias y reglas que podrían aplicarse en las futuras competencias, tanto locales como regionales, valdría la pena retomar el castigo más constante a los jugadores que traten de engañar al árbitro, los segundos en el saque de manos, el apresuramiento en los cambios y la continuidad del juego, factores que no sólo dependen de los árbitros, sino de que los equipos se dediquen a tratar de ganar a partir del fútbol desarrollado. No me parece que las pausas de hidratación deban incluirse como obligatorias, sino incorporarlas en determinadas situaciones, sobre todo por la forma en la que cortan un deporte que se basa en la noción de continuidad, y la regla del fuera de lugar debe revisarse para evitar estas polémicas de anular un gol por un mal corte de pelo o un descuidado pedicure. Ojalá también en año mundialista pudiera reducirse la cantidad de partidos para los jugadores: constantemente vemos que varios de ellos o no llegan o juegan disminuidos por las pesadas temporadas que cargan en sus piernas.
Fuimos testigos de múltiples y conmovedoras historias, en algunas de las cuales las madres fueron protagonistas como mujeres a las que los ahora estelares deben mucho por su apoyo, sacrificio y confianza: varios de ellos, las buscaban, les entregaban preseas ganadas y les dedicaban el triunfo. Vimos la algarabía de las aficiones, sus creativos cantos de aliento y las alegrías compartidas, que en comunidad se multiplican, sin dejar de mencionar, como suele suceder, esos momentos negativos de trifulcas, gritos racistas y xenofobia que parte desde la más absoluta ignorancia: sabemos que el fútbol puede ser arte, entretenimiento, negocio, deporte y acción política, pero al final del día, ojalá fuera una de las tantas posibilidades para acercar en las diferencias, abrir espacios de disfrute colectivo y elevar el espíritu humano. Se acabó la fiesta, se rompió la burbuja y nos queda el grato recuerdo del disfrute cotidiano y la expectativa por lo que viene.