martes. 16.04.2024
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Satanás admirado: Una aproximación al universo miltoniano en El Paraíso Perdido

Sara Andrade

Satanás admirado: Una aproximación al universo miltoniano en El Paraíso Perdido

Llegado Satanás al peldaño inferior de la escalera que conduce por escalones de oro hasta las puertas del cielo, miró hacia abajo y quedó poseído de admiración ante la vista repentina del Universo.
John Milton

Europa se convulsiona desde sus cimientos; la Iglesia, las monarquías, las ciudades esperan, mientras el nuevo siglo se aproxima, los cambios inminentes y decisivos, la transformación del Orden, la destrucción de las esferas y la expansión del firmamento. El Sol, antaño cuarto en importancia, se posiciona en el centro que le pertenece y las estrellas adquieren la libertad, ahora separadas de la banda del zodíaco.

John Milton, en medio de la vorágine, toma la batuta, y “en una época en que los adelantos científicos ofrecían una visión y un concepto totalmente distinto del universo y de la vida, el poeta sentía la necesidad imperiosa de congraciar y unificar las diferentes tendencias”.[1] Una epopeya total del creacionismo cristiano, pesada en alusiones mitológicas y en doctrinas religiosas, con la que pretende exaltar la obediencia y el libre albedrío del hombre. El drama de la humanidad.

Publicado en 1667, El Paraíso Perdido no es el primero de los poemas bíblicos. Le preceden textos como La Semana (1578) del protestante francés Guillaume Du Bartas, el Hexaemerón (1641) danés de Anders Arreboe o la Creación del mundo (1615) publicado en Roma del español Alonso de Acevedo. La Biblia y el cristianismo ofrecían, desde La Divina Comedia, un amplísimo mundo para la invención literaria, a pesar de que mismo dogma limitaba las libertades poéticas, pues las Sagradas Escrituras debían ser respetadas y exaltadas, antes que las tragedias humanas.

Sin embargo, Milton —considerado el mejor latinista de su época y autor de importantes tratados pedagógicos y cristianos— toma y modifica la parte más elemental de la mitología católica: la Creación y el Origen del Hombre y el pecado, y a la vez también se aleja de la temática tradicional para la epopeya: deja a un lado el héroe marcial y caballeresco, y los sentimientos como la ira o la venganza, para dedicarse al “único asunto digno” y a los valores de “la paciencia, de la constancia sublime del martirio”[2]. Los espacios y los personajes (Satanás, Adán y Eva, el Padre y el Hijo) no son los bíblicos; si bien sus diálogos y su fe son católicos, viven sumergidos en un mundo enteramente nuevo, con nuevas leyes y nuevas formas. La teoría geocéntrica coexiste con la cosmovisión judeocristiana, los ángeles y arcángeles consultan las estrellas y Adán y Eva, llenos de dudas, se preguntan el misterio de su existencia. Milton rompe los arquetipos idealizados para su realización estética.

El poeta inglés imbuye las viejas y nuevas ideas que chocan, como el ejército angélico, y que le proporcionan el material y el momento idóneos para escribir la más grande epopeya cristiana y la más elevada de las materias. A palabras del autor: “(asunto) bastante por sí mismo para inmortalizar mi nombre, a no ser que un siglo demasiado tardío, la frialdad del clima o los años entorpezcan mi humilde vuelo”[3].

Afuera: El Ángel Caído

 

Aquella zona abrasada, de ígnea bóveda, le causa nuevas heridas, sin embargo, él lo soporta todo.
Libro I

 

El Mal (personificado o no) siempre ha sido imaginado, representado y temido en todas las culturas de la Humanidad. Su nombre siempre cambia, su figura nunca es la misma; el objetivo de su existencia es luchar contra el Bien, la Luz, y atormentar al ser humano y traer la muerte junto consigo. No obstante, la pregunta siempre ha sido ¿de dónde proviene el mal?

El hinduismo y el zoroastrismo muestran la ambivalencia del Dios creador: dentro de él fluyen y existen tanto el bien como el mal; Brahma, divinidad hindú, se manifiesta a sí mismo en la mentira y en la verdad[4]. San Agustín, mucho más adelante, llegaría a la misma conclusión: Si Dios creó todo lo existente a partir de sí mismo, pues nada existía antes que él, de Él proviene el mal y de Él proviene Satanás, el eterno adversario de Jehová.

El Diablo, Lucifer o Satanás, es la personificación absoluta del mal y el pecado en las religiones judía y cristiana. Su origen puede remontarse hasta los fenicios y canaanitas, donde Mot, príncipe de la muerte, siempre está en constante pugna con El y Baal, padre e hijo, dioses del sol y la fertilidad.[5] En el caso de los israelitas, el mal nace en la misma corte de Dios: de los ángeles, sus primeras creaciones, dotadas de suprema inteligencia y libre albedrío. Entre estas potestades, tronos  y denominaciones, se encuentra Lucifer,[6] arcángel perfecto y hermoso,  que envidioso del Hijo, se rebela contra su Creador y convence a la tercera parte de los suyos para levantarse en armas.

