Aurelio Esquivel
Yara Imelda Ortega
Aurelio Esquivel, Bello, fue mi primer maestro de Inglés, y el culpable de mi (un tiempo) morbosa adicción a la lengua de Shakespeare, que me indujo a su vez al autodidactismo (otro más), para luego hacer cursos formales a nivel 6/6 para ticherear en una etapa de mi vida. Pero ésa es otra historia.
La mía con Bello comenzó en preescolar, con uno de los mejores chistes rompehielos. Hijo de un gran profesor y maestro de vida de incontables generaciones, llevaba la docencia en las venas y recién llegado de andar de empapelao (trabajando legal en USA), vino a hacerse cargo de una gran empresa, "Tecolote mayor", que en la nómina municipal se deletrea "Jefe de Seguridad Pública". Hombre de paz y pacificador por naturaleza, no duró mucho con el encargo... meter y sacar borrachos y uniquiotro mariguano no era su oficio.
Lo suyo, de hecho, era ser charro. Y vaya que sí... siempre me pareció imponente su porte de menos que mediana estatura (el tiempo me dio la talla de 1.70 a los 13 años); con el sempiterno pantalón caporal, camisa de cuadros, sombrero de faena, botín de una pieza, cinto pitiado...
Cronista barroco en las charreadas y jaripeos, compartimos cabina en su programa semanal de charrería. Con el verbo fácil y memoria prodigiosa, recreaba las suertes como si las estuviera remirando sobre la mesa. Siempre recordaré el rosario de dichos rancheros y refranes populares con los que salpicaba sus comentarios.
Con unas manos enormes, conseguidas a base de entrenamiento en el deporte nacional y años de trabajo rudo, saludaba a sus amigos y acariciaba a los pequeños. Amansó a mis tres mostrencos a base de palabras suaves, cuentos, mitos y fábulas siempre ubicadas en el "Bajío Bronco"... aderezadas con yoghurt casero, queso artesanal y los preciosos ratoncitos de chocolate que no podían faltarles los sábados, cuando "ir a la leche" antes de la invención de las "Súper-Farmacias" y sus "Torres del Ahorro" nos contaminaran el espacio visual de la ventana de la cocina, donde el "premio" de la merienda de mis propios ratones chimuelos era el culmen de mi semana agotadora, y en la charla de sobremesa, desorejando o descolando ratones de fantasía cobijados en capacillos; memoriosos recitaban tooooda la plática, que aun siendo entre mayores, no escapaba de cautivar su atención, solazándose en los detalles.
Esas manos callosas eran balsámicas en un duelo, paternales en una pena. Pero a mí, que soy de pulso firme, me enseñaron que un saludo o una palmada son la prenda que el amigo da en prueba del afecto, que como él dijera, sin joterías, es el amor entre los verdaderos hombres.
Aurelio me enseñó el valor de la verdadera amistad, al margen de tendencias, preferencias o corrientes. Fino caballero, siempre acudía a sus labios la sentencia de doble sentido, sin alusiones sexuales. Era mucho "óyelo tu m'hija, entiéndelo tu mi nuera".
Desde joven le hallé un parecido a Popeye. Era a mis ojos el marino a caballo. Anclaba en las cabinas de sonido. Pero tenía en cada silla de montar un amor y en cada suerte charra un piropo. Siempre viene a la mente (y no sé, tal vez el oficio) su imagen junto a la de Don Benjamín Álvarez y a la de Ramón Cerda, amigos de mi papá que siempre supieron serlo.
Ramón Cerda y Bello, generosos, apoyaban al naciente capítulo de AMVEC (Asociación Mexicana de Veterinarios Especialistas en Cerdos), de la que mi genitor fuera decano. Un año el puerco para las carnitas, otro año el becerro para la birria... y supongo, cuando presidentes de la Asociación de Charros Piedadenses, "nos" prestaban el Casino Charro para el ágape del 17 de agosto, día del Veterinario.
Ai' nos vemos, Bello... ya te vas delante, yo me quedo a ver "si Dios da licencia de hacerme más viejilla", como me decías cuando nos despedíamos. Ya tendrás tu palco de sol en el Lienzo del Caporal Mayor. Desde allá miras (auch, y narras) las pialadas que me dará el destino, no sin que yo le eche unas cuantas manganas a la vida. Y cuando vaya yo misma por el "Paso de la Muerte" no vaya a dar el costalazo que cause la carcajada de serafines y chamucos, unos a la sombra y los primeros al Sol de la Misericordia.
Pido Diana (con chinchín) y aplauso de pie para un Charro Completo. Creo que a San Píter le funcionará que cuando él abra la Puerta del Toril Celestial, te le presentes como entonces conmigo, con nuestro Jagüar yu, y la Piedra Fundacional te responderá –porque conoce nuestros gags de cuarenta años-: Nou, am sorry...