Pero la desobediencia no tiene cabida en el Cielo y Dios debe expulsar a Lucifer, que tomará el nombre de Satanás[7] (nombre que se pone a sí mismo pues ahora es contrario al Padre) fuera de su presencia y hacia el Abismo. Y desde la Oscuridad, Satanás existirá eternamente para obstaculizar la obra sagrada y seducir al hombre hacia el pecado.

Hasta aquí, Milton sigue respetuoso la tradición bíblica de la Caída. No obstante, y como ya se había mencionado, el arquetipo del “Diablo” se transforma en función de la composición poética. El Satanás personaje posee muchas características que no comparte con el Satanás de la tradición. En primera instancia, el físico. El Lucifer de Milton sigue manteniendo su forma angélica, resplandeciente y alada. Los mismos ángeles se sorprenden: “¿Puede existir tal semejanza con el Altísimo, en donde ya no existen la fe y la realidad?”.[8] Pero esta imagen es una parodia de la majestad del Padre, pues Satanás, derrotado pero todavía orgulloso, instaura una corte demoníaca en el Infierno, así como sucede en el Cielo.

Lejos ha quedado ya la representación medieval del Diablo: una criatura oscura y monstruosa, con pezuñas animales, y, en ciertas ocasiones, presentando todo tipo de deformidades, alejándolo aún más de la perfección celestial que antaño perdió. Pero Milton conoce la naturaleza del Mal, y el Enemigo no pierde su belleza, pues lo que ha perdido es el amor del Padre.

Es así como adquiere otra característica inusual; Satanás es ahora como el abismo al que fue arrojado y él mismo es consciente de esa condición: “el infierno soy yo mismo; y en el abismo profundo, existe dentro de mí un abismo más profundo”[9]. El Ángel Caído, fuera de la luz del creador, sufrirá eternamente y en cualquier lugar, porque nunca se arrepentirá y preferirá “reinar en el Infierno que servir en el cielo”.[10] Satanás no se arrodillará jamás ante el Tirano que lo castiga y, lejos toda esperanza, su venganza será la corrupción de la Tierra.

Pero más notoria y diferente es la capacidad de Satanás para asombrarse del Universo que le rodea. El Diablo, usualmente contra natura, alienta la destrucción, la muerte y la decadencia; Satán, en cambio, admira con ternura a Adán y Eva, y la creación entera de aquel al que ha jurado contrariar. Esta habilidad, lo acerca increíblemente a los primeros humanos, que observan el cielo con asombro e imaginan posibles funciones para las estrellas.

Los ángeles y arcángeles no dudan en ningún momento de su lugar en el universo; es Satanás el primero que cuestiona las decisiones del Padre y, suficientemente poderoso, de levantarse contra ellas y convencer a otros para unírsele. Su admiración por la Tierra y por el Humano casi lo detiene en su venganza pero, finalmente, decide que ellos estarán con él y él dentro de ellos.

Esta última acción nos revela la personalidad egoísta de Satanás y la lección de Milton: Lucifer no es de confiar. Hasta ahora, su belleza y su situación miserable, nos ha hecho sentir cercanos al adversario de un indiferente Dios, pero ese ha sido el truco de Milton: hacer carismático al único enemigo del Mundo, para finalmente percatarnos que hemos caído junto con él.

Centro: El Jardín de las Delicias

  

Y que de todos cuantos árboles producen en el paraíso frutos variados y deliciosos, nos abstengamos únicamente de tocar el árbol de la Ciencia.
Libro IV

 

Mientras en la actualidad existen debates acerca de si, fuera de este Universo, existen otros más, o que sí el universo no es más que materia oscura con chispazos de luz, hubo tiempos en los que se creía fervientemente en que la Tierra se situaba en medio de un mecanismo de esferas, porque fue hasta 1776, con el descubrimiento de Urano, que los astrónomos de Europa tuvieron que reconocer que tal vez ni siquiera el Sol era el centro de todo lo observable[11].

Para el tiempo de Milton, Johannes Kepler y Galileo Galilei habían comprobado ya, gracias a la ayuda del nuevísimo telescopio, que a diferencia de lo que se creía desde el siglo II, la Tierra, la Luna y los seis planetas conocidos, realizan movimientos elípticos alrededor del Sol. La creación favorita del Padre ha perdido por completo su protagonismo. ¿Qué sucede con los siglos de tradición geocentrista y con el modelo bíblico del Universo que solamente contempla Cielo, Tierra e Infierno?

Por supuesto, la primera negativa proviene de la Iglesia, que considera una herejía y una provocación tales afirmaciones. Las críticas también se extienden al método científico y a las nuevas interpretaciones de las doctrinas cristianas; la incipiente revolución en las ciencias amenaza con debilitar importantes dogmas que la Iglesia no puede permitir ver amenazados.

En el caso del Paraíso Perdido, no interesan realmente descubrimientos más o descubrimientos menos. Si bien la recepción del poema puede verse perjudicado (el “siglo demasiado tardío” al que se refería Milton), el universo en el que Adán y Eva admiran la belleza del Paraíso por primera vez, no se ve afectado en lo mínimo. Sin embargo, el autor tiene varias cosas que decir al respecto.

 El Padre ha enviado a Rafael al Paraíso para avisar a sus habitantes que el Adversario está próximo a tentarlos. El arcángel les recuerda la única limitación que tienen en el Jardín del Edén: no comer del Árbol del Conocimiento, pues les acarreará la muerte. Adán y Eva, puros como son, no sienten la menor tentación. Es hasta que Satanás, invisible, insufla a Eva por el oído “ilusiones, fantasmas y sueños”,[12] que finalmente resultarían en preguntas: ¿qué es realmente el Árbol de la Ciencia?

John Milton vuelve a cambiar lo ya establecido, Satanás no tienta a la mujer con riqueza y poder, sino que implanta en ella la semilla de la curiosidad. Más adelante, Adán también mostraría esta “terquedad” al preguntar a Rafael por el movimiento de los planetas. El ángel responde: “El gran arquitecto ha obrado sabiamente en ocultar estos conocimientos al hombre o al ángel (…); nada de esto debe darte cuidado, ni tienes qué fatigar tu pensamiento con cosas tan ocultas (…); sé humildemente sabio”.[13] La ignorancia es la felicidad, declara Rafael.

La curiosidad de Eva la llevaría, finalmente, a desobedecer y pecar. En el caso de Adán, sería el amor a su esposa, por lo que mordería el fruto: “porque mi resolución es la de morir contigo”.[14] Pero es interesante volver a resaltar las similitudes entre el hombre y Satanás. Antes de realizar su acto final en venganza contra Dios, vaga nueve días por la Tierra para conocerla. Este singular hecho también se puede encontrar en el Antiguo Testamento: “Y dijo el Señor a Satán: ¿De dónde vienes tú? Y respondió Satán: He dado la vuelta por la tierra y de andar por ella”.[15] Ambas creaturas son curiosas y buscan saciar su hambre de conocimiento.

El buen cristiano acepta las verdades y ordenes de la Iglesia y de la Biblia sin chistar; poner en duda éstos trae consigo la furia del Padre, como ha sucedido con Adán y Eva. John Milton, por su parte, conoce muy bien todos los preceptos religiosos y sin embargo, decide transformar completamente la caída del hombre, pues ahora es la curiosidad la que condenó a la raza humana. John Defoe llamaría a estas discrepancias con la Sagrada Escritura “licencias poéticas”, que acabarían por dotar de vitalidad a la epopeya, en lugar de entorpecerla a causa de las nuevas invenciones.

Siendo esto una crítica a los avances científicos o no, John Milton haría uso de todos los recursos que encuentra a su alrededor para dejar bien claro su propósito: el camino a la perdición es ancho y atractivo, y la curiosidad trae consigo la desobediencia que, finalmente, acarrea la muerte. Los astrónomos del siglo XXI bien pueden descubrir el universo gemelo de este, pero Jehová de los ejércitos no dará el brazo a torcer.

Arriba: La Luz Redentora

 

Puesto que Dios es Luz, y por toda una eternidad no habitó más que en una luz inaccesible.
Libro III

 

Para el año de 1652, Milton perdió la vista definitivamente. El porqué es desconocido, aunque muchos biógrafos aluden a su desmedida pasión por la lectura a la luz de la vela, por la redacción nocturna de panfletos puritanos o, más románticamente, por la brillantez de su poesía que finalmente lo cegó. Pero la ceguera no fue un impedimento para su todavía creciente carrera literaria: dedicaría doce años para imaginar y dictar a sus hijas el definitivo Paraíso Perdido, que había planeado desde la juventud.[16] Más adelante también serían publicados El Paraíso Recobrado y el Samson Agonistes, en el que se ve profundamente reflejado, ciego y encadenado como el personaje bíblico. Es también en esta tragedia en donde descarga su ira contra sus enemigos católicos y protestantes. Pues hasta el final de su vida seguiría siendo protestante puritano y en 1673, un año antes de su muerte, presentaría Of true religion, un folleto en contra del catolicismo.

Desde el cisma de la Iglesia anglicana con la Iglesia católica romana y, posteriormente, la entrada del protestantismo al país, Inglaterra vería una sucesión de transformaciones en la teología cristiana. Primeramente, y a consecuencia de la ruptura ocasionada por Enrique VIII, el matrimonio es más laxo y el sacerdocio puede contraer nupcias. Después, para dejar en claro su separación con la Iglesia católica, adopta costumbres más ortodoxas y radicales, y es de esta línea en la que aparece el puritanismo inglés:[17] la Biblia debe ser estudiada en casa de manera privada, el estilo de vida debe ser simple y sin adorno y todos los creyentes deben abogar por la educación.

John Milton, en vida, cumplió con todas las doctrinas puritanas y éstas se ven reflejadas en toda la obra que realizó, en sus tratados pedagógicos, políticos y religiosos y, por supuesto, en su producción poética, en el que muestra un perfecto conocimiento de la Biblia.

En el Paraíso Perdido no existe la creencia en la Trinidad: el Hijo es subordinado al Padre y el Espíritu Santo no existe ni se menciona en la epopeya. “Tú, mi verbo, Hijo único, por mí engendrado”[18], es como Dios llama a su hijo a la hora de la creación de la Tierra, pues aunque, el Hijo sea la Voz de Dios, no es una extensión de Él, sino una entidad aparte, creada para regir junto con él y, cuando el momento sea el indicado, librar a la Humanidad del pecado.

Las nuevas interpretaciones de la Biblia y del dogma católico tienen su origen ahí, en la ruptura del anglicanismo con el catolicismo, en la influencia de las reformas protestantes y la inclusión de las tradiciones aristotélicas y platónicas en la doctrina.

Las creencias personales del poeta, como es el caso del arrianismo, el mortalismo cristiano, la salvación del alma sólo a través del dios verdadero, se ven claramente reflejadas a lo largo de toda la obra:. La idea de la resurrección se ve representada cuando Adán, después de comer el fruto prohibido, imagina que su espíritu eterno se ha perdido para siempre. Sin embargo, reflexiona: “el soplo de vida (…) y el cuerpo no han tenido propiamente parte en el pecado; todo morirá, pues, conmigo”. Su cuerpo morirá irremediablemente, pues la desobediencia lo ha despojado de la inmortalidad, pero el espíritu, regalo de Dios, dormirá hasta que el Hijo vuelva por él en el Juicio Final.

Porque aunque el Dios Padre es más cercano al vengativo y colérico Jehová del Antiguo Testamento, también promete esperanza a la estirpe desgraciada que le desobedeció; El Hijo suaviza el castigo mortal de su padre y les promete a Adán y Eva su palabra, un pueblo y el libre albedrío: “el mundo entero estaba ante ellos para que eligieran el sitio de su reposo, y la Providencia era su guía”.

John Milton finaliza el poema con la esperanza de una luz redentora para regresarlos de donde fueron expulsados. Y que, creyente hasta el final de sus días, elevaría sus palabras a los últimos círculos de este —geocéntrico o no— Universo admirable.

 

[1] Magdalena García Amescua, “Breve Semblanza de John Milton” en Ensayos sobre John Milton: Epopeya y drama, UNAM, México, 1976, p. 7

[2] John Milton, El Paraíso Perdido, Porrúa, México, Libro IX, p. 168

[3] Ibid., p. 168.

[4] Jeffrey Burton Russell, El príncipe de las Tinieblas, Andrés Bello, Santiago, p. 23. Esta divinidad es parte del Tri-murti o tres formas: Brahma, el creador, Vishnú, el preservador y Shivá, el destructor.

[5] Ibid., p. 33.

[6] Lux fero, portador de luz en latín.

[7] Ha-shatá, adversario o enemigo en arameo.

[8] John Milton, op. cit., p. 115.

[9] Ibid., p. 69.

[10] Ibid., p. 69.

[11] Marcelo Dos Santos, La furia de Poseidón, consultado en: http://axxon.com.ar/rev/146/c-146Divulgacion.htm

[12] John Milton, op. cit., p. 85.

[13] Ibid., pp.152-155.

[14] Ibid., p. 189.

[15] Biblia Reina-Valera, Job 1:7.

[16] cfr. Prólogo, Paraíso Perdido, Porrúa, 2004.

[17] Jonathan Fox, A World Survey of Religion and the State, consultado en: http://books.google.com.mx/books?id=rE0NcgxNaKEC&printsec=frontcover&dq=A+World+Survey+of+Religion+and+the+State&hl=es&sa=X&ei=9CSYUpOIJITloASW_ICIDg&ved=0CC8Q6AEwAA#v=onepage&q=A%20World%20Survey%20of%20Religion%20and%20the%20State&f=false

[18] John Milton, op. cit., p. 139.